31
Selena
El resto del día lo pasamos descansando en nuestras habitaciones. Mina y yo hicimos un maratón televisivo en la cama del hotel, mientras Luminix dormitaba hecho una bola entre nuestras piernas.
Raoul se marchó un rato a hacer ejercicio y nos reunimos de nuevo a la hora de comer.
Se presentó en ropa deportiva y recién duchado, con el pelo a medio secar.
Me pregunté cómo sería pasar las manos entre esos mechones húmedos que se pegaban a su cuello formando pequeños rizos, aunque descarté el pensamiento muy rápido al ver que seguía de mal humor.
Casi no habló durante la comida, y empecé a preguntarme si yo había hecho algo que pudiera molestarle.
Penélope llegó por la tarde y se instaló en su habitación, que casualmente estaba en la misma planta que las nuestras. No mencionó dónde había estado ni lo que había hecho desde la última vez que la vimos.
Al anochecer bajamos todos juntos a cenar.
Mina se esforzó por mantener un ambiente cordial entre todos, aunque Raoul no paraba de lanzarle miradas asesinas a Penélope, y ella a él.
La cena terminó siendo sumamente incómoda, pero aun así alargamos la sobremesa tanto como pudimos, en un intento de sonsacarle algo a Penélope sobre el Prisma de Ordesa.
Durante todo ese tiempo, la viuda nos dio largas y no nos dijo nada que no supiéramos ya.
Cuando trajeron el postre, tanto Raoul como yo empezamos a perder la paciencia. Aunque él lo disimulaba, yo podía sentir su creciente nerviosismo como si hubiera una conexión invisible entre nosotros.
Penélope, sin inmutarse, estaba atiborrándose de dulces y pastas tras devorar una pierna de cordero ella sola.
―Escucha, Penélope ―le dije, esta vez con voz mucho más firme que antes―.
Necesitamos encontrar los fragmentos que faltan del prisma.
Tienes que volver a reunir a tu equipo y acelerar la búsqueda todo lo posible: que continúen mañana mismo, en cuanto amanezca.
Va a nevar en los próximos días, y así será casi imposible encontrarlo.
La mujer levantó la mirada de su plato y se reajustó las gafas con cara de inocencia.
―Ya, pero los mandé a todos a casa. Es imposible que se presenten mañana por la mañana.
―Entonces tendremos que buscarlo nosotros solos ―dijo Raoul con firmeza.
Penélope sonrió con las cejas levantadas, como si aquello fuera la idea más absurda que había oído en mucho tiempo. Su sonrisa irritó todavía más a Raoul, y yo le puse una mano sobre la rodilla por debajo de la mesa para que se calmase.
―Solos no tenéis ninguna posibilidad ―dijo ella, tan tranquila―. No tenéis ni idea de cómo hacerlo. Además, sospecho que el trozo que falta no está en el río, sino en manos de alguien que lo encontró antes que nosotros.
Los tres nos miramos, perplejos.
―¿Qué te hace pensar eso? ―pregunté―. Teo estuvo hablando con nuestro cliente, Claude Sommer, y este lleva años investigando el Prisma de Ordesa junto a Leonard, tu jefe.
Según sus cálculos, los fragmentos fueron arrastrados por la corriente desde los picos más altos.
Al parecer, si alguien tuviera algún trozo, habría algún tipo de signos detectables.
No dijo cuáles, pero dijo que sería obvio.
Raoul apretó los puños sobre el mantel, aunque no dijo nada. Penélope continuó, sin darse cuenta de su reacción.
―Pues creo que se equivocan ―replicó ella―.
Yo creo que no está en el río. Llevo mucho tiempo tamizando esa ribera y, además, tengo una especie de…
―Entrecerró los ojos con cierta malicia, ladeando la cabeza mientras bajaba la voz―.
Una especie de presentimiento. Como esos que tenéis las brujas, ¿sabes?
Algo me dice que no está ahí y que alguien podría tenerlo.
No solo eso: siento que no se encuentra lejos de aquí. Diría que no ha salido de la comarca.
―¿Quieres decir que podrían tenerlo los vampiros que se llevaron a Mina?
El rostro de Mina se contrajo en un gesto de dolor, pero se mantuvo callada. Llevaba la mayor parte de la velada en silencio y con mala cara; seguramente no se encontraba demasiado bien todavía. Entretanto, Penélope frunció la nariz, pensativa.
―No, no estaba pensando en esa gentuza. Creo que solo la querían a ella. ―Señaló a Mina, que apartó la vista―. Revisé la cueva de arriba abajo cuando os fuisteis, y no encontré nada interesante. Solo velas… y algún que otro bicho muerto.
De nuevo, Raoul soltó un gruñido bajo: llevábamos varias horas hablando y era la primera vez que Penélope mencionaba que había estado investigando por su cuenta.
―Necesito que nos muestres esos dos pedazos de prisma que encontró tu equipo ―dijo Raoul, con una rabia creciente en la voz que no fui capaz de interpretar.
