Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 32
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Selena

Raoul me miró fijamente, con aquellos ojos dorados y lobunos que parecían ver a través de mi alma.

―Sé que creciste cerca de aquí ―dijo con voz suave―. Pero nunca hablas de ello. Muchas veces me he preguntado por qué.

Me aparté un poco de él, incómoda al escuchar su pregunta. En general, me era difícil hablar de ello con la gente, pero contárselo a él me parecía una misión imposible.

―Hay cosas que es preferible olvidar ―respondí para zanjar el asunto―. Durante mucho tiempo me he esforzado por dejar atrás este sitio, y a la gente que conocí aquí. Sospecho que tú lo sabes mejor que nadie.

―Mi madre solía decir que el árbol no tiene la culpa de estar infestado de termitas ―dijo él con una sonrisa agridulce―. Este lugar sigue siendo hermoso, aunque en él ocurrieran cosas que no te gustaron.

―¿Tus padres aún viven? ―le pregunté para cambiar de tema.

Miré el letrero de madera rústica que adornaba la tienda de la esquina, y los preciosos balcones cargados de geranios fucsias. Traté de imaginarlo a él de niño en esa misma plaza, jugando con otros chiquillos o ayudando en la tienda.

Esta vez fue él quien me miró con el ceño fruncido y apretó los labios.

―Si no quieres, no contestes. Pero, por favor, no me mientas ―le advertí.

―Jamás te mentiría ―dijo ofendido.

Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz. Estaba tan cerca que sentí su olor a jabón y a chaqueta de cuero.

―Mi padre falleció, pero mi madre aún vive. Es solo que hace mucho que no la veo.

―¿Discutisteis?

―Algo por el estilo. Ella no quiere verme, y es mejor así.

Percibí una profunda amargura en su voz, y algo dentro de mi corazón se rompió un poco. Con timidez, acerqué mis manos a las suyas. Estudié su reacción, moviéndome lentamente. No se opuso, así que tomé sus manos y las apreté bien fuerte sobre mi regazo.

―Raoul, solo tienes una madre, y no vivirá para siempre. ¿No crees que deberías tragarte ese orgullo y hacerle una visita, o al menos llamarla?

Cuando alzó la vista, sus ojos estaban empañados de lágrimas. Se soltó las manos, sacudió la cabeza y miró a otro lado.

―No lo entenderías… ―murmuró con la voz rota―. Ojalá fuera tan fácil borrar ciertas cosas.

No pude contenerme y lo abracé, invocando la Energía Curativa del firmamento.

Sentí la luz viajar a través de mis brazos, directa al centro de su alma, y su respiración se calmó un poco.

Aquel hombre gigantesco pareció derretirse contra mi pecho, dejando caer sus barreras por primera vez desde que lo conocía.

Apoyó la cabeza en mi hombro y yo lo mecí lentamente, disfrutando de aquel momento en la desierta plaza de piedra.

―Los recuerdos espinosos tienen raíces profundas ―respondí en un susurro, aspirando el aroma de su pelo recién lavado―. Créeme: lo sé mejor de lo que piensas.

Levantó la mirada, y sus pupilas doradas se clavaron en las mías.

La luz amarillenta de los farolillos les daba un tono casi metálico, completamente sobrenatural.

Aspiré su aroma terroso profundamente: el aire era agradable, y la temperatura sorprendentemente cálida para una noche de otoño en aquellas latitudes.

Observé sus labios entreabiertos y tragué saliva, incapaz de apartar la vista de ellos.

Me moría por besarle, pero no sabía si era un buen momento: jamás lo había visto así, tan frágil y tan necesitado de amor y consuelo.

Era extraño, y a la vez conmovedor, ver a un hombre tan grande derrumbarse bajo el peso de los recuerdos.

Éramos tan distintos, y a la vez tan iguales.

Me quedé quieta un instante, sin saber qué hacer, y en respuesta, él se levantó de golpe.

―Ven ―dijo bruscamente, tomándome del brazo―. Te llevaré a mi lugar preferido.

―Pensaba que era este ―dije, intrigada, gesticulando hacia las arcadas de la plaza.

Negó, con aire misterioso.

―Oh, no. Es mucho mejor. Pero hace muchos años que no voy por allí.

