35
Raoul
La luna me cegó con su atracción irresistible. A decir verdad, no sabía si era la luna, o algo más oscuro cuyos tentáculos llevaba varias noches sintiendo: algo que reptaba por mi espalda y se adentraba como dedos espectrales en mi corazón, hasta anidar en la base de mi cerebro.
La amenaza de aquel apestoso vampiro había despertado algo irrefrenable en mi interior, haciendo que el lobo saliera sin pedir permiso.
No iba a dejar que esa sanguijuela le pusiera un dedo encima a Mina, ni mucho menos a Selena. Aquella mujer era mi destino, aunque ella aún no lo supiera. Y no iba a dejar que me arrebataran de nuevo lo que la Madre Luna me había concedido.
―Fuiste tú quien mató a Federico Molina… ―traté de decirle al vampiro, pero el final de la frase se disolvió en un gruñido gutural.
Sentí la transformación inminente. No fui yo quien la llamó; vino sola. Mis músculos se hincharon, obligándome a encorvarme, y muy pronto el mundo adquirió un tono amarillo azulado, mientras los matices rojos y verdes se apagaban de golpe.
Eran mis ojos de lobo, viendo el mundo en su versión nocturna: más práctica, nítida y luminosa, aunque con menos colores.
El vampiro volteó la espada, y su inmunda hoja de plata relució bajo la luna. Un siseo cortó el aire, en un avance de lo que haría conmigo si lo dejaba acercarse lo suficiente.
Sin embargo, aquel chupasangre era astuto, como todos los de su calaña. Se acercó primero a Selena y no me costó adivinar sus intenciones: quería llevársela para hacer Dios sabe qué con ella.
Y eso no iba a permitirlo.
―¿Federico Molina? ―La sanguijuela rio, mostrando sus asquerosos colmillos amarillentos―.
¿Por qué y para qué iba a hacerlo? ¿Qué me importa a mí ese perro callejero?
No te hagas el noble ahora, echándome a mí el muerto frente a la dama…
―dijo entre risas, escapando de mis fauces abiertas con un giro veloz.
Salté, tomando todo el impulso que pude, y me abalancé sobre el no-muerto. Trató de defenderse con garras y colmillos, pero yo seguí atacando, sin importarme el dolor ni las heridas.
Su espada se hincó en mi costado, provocando un dolor impensable que me atravesó como una descarga eléctrica.
Furioso, mordí su garganta y lo arañé con las zarpas hasta que la espada salió volando de sus manos.
Me miró con horror, pero no me detuve ahí; en vez de eso, desgarré su pecho hasta abrirlo por la mitad.
Su corazón, negruzco y agarrotado, me recordó a una raíz podrida.
No latía, lo cual no me sorprendió. Después de todo, llevaba varios siglos muerto.
Sus ojos se encontraron con los míos un instante más antes de cerrarse.
―Bien sabes que lobo mata a lobo, y esa flecha no era nuestra, ¡por todos los infiernos! ―me dijo en un gorgoteo, con sangre goteando por la comisura de los labios―. ¡Fuisteis vos! ¡Admitidlo!
¿Pero qué estaba diciendo ese energúmeno?
―Clemencia, por favor… ―suplicó el vampiro, con los ojos girando en una lúgubre y postrera danza―. Jamás nos interpusimos en vuestros conflictos internos. ¡Mataos entre vosotros si así lo deseáis, por todos los diablos!
¿ Clemencia , para esa bestia inmunda? ¿Para ese maldito mentiroso, que farfullaba estupideces sin sentido?
Sentía el cerebro confuso, pero una cosa era clara: esa criatura fétida era un chupasangre, y estaba en mi territorio.
Y quería apropiarse de lo que era mío por derecho.
Alargué una zarpa y desgarré su corazón, arrancándolo de su pecho pálido y verdoso. Venas negras y resecas colgaron del órgano sin vida, y una mueca de horror desfiguró el rostro del vampiro mientras su cráneo chocaba con el suelo empedrado con un ruido seco.
Aullé a la luna, sintiendo que la sed de sangre todavía no había sido acallada.
Necesitaba más…
Más muerte…
Más carne…
Más venganza…
Decenas de tentáculos de humo negro surgieron de todas las esquinas del callejón, envolviéndome con su danza macabra.
Una respiración entrecortada y un llanto me alertaron de la presencia de otra criatura.
Alguien más…
¿Nos conocíamos?
Los tentáculos me nublaban la vista, y di un paso hacia la mujer, que temblaba encogida en un rincón, tratando de ocultarse.
Alzó las manos, protegiendo su rostro, y entre sus dedos se coló un rayo de luna, iluminando sus facciones.
El rayo de luna aclaró la niebla al pasar, y al fin pude ver sus ojos: unos ojos aterrados, incrédulos, que me miraban como si yo fuera la bestia más espantosa de aquel callejón. Yo, y no el vampiro del que ya solo quedaba un montón de restos viscosos, que pronto serían cenizas.
Apreté los dientes, esforzándome por recordar. Con toda mi fuerza mental, llamé al humano en mi interior, suplicándole que volviera.
Sentí mis garras transformarse de nuevo en manos, y mi pecho desnudo golpeó los adoquines desgastados antes de perder el conocimiento.