―Sin problemas, pero los tengo al fondo del equipaje. ¿Os importa si los traigo mañana por la mañana, cuando deshaga la maleta? Estoy agotada; me gustaría irme a dormir.
Sonó a excusa, de nuevo, pero no habría ayudado mucho intentar forzarla.
La velada continuó hasta casi las once de la noche, cuando Penélope se disculpó y se retiró a su habitación; Mina la acompañó por las escaleras, alegando que necesitaba irse pronto a la cama, en particular tras los acontecimientos de los últimos días.
Yo me quedé al pie de la escalera, tratando de decidir qué hacer. Estaba algo cansada, pero mi cansancio era más bien de tipo mental. El cuerpo, sin embargo, me pedía a gritos un buen paseo para calmar todos los pensamientos preocupantes que revoloteaban por mi cerebro.
―¿Tú no tienes sueño? ―me preguntó Raoul, plantado al pie de la escalera que llevaba a los dormitorios y con un pie en el primer peldaño.
Lo observé, sorprendida. Llevaba todo el día casi sin hablarme.
Se quedó completamente quieto mientras esperaba mi respuesta con un brazo sobre la barandilla.
Esa noche se había puesto otra camiseta blanca ceñida y una chaqueta de ante marrón exactamente igual a la del día anterior, que despedía un cálido aroma a piel curtida.
―Pensaba que estabas enfadado conmigo ―dije, retorciéndome las manos y evadiendo su mirada.
Arrugó la frente, confundido.
―¿Enfadado contigo? ―repitió, incrédulo.
―No sé… ―Me encogí de hombros―. Durante el desayuno estabas raro, y llevas todo el día evitándome. ¿De verdad necesitabas hacer ejercicio durante cinco horas seguidas?
―Hago ejercicio cuando estoy estresado ―respondió―. Me ayuda a descargar la tensión. Pero nunca me enfadaría contigo.
Sonreí un poco, sacudiendo la cabeza.
―De acuerdo. Entonces todo bien.
―No. Nada está bien ―replicó, cruzando esos brazos enormes sobre su pecho esculpido―. Estoy preocupado por vosotras… por ti. Ese bosque no es seguro. Hay cosas horribles ahí dentro.
Abrí la boca para protestar, pero alzó la mano para que callase.
―Ya sé lo que piensas. No estoy diciendo que tengas que marcharte: sé que no lo harás, te diga lo que te diga. Pero me preocupa. ¿Me entiendes?
―Te entiendo ―contesté despacio―. Creo.
―Gracias.
Se quedó en silencio, mirándome con amargura y algo más que no supe identificar. ¿Era ansiedad? ¿Era cansancio? ¿O era… deseo?
―No tengo sueño. ¿Te apetece dar una vuelta? ―le pregunté con tono casual―. Aínsa es uno de los pueblos más bonitos de España.
Raoul esbozó una leve sonrisa, casi halagado.
―Es cierto. Es una de las zonas más hermosas de los Pirineos. ¿Has estado alguna vez?
Tragué saliva, empujando los recuerdos tan hondo como pude.
―Sí… estuve varias veces de niña ―respondí sin dar demasiada información―. Pero no me importaría verlo otra vez. Hace mucho tiempo que no vengo y seguro que ha cambiado bastante.
―Ven ―dijo él, asintiendo―. La plaza Mayor está iluminada por la noche… te gustará.
Caminamos lentamente, escuchando el resonar de nuestras pisadas sobre el suelo empedrado.
Me puse a su lado, sintiéndome diminuta junto a él: era tan alto e imponente como una torre vigía. A cada paso que dábamos nos encontrábamos más cerca el uno del otro, hasta que nuestras manos se rozaron y él interceptó la mía en uno de sus vaivenes.
Sorprendida, apreté sus dedos contra los míos. Su piel era velluda y rugosa: las manos de alguien que había trabajado duro y a la intemperie. Me devolvió el apretón, pero mantuvo la mirada al frente.
Entretanto, admiramos las casas medievales, la mayoría con fachadas de pesados sillares grises y balcones de hierro repujado.
Pronto nos encontramos bajo los arcos de la galería de piedra que bordeaba la plaza Mayor; tal y como había vaticinado Raoul, los edificios antiguos estaban iluminados con farolillos de forja, que le daban al lugar un aura mágica y dorada.
―Es casi tan bonito como lo recordaba ―dije, suspirando.
Raoul se detuvo bajo una de las antiguas arcadas y se sentó en un escalón justo debajo de esta, soltándome la mano.
Me sentí extraña sin el calor de sus dedos entre los míos, pero él no pareció darse cuenta. Señaló una tienda cerrada a lo lejos, mientras me invitaba a sentarme a su lado.
―Ese local antes perteneció a mi familia ―susurró, como hablando solo.
―¿Ya no?
Negó en silencio.
―No. Las cosas cambian. A veces de golpe.
Me arrebujé un poco en mi chaqueta de lana. La noche era fresca, y el aire olía a pasto y a cuentos del medievo.
―Dímelo a mí ―respondí pensativa, mientras su comentario me sacudía con una lluvia de recuerdos agridulces.