Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 28
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Selena

Las manos de Raoul, fuertes y gigantescas, tiraron de mí hasta sacarme del túnel. Me levantó en sus brazos y me apretó contra su pecho cubierto de sudor. Sollocé de alivio, abrazándolo con fuerza, y sus ojos dorados se empañaron por un instante.

―¡Gracias a la Madre Luna! ―musitó sin soltarme, acariciando mi cabeza con suma ternura.

Me besó el pelo mil veces. Olía a sudor y a bosque. Me costó un instante recobrar el habla después del susto, y él continuó:

―Cuando esa vampiresa entró ahí… yo… yo pensé que…

―Estoy bien ―respondí, apartándome un poco hacia atrás para verlo mejor. Después señalé hacia la cueva―. Pero Mina… Tenemos que sacarla del túnel. Está muy mal. Apenas puede moverse.

La hoguera casi se había consumido, e iluminaba el claro con una luz tenue y anaranjada.

Entre los dos ayudamos a Mina a arrastrarse hasta el exterior. Seguía desnuda, a duras penas cubierta por la manta. Su piel estaba sucia de barro y cubierta de cicatrices en diferentes estadios de curación.

Raoul la miró con la mandíbula apretada. Su labio inferior vibró en silencio, y señaló a los montones de cenizas humeantes a unos pasos de la hoguera agonizante. Lanzó una piedra dentro y las cenizas saltaron por los aires.

―Ahí los tienes ―dijo con voz temblorosa―. Me alegro de que esa loba salvaje los aniquilara. Después de hacerte esto se merecían morir, y ojalá hubieran sufrido más. ¡Malditas criaturas del infierno!

―¿Quién era? ―pregunté con cautela, aunque imaginaba la respuesta―. Esa loba… no me digas que era…

Raoul me miró, y sus ojos lo dijeron todo.

Sacudí la cabeza sin poder creerlo.

―Pensé que iba a matarme ―murmuré, frotando a Mina con la manta.

―Sí. Estuvo a punto de hacerlo ―respondió Raoul, acercándose a la hoguera para azuzarla un poco―. Y también a mí. No sé por qué motivo cambió de opinión en el último momento. Tendrías que haberla visto… parecía un demonio. Sus ojos no eran normales, era como si algo la controlase desde dentro.

Raoul avivó las llamas, y ayudé a Mina a situarse junto al fuego para que entrase en calor: estaba helada.

Raoul se quitó su chaqueta de ante y se la puso sobre los hombros.

Mina se subió la cremallera y permaneció sentada en el suelo, aturdida pero aliviada, con aquella enorme chaqueta marrón y la manta cubriéndole las piernas.

―No podemos quedarnos aquí mucho tiempo ―dijo Raoul, olisqueando los alrededores―. No me gusta este sitio. Podría haber más. ―Se agachó frente a Mina y la miró a los ojos―. ¿Recuerdas cuántos eran?

―Cuatro… ―respondió ella débilmente, haciendo memoria―. Creo que vi a cuatro. Tres hombres y una mujer. Aunque también los escuché hablar de un jefe, así que no estoy segura.

―Eso significa que todavía podría haber uno o dos más sueltos por el bosque ―apunté, preguntándome cómo iba a recorrer Mina el largo camino de vuelta en esas condiciones.

Raoul debió de leerme la mente, porque sus ojos viajaron hasta los pies descalzos de Mina y frunció el ceño.

―Bien. Tenemos dos opciones ―le dijo a Mina―. O bien te llevo a cuestas hasta el campamento, o te pones mis pantalones y mis zapatos y caminas tú sola ―dictaminó con voz completamente neutra.

Mina y yo nos miramos, dudando. En el fondo tenía razón: no podíamos pasar la noche frente a esa cueva, con el riesgo de que regresaran los vampiros que aún andaban sueltos.

―Yo… ―Mina titubeó, y me lanzó una mirada desesperada, pidiendo auxilio―. Preferiría caminar sola, pero…

―Bien. No se hable más ―respondió Raoul.

Acto seguido se desató las botas: unas botas tan grandes que podrían habernos servido como barcas, de haber tenido el río cerca. Se quitó también los calcetines, y lo dejó todo a un lado. Después rellenó la punta de su calzado con musgo seco y se lo entregó a Mina, que lo observaba petrificada.

Por si fuera poco, luego se desabrochó los pantalones y se los bajó, ante nuestras miradas azoradas.

Eran unos de esos pantalones color caqui con docenas de bolsillos, de material grueso y resistente.

Se los quitó con total indiferencia, dejando a la vista unos magníficos bóxers ajustados.

Ambas nos quedamos mirando como dos idiotas, pero él ni se inmutó.

―Bien. Póntelo todo ―dijo, cruzándose de brazos, como si no estuviera semidesnudo frente a dos mujeres que no paraban de espiar con disimulo el intrigante volumen que se ocultaba bajo su ropa interior.

Mina se levantó; viendo su cara, debió de costarle un gran esfuerzo. La ayudé a ponerse aquellos pantalones kilométricos. Era tan menuda que tuve que enrollar los bajos varias vueltas para que no los arrastrara por el suelo. Luego la ayudé con las botas, apretando los cordones tanto como pude.

