33
Selena
Raoul me cubrió con su chaqueta de ante, y yo aspiré su cálido aroma a cuero y perfume masculino.
Habría podido quedarme así, sumergida en la acogedora calidez de su pecho, durante el resto de la noche; pero la noche era demasiado fría para dormir a la intemperie, y necesitábamos al menos un par de horas de sueño para proseguir la búsqueda del prisma al día siguiente.
Me tapé las piernas desnudas con los pantalones, desechados a un lado, y sentí de nuevo esa absurda timidez que me había asaltado al desnudarme frente a él.
Bajo la despiadada claridad de la luna llena era posible ver con todo detalle las curvas, quizás demasiado blandas, de mis muslos y vientre.
Mi piel no era ni lisa ni suave, y con su textura de naranja difería mucho de la de las mujeres perfectas que mostraban las revistas.
―Eres la mujer más bella que he visto jamás ―susurró él con admiración, ajeno a mis inquietudes.
Me tendió el jersey con gesto triste, como si le costara despedirse de la visión de mi cuerpo desnudo. Yo me senté sobre la losa de piedra, un poco encogida para disimular mis pechos algo caídos, y me subí los pantalones rápidamente, con una sonrisa amarga.
―Gracias ―dije encogiéndome de hombros―. Aunque sé que debería hacer más ejercicio. Me sobran un par de kilos.
Justo mientras lo decía, una lorza rebelde se negó a meterse en la cinturilla de los pantalones, como si quisiera darme la razón.
―No te sobra absolutamente nada ―replicó―. Tienes una figura preciosa, y para mí eres perfecta tal y como eres. ―Me devoró con los ojos, y luego añadió―: Lo digo completamente en serio.
Observé su cuerpo musculoso y bien formado, y me pregunté por qué no había llegado a quitarse la camiseta. Esperaba tener la oportunidad de poder ver con detalle lo que había debajo la próxima vez.
―Deberíamos irnos ―dije, recogiendo mi parka roja, que había absorbido un poco de humedad de la fría roca―. Si no, mañana estaremos agotados.
Me abroché la cremallera y rebusqué en los bolsillos, comprobando que estaba todo en su sitio: mi cartera, mi teléfono y la llave de la habitación.
Al sacar el teléfono vi un mensaje de Mina. Lo había enviado un buen rato antes. Leí la vista previa, sin abrirlo:
«Salgo un rato a dar una vuelta con Penélope, dice que tiene insomnio y me da pena verla sufrir.
Le he dado de comer a Luminix, no le des nada más que se está poniendo como una sandía verde y peluda. Besos.»
Una sensación de angustia me embargó al leer aquello, y Raoul debió de notarlo en mi expresión, porque me preguntó de inmediato:
―¿Todo bien?
Sin siquiera terminar de abrir el mensaje, marqué el número de Mina mientras negaba con la cabeza.
―No estoy segura… ―respondí, sujetando el móvil entre el hombro y la oreja.
El teléfono sonaba, pero Mina no respondía. Quizás se hubiera ido ya a dormir y lo hubiera dejado en silencio. O quizás…
Volví a guardar el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, incapaz de sacudirme aquella repentina inquietud.
―Se ha ido con Penélope ―dije quedamente.
Raoul alzó una ceja. Después miró el reloj, comprobando que eran casi las dos de la madrugada.
―¿A estas horas? ―dijo extrañado.
―Me lo mandó a las doce. Dijo que Penélope no podía dormir y habían salido juntas.
―Pensé que Mina estaba cansada y quería dormir ―murmuró.
―Mina es incapaz de dejar sufrir a una hormiga ―repliqué, forzando una risilla.
Raoul se calzó las botas, sacudiendo la cabeza, y luego se ató los cordones a toda prisa.
―Vámonos ―dijo―. Cuanto antes lleguemos, antes te quedarás tranquila. Aunque estoy seguro de que Mina está roncando en su cama, con ese bicho verde y peludo encima.
―Seguro.
Asentí, poco convencida.
Raoul se internó de nuevo en las callejuelas empedradas.
Esta vez eligió el camino más corto, que a cambio era estrecho y mal iluminado.
Yo lo seguí, cogida de su mano, esforzándome por absorber algo de aquella serenidad que él emanaba por todos sus poros.
Después de tantos años ya no era capaz de orientarme por aquellas vías recónditas, y menos aún en plena noche.
―¿Falta mucho? ―pregunté, calculando cuánto habíamos tardado en llegar hasta el claro a la ida.
Raoul sacudió la cabeza.
―No ―respondió, señalando hacia el final del callejón oscuro donde nos encontrábamos―. Solo hay que llegar hasta allí, giramos a la izquierda, y…
El ruido de un aleteo lo interrumpió, haciéndonos levantar la mirada al unísono.
Un murciélago sobrevolaba el callejón, descendiendo entre los muros de piedra de las antiguas casas, vacías ahora que había pasado la temporada veraniega.
