Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 30
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Selena

Amanecí con un grito en los labios, el mismo de todas las mañanas: «¡Despierta, mamá!

». En ninguno de mis sueños recurrentes conseguía pronunciar la advertencia y avisarla a tiempo; mi garganta siempre se volvía muda, como suele suceder en las pesadillas.

La escena solía repetirse casi todos los días, con ligeras variaciones.

Cada vez me esforzaba por despertar a mi madre, y cada vez la perdía sin conseguirlo.

Parpadeé lentamente y volví en mí, vislumbrando la luz blanquecina de un día nublado de otoño. Al sentarme, con la espalda sobre el cabezal, noté que la hierba al otro lado de la ventana estaba cubierta de escarcha.

Mina, a mi lado, seguía durmiendo junto a su gato.

El color había regresado a sus mejillas, y tenía mucho mejor aspecto después de la segunda sesión de magia curativa que le había hecho antes de irnos a la cama.

Luminix ronroneaba plácidamente a su lado, brillando con luz verde porque nadie se había molestado en renovar el hechizo que ocultaba su verdadero color.

Me agaché sobre el rostro de mi amiga para examinarla más de cerca: en el lugar donde habían estado las cicatrices de su cuello ya solo quedaban ligeras marcas rosadas, que seguramente desaparecerían en un par de semanas.

Con mucho cuidado, le aparté el pelo crespo que le cubría la frente; los moretones causados por los golpes se estaban desvaneciendo también.

Justo en ese momento, Mina abrió los ojos de par en par.

Al encontrarse con mi rostro tan cerca del suyo, dio un grito de horror y se subió la sábana hasta el cuello. El gato arqueó el lomo, con el pelo erizado, y me bufó como si fuera su peor enemiga.

Me aparté rápidamente, esperando a que ambos se calmasen. Yo también tenía la respiración acelerada: me habían dado un susto de muerte. Mina tardó un instante en despertar del todo y comprender que solo era yo.

―Yo… Selena, perdona ―murmuró con voz entrecortada, acariciando al minino para que se calmase también. Este me miró con cara de reproche―. Pensé que…

Extendí la mano y le di un suave toquecito en el hombro. Permanecí de pie junto a la cama, guardando la distancia.

―Shh ―le dije―, no necesitas excusarte. Lo entiendo. No quiero ni imaginar lo que tuviste que pasar con esos vampiros. Debió de ser horrible.

Mina tragó saliva y desvió la mirada.

―Sí. Pero prefiero no hablar de ello, si no te importa.

―No es necesario. ¿Tienes hambre? ¿Bajamos a desayunar? ―le pregunté, cambiando de tema para no incomodarla.

Aparté un poco la cortina: fuera había comenzado a lloviznar. Abrí la ventana solo un poco, lo suficiente para que entrase el agradable y tranquilizador rumor de las gotas al caer.

―A decir verdad, estoy muerta de hambre ―contestó agradecida―. Esos vampiros solo me traían carne cruda para comer, y sabes que soy incapaz de alimentarme de otros animales…

Sacudí la cabeza, furiosa conmigo misma por no haber sacado a Mina antes de aquel agujero. Me sentía como la peor amiga del mundo; una auténtica incapaz que comía rosquillas y paseaba por el bosque besando licántropos mientras ella…

―Anda, vamos ―le dije―. Ahora estás a salvo. Aunque espero que Raoul nos haya dejado alguna ensaimada, porque la otra vez se zampó el bufet entero antes de las nueve.

***

Raoul estaba en el comedor, rodeado de platos vacíos y bebiéndose a lametones un tazón de leche sola tan grande como una palangana.

Nos saludó con un gesto de la cabeza, y aprovechó nuestra llegada para asaltar a la camarera, que justo en ese momento estaba rellenando el contenedor metálico de los huevos revueltos.

―Sinceramente, no comprendo cómo puede comer tanto y estar así… ―comentó Mina, dejando su chaqueta en el respaldo de la silla mientras buscaba algo adecuado a su dieta entre las bandejas del bufet.

―¿Así, cómo? ―pregunté con curiosidad, echándole el ojo a una fuente llena de huevos con beicon.

Me los había ganado, después del estrés de los últimos días.

Di un paso hacia el delicioso beicon, perfectamente dorado, crujiente e ideal para proporcionarme el consuelo instantáneo que necesitaba.

Tomé la pala para servirme un plato lleno, pero luego me detuve, dudando.

Al final me serví solo una loncha y me dirigí hacia la macedonia de frutas, satisfecha por mi pequeña victoria.

―Bueno… ya sabes. ―Mina me sonrió, y me dije que era la primera vez que la veía sonreír así desde lo de la cueva. Le lanzó una mirada a Raoul―. No está nada mal, ¿no te parece?

Luego se sirvió un trozo de bizcocho de chocolate, mirándome con gesto travieso.

Sentí que el rubor se me subía a las mejillas.

Para evitar que se diera cuenta, me aparté de un salto, fingiendo que me moría por llegar a la máquina de café.

