Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 29
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Raoul

El campamento estaba despejado, pero aun así no me pareció seguro pasar allí otra noche más.

Ahora que por fin habíamos encontrado a Mina, era urgente que volviésemos al hotel.

Todos necesitábamos descansar, y a ella tenía que verla un médico.

También había que contactar a Teo para que me diera instrucciones sobre cómo proseguir con la misión.

De la loba salvaje no había rastro, pero mejor así: esa mujer no era de fiar, y sus reacciones eran demasiado imprevisibles.

A pesar de haber visto muchas escenas sangrientas en mi vida, todavía me atormentaba el recuerdo de cómo había despedazado a aquellos dos vampiros.

El todoterreno seguía aparcado en el mismo sitio, y me alegré de haber guardado yo las llaves.

Abrí las puertas y les pedí a ambas mujeres que subieran.

Mina se apoyó en el hombro de Selena, en el asiento trasero.

Luego cerró de inmediato los ojos. Ya de por sí era menuda, de una delgadez casi extrema, pero ahora se la veía consumida, magullada y claramente exhausta tras lo que le habían hecho esos malditos.

Odiaba tanto a los chupasangres.

Me senté en el asiento del conductor, me puse el cinturón y encendí los faros.

Arranqué el motor, giré el volante y comencé a conducir cuesta abajo por la pista forestal.

En ese instante, una figura se acercó corriendo hacia nosotros, agitando los brazos.

Pisé el freno para evitar atropellarla y detuve el vehículo en seco. Abrí la ventanilla y asomé la cabeza.

Penélope se acercaba al 4x4 corriendo, sucia y despeinada, en su forma humana.

―¡Esperadme! ―gritó, apoyando el cuerpo sobre el capó, con la cabeza gacha y los brazos extendidos, rogando―. ¡Por favor, no os vayáis sin mí!

Se le cayeron las gafas encima de la chapa y se las volvió a poner con torpeza. Después me miró suplicante a través de los cristales redondos de sus lentes. Confundido, me giré hacia los asientos traseros, lanzando una pregunta muda a mis dos acompañantes.

Ellas no habían visto a Penélope en su peor momento, ni tampoco habían estado ahí cuando estuvo a punto de saltar sobre mi cuello y hacerme pedazos.

―¿Qué hacemos? ―les pregunté, con una mano en la palanca de cambios y la otra en el volante. Si era preciso, estaba dispuesto a dar marcha atrás y apartarla de nuestro coche a la fuerza.

―No sé… ―murmuró Selena, mordiéndose las uñas―. Si vuelven esos vampiros… sería peligroso para ella, y supongo que no podemos dejarla aquí, sola en el bosque…

―Yo no me fío ―dije.

―Es una pobre mujer sola ―replicó Mina con voz débil―. Acaba de perder a su marido. Está conmocionada. ¿Cómo vamos a dejarla aquí, estáis locos o qué?

Selena y yo nos miramos, compartiendo un momento de mudo entendimiento. Mina no sabía nada todavía.

―Que se vaya andando ―decidí, y moví la palanca para hacer marchar atrás.

Sabía perfectamente que una distancia de varios kilómetros no sería un impedimento para Penélope en su forma canina. Solo tenía que transformarse y correr bajo la luna, y estaría en el pueblo mucho antes de que amaneciese.

―¿Es que no tenéis corazón? ―me espetó Mina, horrorizada.

Antes de que pudiéramos detenerla, Mina abrió la puerta y se bajó del coche a trompicones. Se acercó a Penélope, que seguía medio tumbada sobre el capó para impedir que continuásemos, y le dio un golpecito en el hombro.

―Anda, sube, Penny ―le dijo con voz dulce―. Menos mal que has regresado a tiempo. ¿Dónde te habías metido?

Penélope se irguió y le dedicó una sonrisa agradecida. Después me lanzó una mirada de súplica a través del cristal del parabrisas, agitando la cabeza con un gesto que parecía decir: “Puedo explicártelo”.

Resoplé, exasperado, y le abrí la puerta del copiloto desde dentro.

―Vamos ―dije, mirándola con suspicacia―. Pero a la mínima tontería te lanzo por la ventanilla, y no es una broma.

―Gracias ―respondió ella con voz queda.

Ninguno de los cuatro habló durante el breve viaje. Mina y Selena se durmieron, y Penélope se pasó el rato mirando por el cristal con aspecto compungido.

Miré el cielo a través de la ventanilla: la Madre Luna parecía llamarme; tentarme.

Hacía tiempo que no sentía aquel tirón tan fuerte, y la tenacidad de aquella atracción me espantó.

Pero sentía que, si cedía a sus encantos, se repetiría la escena con el jabalí.

La noche anterior había perdido la razón por completo y me había convertido en una bestia sanguinaria e incapaz de controlarme: una bestia no mucho mejor que Penélope.

Y eso era algo que no podía permitirme; menos aún ahora, con Selena y Mina a mi cargo.

Llegamos a nuestra primera parada y dejé a la loba en su hotel, en la misma localidad donde se alojaba el resto de su equipo.

Después conduje un par de kilómetros más hasta Aínsa, donde se encontraba nuestro alojamiento.

Aparqué en la puerta del hotel y ayudé a las dos mujeres a instalarse en su habitación.

Me aseguré de que tanto la puerta como las ventanas permitían echar el cerrojo por dentro, y les hice prometerme que no le abrirían a nadie que no fuese yo.

Después me retiré a mi dormitorio y marqué el número del jefe, a sabiendas de que me esperaba una fuerte reprimenda.