―¡A cubierto! ―gritó Raoul, señalando la oquedad de un portal y empujándome dentro.
Tropecé y caí sentada en un rincón, sin entender. Solo entonces alcé la vista y vi que aquello no era un murciélago, sino un cuervo negro y grande que volaba directo hacia nosotros.
El cuervo desapareció en una nube de humo gris y húmeda, y al instante surgió de ella un hombre corpulento de mediana edad, con pelo largo y ralo que le crecía alrededor de una coronilla calva y blancuzca, casi verdosa.
Llevaba un jubón ajustado, un capote antiguo y unas calzas apretadas que le cubrían las piernas varicosas hasta la altura de la rodilla.
El hombre dio un par de pasos al frente, sacando una espada plateada del cinto y haciéndola girar sobre la empuñadura. Después sonrió, dejando a la vista un par de colmillos largos y amarillentos, y se dirigió a Raoul, ignorando mi presencia:
―Vaya, vaya… ¿pero… qué ven mis ojos? Si es el heredero de Léonide en persona…
el exiliado, ¿no es cierto? ―Después me miró a mí, que seguía acurrucada en el rincón más húmedo de aquel portal de sillares―: y nada más ni nada menos que la hija de Herrera.
Aunque vuestra madre no era Herrera, ¿me equivoco, mi querida dama?
Sin embargo, era también bastante afamada en estos lares. ¿María la Curandera, si bien recuerdo?
Lo observé boquiabierta. No tenía ni la menor idea de quién era ese vampiro, pero él, sin duda, sabía mucho sobre mí. Y, a juzgar por la expresión de Raoul, también era cierto lo que había dicho sobre él.
Raoul gruñó, emitiendo un sonido bajo y lobuno que ningún humano ordinario podría haber producido.
―¿Qué quieres de nosotros, sanguijuela? ―le espetó, cruzándose de brazos. Al hacerlo pareció todavía más ancho, y llenó la mitad del callejón solo con su presencia.
El vampiro enfundó la espada con una floritura y nos dedicó una reverencia burlona.
―Solo dialogar, amigos míos ―dijo―. A decir verdad, estoy algo decepcionado de no hallaros en compañía de la otra bruja.
Es a ella a quien buscaba… la invitamos a nuestra casa, y la muy desagradecida se marchó sin despedirse…
―Sus ojos relucieron, rojos en el oscuro callejón―.
No solo eso. Dejó un auténtico desorden a su paso.
Creo que debería rendirme cuentas por todas esas manchas de…
―Estiró la boca en una mueca asqueada―, … de sangre de bruja.
El vampiro fingió escupir algo repugnante, y los hombros de Raoul comenzaron a temblar, cada vez de forma más violenta.
―No os sulfuréis, amigo. No he venido a cobrarme vuestras insignificantes vidas mortales. ―El vampiro rio, y su risa sonó como un rechinar de uñas sobre una pizarra―. Sin embargo, podríamos ayudarnos mutuamente. Os propongo un trato…
Raoul se encorvó en una postura antinatural, sin dejar de gruñirle. Entretanto, rebusqué en mi mente en busca de algún hechizo de defensa; por desgracia, mi único legado eran hechizos curativos, que de poco iban a servirme.
―Vos me ayudáis a recuperar el Prisma, que seguro sabéis dónde está ―dijo el vampiro con tono sibilino―. Luego dejáis que me lleve a la otra bruja y yo le perdono la vida a esta. ―Jugueteó con la empuñadura de su espada, sacándola lo justo para que se viera la afilada hoja de plata―. ¿Qué me decís?
Raoul se agachó de golpe, y a continuación todo sucedió demasiado rápido para poder apreciar los detalles.
Un grito desgarrador surgió de su garganta, haciendo retumbar los cristales de las ventanas circundantes.
El grito se convirtió en un aullido, y un segundo después, la camiseta de Raoul estalló, haciéndose jirones mientras su cuerpo se hinchaba y cambiaba de forma.
Llegué a atisbar su pecho desnudo por un instante; lo suficiente para ver algo que me aterrorizó todavía más que la presencia de aquel vampiro nauseabundo bloqueando la salida del callejón.
Un momento después, en el lugar donde había estado Raoul se encontraba un lobo gigantesco de ojos amarillos, agazapado sobre los cuartos traseros y a punto de saltar sobre el vampiro, que lo apuntaba con su espada de plata.
Me encogí todavía más en el extremo más alejado del portal, y el olor a orín de aquel rincón despertó recuerdos espantosos, que habría preferido que permanecieran enterrados en mi memoria. Me esforcé por recordar algún hechizo útil, pero mi mente estaba completamente nublada.
No podía dejar de pensar en lo que había visto, aunque solo por una fracción de segundo, tatuado sobre el pecho de Raoul: una M mayúscula rodeada por cuatro pétalos de rosa, que no dejaba lugar a dudas sobre su verdadera identidad.