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Selena
La niña soltó una risita traviesa y fue corriendo a esconderse detrás de los rosales silvestres.
Sujetaba en el regazo la cesta con su mayor tesoro: un enorme boletus edulis , de sombrero perfecto color café y sin un solo agujerito de gusano.
Era raro encontrarlos en primavera, y más aún, ejemplares tan grandes y hermosos como ese.
―¿Selena? ¿Dóndes estás, Capuchita ? ―la llamó su madre, apartando las ramas con cuidado al pasar―. No te escondas, ya sabes que no me gusta… me preocupo si no te veo.
Selena se aguantó la risa para que su madre no la encontrase, pero se le escapó un jovial resoplido por la nariz: sabía que a mamá no le gustaba ese juego, pero…
¡era tan divertido! Al fin y al cabo, pronto cumpliría los nueve, y ya no tenía edad de que la controlaran en todo momento.
Ella no era como sus dos hermanas de cuatro años, las gemelas: esas dos sí que eran unas renacuajas, y por eso mamá no las llevaba al bosque cuando tenía una misión importante, pero a Selena sí.
A Selena le gustaba observar a su madre mientras la buscaba: bastaba mirarla para comprender que era diferente de las otras mujeres del pueblo, que vestían casi todas con pantalones vaqueros o ropa deportiva.
No; mamá tenía su estilo propio, siempre con faldas largas, jerséis de lana que tejía ella misma y delantales bordados a mano.
Algunas compañeras del colegio, al que asistían doce chiquillos de edades mezcladas, opinaban que vestía como una anticuada, y algunos hasta la llamaban «la mesa camilla» en referencia a sus faldas amplias y su generosa figura.
Selena opinaba que todo eso eran tonterías, porque su madre era la mujer más bella del mundo, y los vestidos que se cosía eran los más hermosos de todo el pueblo.
Además, mamá era una bruja, así que no podían esperar que vistiera y se comportase como los otros adultos corrientes.
Por supuesto, las niñas del colegio no podían saber su secreto: eso era algo que hasta las gemelas habían entendido desde el día en que balbucearon su primera palabra.
―¡Selena, sal de una vez de donde estés! Me estás poniendo nerviosa.
Esta vez el tono de su madre sonó diferente. Ya no la llamaba Capuchita , como cuando se llevaban bien. Se notaba que estaba comenzando a enfadarse, pero Selena se dijo que aguantaría solo un momentito más, porque estaba siendo muy divertido.
Entonces mamá comenzó a cantar con dulzura, y ya el primer verso removió algo en el interior de Selena, como una espiral cálida y dorada girando en el centro de su pecho:
«En el bosque oculto, al caer la oscuridad, juntas entonamos un antiguo cantar.
Guardianas del secreto, en la noche sin final…»
―… Con el viento como eco, nuestro deber vital.
Selena terminó la estrofa, y emergió de un salto de su escondite, orgullosa de sabérsela al dedillo.
Mamá alargó los brazos y la envolvió con su suave chaqueta de punto, que olía a miel y a guisos con romero.
―Ven aquí, pequeña granuja ―le dijo, plantándole un beso en la coronilla ―. Si vuelves a esconderte, a la próxima te dejaré con tus hermanas. Estos días siento algo raro en el aire, mi niña, y no es bueno que andes sola. ¿Entendido?
―Sí, mamá ―rezongó Selena, cruzando un poco las piernas.
Se dio cuenta de que tenía pipí, pero sabía que, si le decía a mamá que quería volver a ocultarse en los arbustos, eso no le iba a gustar nada de nada. Así que decidió aguantar un poco más.
Al dar un paso se le enganchó el vestido en las espinas de un rosal silvestre, y se detuvo a desenredar la tela para que no se rasgara.
Observó con atención las preciosas flores del arbusto: siempre le llamaban la atención, con sus pétalos de color rosa y el centro amarillo chillón, lleno de puntitos.
―Son bonitas, ¿verdad? ―comentó mamá, tomando una entre las manos―. La flor del escaramujo, la rosa canina … A mí también me gustaba, hasta que mi abuela me enseñó su significado.
―¿Qué significado, mamá?
Mamá frunció los labios y arrancó los cinco pétalos uno a uno, para después desechar la florecilla en el suelo y pisarla.
―Hay cierta gente que las usa para simbolizar cosas malas.
Se las dibujan sobre el cuerpo… ―Se apretó la mano contra el corazón, con gesto preocupado―.
Justo aquí. Si ves a alguien con ese dibujo en el pecho, o en el brazo, no debes nunca confiar en ellos.
Y cuantos más pétalos tenga el dibujo, más malo será.
―¿Más malo? ―preguntó la niña, incapaz de entender cómo un dibujo de una flor tan linda podía representar algo malo.
―Sí ―respondió mamá, mirándola fijamente a los ojos y tomándola por los hombros―.
La mayoría de esas personas se dibujan un pétalo, o dos…
solo uno de cada clan tiene los cinco, y ese es el más terrible: el jefe de todos ellos.
Querida hija, también hay gente mala en estos bosques, aunque por suerte no solemos encontrárnoslos.
―Tendré cuidado, mamá ―dijo Selena, bailoteando un poco en el sitio para aguantarse las crecientes ganas de ir al baño.