Las comisuras de su boca se arquearon levemente, dibujando la sombra de una sonrisa.

Lo seguí por las callejuelas más estrechas y oscuras de Aínsa, más allá de otra plaza más pequeña y un parque que yo no recordaba de mis tiempos allí.

Tras ser adoptada por mi tía, había aprovechado la primera oportunidad de marcharme a trabajar en Barcelona con apenas diecisiete años, huyendo de aquellos lugares que guardaban demasiados recuerdos.

Había saltado de un trabajo precario a otro solo por no regresar al pueblo, hasta que Teo me encontró trabajando en una tienda del Raval por un salario mísero, atraído por los cuentos de las vecinas, que hablaban de una chica aragonesa con manos que curaban.

Al parecer, los rumores habían llegado hasta Ibiza, y gracias a ellos había encontrado a mi nueva familia en el Serenata Nocturna.

Raoul y yo seguimos caminando por las callejuelas hasta que comenzó a escucharse el discurrir de uno de los dos ríos que abrazaban a la pintoresca población. Pero no se detuvo hasta que llegamos más allá de donde terminaban las casas, en una zona arbolada junto a una de las riberas.

―Por aquí ―dijo, apartando algunas ramas de arbustos para abrirme paso.

Obedecí en silencio y caminé tras él, curiosa.

Entre la vegetación, cada vez más espesa, se abrió un claro diminuto.

En su centro había una gran piedra lisa y casi plana, de casi dos metros de longitud.

Brillaba como mármol pulido, y sobre su superficie había símbolos tallados que no supe reconocer.

Raoul se recostó sobre ella y me llamó, dando palmaditas sobre el espacio vacío que quedaba.

Subí a la losa de un salto y me recosté a su lado, sintiéndome repentinamente tímida.

El rumor del río se escuchaba muy cerca, y el aire era húmedo y frío.

Sentado en la piedra a mi lado, señaló hacia arriba.

Levanté la mirada y, al hacerlo, me quedé boquiabierta.

Las copas de los árboles enmarcaban un retazo de cielo nocturno de forma casi circular. En su centro, un manto de estrellas fulgurantes danzaba en torno a la luna, perfectamente llena y nívea.

―Lo llamábamos El Observatorio de la Luna ―dijo, en voz tan baja que tuve que acercarme más para entenderle.

Solté una risita traviesa, acercando mi frente a la suya.

―¿Quiénes? ―pregunté con tono algo pícaro mientras pinchaba el dedo índice contra su pecho de acero―. ¿Tú, y las chicas a las que traías aquí en tus tiempos?

Raoul sacudió la cabeza, enarcando las cejas con incredulidad.

―¿Chicas? ―Resopló, como si encontrara el comentario sumamente divertido―. No, claro que no. Venía aquí con mis hermanas. A veces con mi padre. Nunca se me dieron demasiado bien las chicas. Ni siquiera me interesaban demasiado.

Encogió aquellos hombros de jugador de rugby en un gesto de honda indiferencia.

―Venga ya. No me lo creo ―insistí, intrigada por saber más de su infancia y adolescencia―. Uno no va con su padre a un sitio así, solo para observar la luna. Y un chico como tú debía de tener decenas de admiradoras en esos tiempos…

Sus ojos se cerraron, hasta convertirse en poco más que una fina línea dorada.

―Aunque no lo creas, ciertas criaturas del bosque disfrutamos observando la luna llena, solo por el placer de hacerlo… sin segundas intenciones.

Me sentí un poco incómoda de pronto, al entender a qué se refería. Me mordí el labio, entendiendo que acababa de comportarme como una tonta adolescente y que mi comentario había estado fuera de lugar: él solo quería compartir conmigo ese lugar que había frecuentado con su padre, y yo…

Raoul notó mi azoramiento, y me atrajo hacia sí, apretándome contra su pecho.

―Aunque es posible que hoy sí que te trajera aquí con segundas intenciones ―dijo con voz ronca.

Cuando alcé la mirada, sus ojos estaban fijos en mi rostro.

Me miraba fijamente, con intensidad, como si yo fuera el postre más exquisito que había visto jamás.

Me humedecí levemente los labios y parpadeé despacio; lo suficientemente despacio como para tener los ojos cerrados cuando me besó con delicadeza, abrazándome cada vez más fuerte.