Ella me siguió, con un pedazo de tarta y una taza vacía en la mano.

―No sé a qué te refieres ―musité, echando una bolsita de té en la taza. Luego presioné el botón del agua caliente―. ¿Hablas del bizcocho?

―Si te gusta llamarlo así…

Señaló con la barbilla a Raoul, que volvía a la mesa con una montaña de huevos revueltos casi tan alta como su cabeza.

―¿Qué? ―Me hice la despistada―. Pues no sé. Es un tipo normal. Normalito. Como todos.

―Sí. Por supuesto ―replicó Mina, sin dejar de repasar a Raoul con la mirada. Por suerte estaba lo bastante lejos como para no oír sus desvaríos―. Un tío totalmente normal de dos metros de alto y tres de ancho, al que te comes con los ojos cada vez que ves, y…

―¡Vaya tontería! Yo no…

―Oye, no es por nada, pero estás echando un chorrazo de café encima de esa pobre bolsita de té de hierbas.

―¿Qué?

Exhalé y dejé la taza a un lado, exasperada. Mina me estaba poniendo de los nervios con sus comentarios absurdos.

―Nada. Déjalo ―dijo entre risas.

Mina me dio un empujón amistoso y se coló delante de mí para hacerse una infusión de hibisco.

Entretanto, Raoul había regresado a la mesa y estaba ocupado con un café y un plato de huevos que parecía la Pirámide de Guiza.

Desistí en mi intento de prepararme una infusión y me serví un vaso de zumo de naranja: no me había levantado demasiado centrada.

Luego cogí algo de pan con mantequilla y fui a sentarme junto a nuestro taciturno compañero, eligiendo la silla más alejada de él a propósito.

―¿Qué tal has dormido? ―le pregunté, viendo que permanecía callado.

―Mal ―respondió a secas.

―¿Y eso? ―insistí, a pesar de que su respuesta dejaba bastante claro que estaba de un humor de perros y no quería hablar.

―Theodore no quiere que nos marchemos sin encontrar antes el artefacto. Ya sabes… ―Bajó la voz―. Ese maldito pedrusco medio roto. Está obsesionado con conseguirlo a toda costa. Pero, ¿para qué?

―Pues… ni idea, la verdad. ¿Para entregárselo a Claude Sommer, que es el que paga la expedición?

―Sommer quiere destruirlo. ¿No sería igual si lo dejamos donde está?

Me encogí de hombros.

―¿A lo mejor le preocupa que otros lo encuentren antes?

Yo solo era una empleada, igual que él. Y me extrañaba que, por primera vez en su vida, Raoul estuviera cuestionando las órdenes del jefe. Aquello era muy, muy raro.

―La zona es más peligrosa de lo que pensábamos. Me preocupa que Mina y tú estéis aquí ―confesó al fin.

Puse los ojos en blanco: así que era eso.

―Sé cuidar de mí misma. No me iré a casa hasta que la misión esté terminada.

―Pues tendrá que ser rápido, porque dan nieve en las próximas cuarenta y ocho horas, y puede que dure hasta final de mes.

Tomó su tazón de café y sorbió un poco con expresión decaída. Lo miré en silencio, notando que se había recortado la barba, y que le quedaba particularmente bien. El aroma a café dulce se mezclaba con el de su after shave, en una combinación inconfundiblemente masculina y matinal.

―Entiendo ―respondí, tomando un poco de kiwi con el tenedor para distraerme―. ¿Y se te ocurre alguna idea para lograrlo a tiempo?

―Sí. Pero no me gusta.

―¿No te gusta… qué? ―preguntó Mina, que llegaba con un plato que poco tenía que envidiar al de Raoul: bizcocho de chocolate, ensalada de mango con piña, yogur de soja y una pila de croissants con mermelada.

Raoul ni siquiera la miró y siguió bebiéndose su café callado, sin contestar a su pregunta.

―Alguien está de mala leche esta mañana ―comentó Mina con despreocupación.

―Vamos a tener que llamar a Penélope ―soltó Raoul de sopetón, dejando la taza de golpe sobre la mesa. Los cubiertos rebotaron con un fuerte sonido metálico que nos sobresaltó a las dos, haciéndonos levantar la vista de nuestro desayuno.

―¿Penélope? ―repetí con horror.

Raoul asintió.

―No se me ocurre otra opción. Estoy seguro de que lo tiene ella; al menos un fragmento. Lo llevaba en el bolsillo, ¿os acordáis? Y probablemente podría llevarnos hasta el resto de piezas.

―Por Hécate, pero si esa mujer está enferma…

aunque lo tuviera, no nos lo daría ―murmuré―.

Tendríais que haberla visto esa noche en que me quedé a solas con ella: estaba desquiciada, hurgando en la arena en busca de los fragmentos de prisma que le faltaban.

Está obsesionada con esa cosa… casi más que con resolver el misterio de su marido muerto.

―Pues por eso ―gruñó Raoul―. Esa maldita loca podría encontrarlo más rápido que nadie.