―Ven, he visto unos endrinos por allí ―dijo entonces su madre, señalando hacia un punto indefinido en la espesura ―. Tenemos que darnos prisa porque pronto oscurecerá, y necesitamos los ingredientes para la poción. Hay que estar preparadas en caso de que…
Mamá se detuvo en seco y no dijo nada más. Selena se preguntó a qué podría referirse y para qué necesitaba estar preparada; pero la presión en la vejiga era cada vez más intensa y pronto se olvidó de las palabras de su madre.
La observó trabajar con los endrinos, mordiéndose la lengua para no quejarse. Mamá separaba la corteza de la planta con mucho cuidado, usando un cuchillo afilado, y la iba metiendo en una bolsa de tela.
―La corteza es venenosa, y las pepitas también ―le dijo su madre sin mirarla, porque estaba concentrada en no tocar la planta con las manos desnudas―. Se puede usar para muchas cosas, como, por ejemplo, para…
―Mamá, ¿por qué la gente del pueblo siempre dice que eres una bruja, pero a mí solo me hablas de hierbas? ¿Cuándo me enseñarás a hacer hechizos y magia de verdad, como tú?
―Hija mía… ya sabes lo que decía Paracelso: la naturaleza misma es magia, y la magia es la naturaleza. Es todo lo mismo, una vez aprendes cómo funciona. Algún día lo entenderás.
―Pues no lo entiendo ―contestó Selena con tono molesto, acostumbrada a que mamá le diera largas en vez de respuestas, y citas raras de Paracelso en lugar de hechizos espectaculares.
Mamá revisó su bolsa y sopesó la cantidad de corteza de endrino que había recolectado.
―Bien, tenemos suficiente ―dijo con aire satisfecho―. Creo que ya podemos volver a casa.
Selena se sintió aliviada. Le gustaba salir al bosque con su madre, pero ese día ella también sentía algo raro en el aire… aparte de sus necesidades físicas.
Tomaron el sendero más corto, que llevaba directamente a la pequeña casita de huéspedes que regentaban sus padres. Tenía cuatro habitaciones para montañeros y esquiadores, aunque esa semana estaban todas vacías por ser temporada baja.
―Le he dicho a papá que encienda la chimenea; esta primavera no quiere llegar ―dijo mamá, apretándole la mano con cariño―. Te veo cara de frío, ¿estás bien?
Selena asintió y dio un par de saltitos.
―No es frío. Es que tengo pipí…
Mamá sonrió, sorprendida.
―¿No puedes aguantar hasta casa? Estamos a dos pasos.
Selena miró hacia su casita, que se alzaba blanca con el tejado empinado al final del sendero, y cruzó las piernas con más fuerza.
Había bebido varios vasos de limonada esa tarde, mientras jugaba con las gemelas junto al río, que discurría justo detrás de su hogar en el bosque.
Sacudió la cabeza, negando. No podría aguantar el tiempo suficiente para llegar.
―¿Por qué no lo dijiste antes? ―la reprendió su madre, sacudiendo la mano―. Anda, métete ahí, entre los arbustos… te esperaré. ¡Pero date prisa! Tengo que acostar a tus hermanas, que si no se ponen lloronas.
La niña salió disparada y se escondió entre la vegetación.
Se subió la falda y se agachó entre dos troncos. Justo en ese momento escuchó unos pasos, y asomó un poco la cabeza para ver quién era: muy poca gente usaba ese camino, aparte de algunos lugareños que salían, como ellas, a recoger setas o a estirar las piernas.
Tres hombres altos y algo sucios se acercaron a mamá, con gesto cansado, o quizás dolorido. Vestían ropa de senderismo y portaban mochilas y bastones. Uno tenía el pantalón roto y ensangrentado, como si se hubiera caído.
Selena escuchó que pedían direcciones; seguramente se habían perdido.
Mamá señaló hacia su casa, que podía verse desde el camino.
Ella siempre ayudaba a todo el mundo: era famosa en el pueblo por ello.
Daba igual que fuera un animal herido o un alpinista que había perdido el rumbo: Selena habría podido contar más de cien anécdotas sobre los actos altruistas, y a veces algo alocados, de mamá, que daba cobijo a cualquiera que pareciera necesitarlo sin importarle su aspecto o su procedencia.
Era un poco gracioso que siempre le dijera a Selena que no debía confiar en los extraños, cuando ella misma siempre lo hacía.
Uno de los hombres se apretó las sienes, como si le doliera la cabeza. Mamá miró su reloj y se giró otra vez hacia la casa. Luego se agachó y rebuscó en su bandolera, seguramente en busca de alguna hierba o ungüento que pudiera ayudar al hombre.
En ese instante, otro de los montañeros dio un salto, se situó detrás de mamá, y le retorció los brazos por detrás de la espalda. Mientras tanto, el tercero le dio un fuerte puñetazo en la mandíbula, y ella cayó desmayada entre sus brazos.
Selena se tapó la boca para no gritar.
Vio cómo uno de los hombres cargaba a su madre por encima del hombro y se dirigía hacia la casa de la familia, donde papá debía de estar haciendo la cena y cuidando de las gemelas. Los tres extraños se miraron sonriendo, con sus dolores mágicamente desvanecidos.
Selena se quedó de piedra, atrapada en su escondite, y se preguntó cómo iba a alertar a papá sin que aquellos hombres malos la descubrieran.