Había deseado tanto ese beso.

Sus manos avanzaron torpemente, tanteando mi trasero, y después subieron por mi espalda, por debajo de la camiseta.

―Selena… ―murmuró en un jadeo―. Hace tanto tiempo que…

―Shh… ―lo acallé, guiando sus manos hacia el botón de mis pantalones, justo hacia el lugar donde necesitaba que estuviesen en ese momento―. Yo también.

Raoul expiró en mi oído, revelando el deseo reprimido que él también había estado sintiendo durante todo ese tiempo. Sus brazos, enormes y robustos, me envolvieron como las ramas de un árbol fuerte y antiguo, y sentí que mi cuerpo se disolvía bajo su fuerza bruta.

Me quitó la chaqueta roja, y yo levanté los brazos para que me ayudase con el suéter de lana.

Extendió la ropa sobre la piedra, y yo me tendí sobre ella, dudando acerca de cómo proseguir.

La roca dura y fría se clavó en mi espalda a través de la tela, y me sentí extrañamente expuesta cuando levanté ligeramente las caderas para que me quitase los pantalones.

Por un instante me embargó la vergüenza al pensar en mis kilos de más y en todo lo que me hacía, según los cánones de belleza, imperfecta.

Pero me bastó ver el brillo del deseo en sus ojos para olvidarme de todas esas dudas en un solo segundo.

Me observaba con absoluto deleite, como si yo fuera la obra de arte más hermosa que hubiera admirado jamás.

Bajo su mirada, me sentí la mujer más bella y más deseada del universo.

Se despojó de los pantalones, quedando de rodillas frente a mí: todo en él era enorme y magnífico, tal y como había imaginado.

Comenzó a besarme poco a poco, y sus manos encontraron el cierre de mi sujetador. Sus dedos, algo toscos, pelearon con el cierre un momento, y mientras sentí su aliento cálido en mi oído al deslizar las manos suavemente sobre mis pechos.

―Selena… ―murmuró en un jadeo, masajeándolos con fervor.

Una ola de calor me recorrió de arriba abajo, y me retorcí bajo aquellas manos enormes, sintiendo su cuerpo tan cerca del mío.

Una de sus manos fue bajando, y solo se detuvo al llegar al elástico de la poca ropa interior que me quedaba; tiró un poco de él, juguetón, y yo cerré los ojos, incapaz de soportar aquella tortura un segundo más.

Dije su nombre en un gemido y guie su mano hacia el lugar donde quería que estuviese.

Él accedió, y sus dedos me acariciaron en los rincones donde más los necesitaba, hasta que mi espalda se arqueó de placer.

Me contorsioné y gemí, pidiéndole algo más.

Pero en vez de eso, se apartó un momento y se agachó.

Su ausencia duró dos segundos, pero se me hizo eterna.

Después sacó algo pequeño y cuadrado del bolsillo de la chaqueta con una sonrisa pícara y me lo tendió con cara de inocencia.

Yo sonreí y lo abrí despacio, mirándolo a los ojos fijamente mientras desenroscaba un poco el contenido del paquete.

Ahora era yo quien lo hacía sufrir con cada momento de espera, y estaba disfrutando con el juego.

Esta vez fue él quien gimió, mordiéndose el labio mientras lo tocaba, deslizando ambas manos por toda su longitud mientras le ponía la protección.

Cuando terminé, me levantó con un solo brazo, me dio la vuelta y me apretó contra su pecho, temblando de necesidad contenida.

Me susurró una pregunta al oído, asegurándose de que era lo que quería, y no recuerdo haber respondido que sí tan rápido jamás en mi vida.

Lo sentí dentro de mí, mientras nuestros cuerpos se unían con un suspiro al unísono.

Oscilamos en una cadencia desesperada, que llevaba días, o quizás meses, luchando por suceder: solo entonces comprendí que nuestra pasión había sido como una bomba de relojería, a punto de explotar en cualquier momento.

Observados solo por la luna, disfrutamos de un instante de unión y perfección absoluta en el claro entre los árboles, y nuestros gemidos de placer se mezclaron con los ecos de las hojas en la brisa nocturna, mientras nuestra pasión se desbordaba como el agua de un arroyo bajo la lluvia de otoño.