Mina frunció el ceño y se apartó la trenza hacia un lado. Todavía no habíamos tenido tiempo de contarle los detalles sobre el preocupante comportamiento de Penélope.

―¿Por qué sois tan crueles con esa pobre viuda? ―nos espetó, molesta―. ¿Es que no podéis mostrar un mínimo de compasión? ¡Acaba de perder a su compañero de vida! Ya me parece mal que Raoul diga esas cosas, ¿pero tú, Selena? ¡Eres una curandera! Esperaba más empatía de ti.

Abrí la boca para decirle que Penélope había hecho cosas sumamente turbias en los últimos días, pero Raoul me lanzó una mirada y sacudió la cabeza, señalando al comedor lleno con la barbilla.

Entendí el mensaje y me callé: nunca se sabía quién podía estar escuchando, y menos en un lugar público como ese.

Raoul cogió su mochila, abandonada sobre una silla vacía a su lado, y la abrió.

De ella extrajo la punta de flecha encontrada junto a Freddy, y la puso con cuidado sobre la servilleta blanca de algodón, cubriéndola un poco con la tela para que nadie más la viese.

Alargué la mano para cogerla al mismo tiempo que él, y nuestros dedos se rozaron con una descarga eléctrica.

Ambos nos apartamos de golpe, intercambiando una mirada incrédula: estaba segura de haber visto las chispas.

―¿Qué es esa cosa? ―preguntó Mina, ajena a nuestro pequeño percance.

Raoul apartó la vista de mí, tragó saliva y carraspeó un poco antes de contestar. Destapó un poco la pieza metálica, lo justo para que Mina pudiera apreciarla.

―Esta es la flecha que mató al marido de Penélope ―le dijo a Mina en voz baja, esforzándose por no mirarme―. Quería enseñártela. ¿Te dice algo?

Mina alargó la mano y tomó la punta de flecha con tan solo dos dedos, como si tuviera cuidado de romperla. Después se la acercó a los ojos, para verla mejor. Enarcó las cejas y le dio una vuelta; después otra. Su expresión era de absoluto desconcierto, aunque no dijo nada.

―¿Y bien? ―dijo Raoul, agachándose para poder mirarla a los ojos―. ¿Qué opinas? ¿Podría haber pertenecido a esos vampiros que te capturaron?

Mina sacudió la cabeza, todavía con cara de asombro.

―No… lo dudo, lo dudo mucho ―dijo―. Yo… no creo que esos vampiros mataran a Freddy. Estaban todos conmigo esa noche. Al menos, los que yo llegué a ver.

Alcé un dedo en el aire.

―A no ser que hubiera más ―apunté.

―Dijiste que querían usarte para controlar a los lobos ―añadió Raoul, cruzándose de brazos y separándose un poco de la mesa. Al hacerlo, su codo rozó mi antebrazo―. Lo lógico es pensar que estuvieran implicados en el asesinato de Freddy.

―Eso es cierto ―admitió Mina―. Pero parecían tener a alguien concreto en mente. Repitieron un nombre varias veces, y desde luego, no era el de Freddy.

―¿Recuerdas ese nombre?

Mina dejó su panecillo a un lado y se rascó la cabeza.

―Hmm, no. Estaba aturdida. Pero me volverá a la mente, tranquilos.

Le tomé la mano y se la apreté con cariño.

―No te preocupes. Lo importante es que tú estés bien.

―Gracias. ¿Os importa si me la quedo hasta esta tarde? ―preguntó Mina, tirando de la servilleta sobre la que descansaba la flecha―. Me gustaría hablar con mi abuela. Podría saber algo.

―¿Tu abuela? ―preguntó Raoul, escéptico.

―Mi abuela sabe mucho de simbología antigua. A lo mejor podría descubrir quién la forjó.

En ese momento, el teléfono de Mina vibró, bocabajo sobre la mesa. Le dio la vuelta y miró la pantalla con una leve sonrisa.

―¡Oh, vaya! Esto sí que no me lo esperaba.

―¿Quién es? ¿Tu abuela? ―pregunté esperanzada.

―No, no, qué va ―rio―, mi abuela es bruja, pero no tanto. Ni siquiera la he llamado todavía. ¡Es Penélope! Le escribí esta mañana para ver cómo estaba. Me preocupaba que estuviera triste y sola, y la invité a cenar con nosotros.

La miré, conteniendo la respiración. Nada me apetecía menos que sentarme junto a Penélope y mirar cómo devoraba toneladas de carne medio cruda durante toda la noche.

O quizás, nada a excepción de ver a Penélope salivando sobre un trozo de vidrio semitransparente junto a un río, mientras me echaba en cara los errores de mi pasado.

Raoul se dio cuenta de lo poco que me gustaba la idea y me puso una mano sobre el antebrazo, negando.

―De acuerdo. Que venga ―dijo antes de que yo pudiera protestar―. Tenemos que hablar con ella, de todos modos.

―Pues vas a poder hablar bastante… ―añadió Mina, algo desconcertada―: porque dice que acaba de reservar una habitación en este hotel, justo al lado de la nuestra.