Ese calzado era el doble de grande que sus pies y totalmente inadecuado para el empinado descenso que nos esperaba: aquello iba a ser una odisea.

Aunque, para ser sincera, a mí también iba a costarme aguantar todo el camino de regreso junto a ese hombre lobo atractivo, corpulento, y que, para colmo, solo llevaba puestos unos calzoncillos y una camiseta apretada que no dejaban mucho a la imaginación.

Al parecer, las leyendas acerca de los licántropos y su indiferencia ante la desnudez eran ciertas.

Y, a juzgar por lo que dejaba entrever la poca ropa que le quedaba, las otras leyendas también eran verdad.

―En marcha ―dijo Raoul, ajeno al revuelo que acababa de causar con su generoso gesto.

Se agachó un poco y pasó un brazo por debajo de las axilas de Mina para ayudarla a caminar.

―Venga. Vamos.

Mina dio un par de pasos de prueba y se desembarazó de su soporte.

―Puedo sola ―contestó, con las mejillas como dos semáforos en rojo.

Él se encogió de hombros y la dejó ir. Después cogió un palo grueso y afilado del suelo y se puso a liderar la marcha con paso marcial, usándolo como bastón. Cada dos pasos se giraba para asegurarse de que lo seguíamos, y luego continuaba.

Inspiré hondo. Iba a ser imposible concentrarme en no tropezar si mientras tanto tenía que observar ese trabajado trasero contraerse con cada paso justo delante de mí.

No, eso no iba a funcionar. Si esa situación continuaba unos minutos más, yo seguramente terminaría rodando montaña abajo y moriría desnucada. Lo cual habría sido una pena después de sobrevivir al túnel y a los vampiros.

Aceleré el paso, tirando de Mina.

―Es mejor si no nos separamos mucho ―le dije―. Ven, si vamos los tres juntos será más seguro.

Una vez al lado de Raoul, con sus nalgas fuera de mi vista, resultó mucho más fácil ignorar el hecho de que continuaba ahí, casi sin ropa. Él caminaba como si nada, sin importarle que sus pies descalzos pisaran el terreno helado y lleno de guijarros punzantes.

―¿Vamos al campamento? ―preguntó Mina, jadeando.

―Sí. Y luego al hotel; en el campamento ya no queda nadie.

Mina arrugó el ceño, y recordé que seguramente no sabía nada de lo de Freddy, porque ella había desaparecido antes de todo el revuelo.

―Los arqueólogos se han marchado ―expliqué sin dar detalles, para no estresarla más―. Penélope los envió a casa después de…

―¿Después de qué? ―preguntó, deteniéndose en seco.

Raoul y yo nos miramos, dudando. Ninguno dijo nada.

―¿Es que nadie me va a decir qué ha pasado? ―gritó enfurecida, cruzándose de brazos.

―Freddy apareció muerto la misma tarde que tú desapareciste ―dije lentamente, observando su reacción.

Mina abrió la boca, la cerró y después se puso completamente pálida.

―Freddy, ¿el marido de Penélope?

Asentí.

―Sí. El mismo. Y, por cierto, tampoco sabemos dónde está ella. ―Pensé que no era el mejor momento para dejar caer toda la historia sobre la pobre Mina, que a duras penas se tenía en pie―. Digamos que… no lo está llevando muy bien.

―No me extraña. ¡Por todos los Dioses, cuántas cosas horribles en tan pocos días!

Asentí con pesar y la tomé de la mano para ayudarla a continuar. Caminamos en silencio en la oscuridad, cada vez con mayor dificultad. La pendiente de bajada iba aumentando cuanto más nos acercábamos al campamento, y Mina parecía cada vez más agotada y sumida en sus pensamientos.

―No paro de preguntarme por qué los vampiros te eligieron a ti, de entre toda la gente que había en ese campamento ―dije, pensando en voz alta, mientras sorteaba unas ramas bajas―.

Hace tan solo unos días, había una docena de arqueólogos en este bosque.

Llevaban aquí varios meses, y nunca les sucedió nada.

¿Por qué decidieron secuestrarte justo a ti, pudiendo atrapar a cualquier humano ordinario con muchísima más facilidad?

Además, normalmente no eligen la sangre de bruja, si les das a elegir.

Mina se apartó para evitar ser golpeada por las ramas que yo acababa de apartar, y se sujetó el cinturón con ambas manos.

Los pantalones de Raoul le venían tan grandes que ni siquiera ajustando el cinturón en el último agujero conseguía que se sostuvieran más altos de sus caderas, y se le iban enganchando en todos los matorrales.

―En eso tienes razón ―respondió―. Conocían a la perfección la ubicación del campamento, e incluso sabían que el equipo buscaba el Prisma de Ordesa.

Desde luego, si me secuestraron no creo que fuera por mi sangre ―añadió, tomando una inspiración profunda y frotándose las marcas que todavía le manchaban la piel del cuello―.

Esto me lo hizo la mujer. Era la más sanguinaria.

Disfrutaba con sus “juegos,” como los llamaba ella.

Pero lo hacía para manipularme y para intentar conseguir cosas de mí.

―¿Qué cosas? ―pregunté.

―No estoy segura. Me hacían preguntas raras. Sobre mis poderes. Sobre las cosas que sabía hacer, y los animales que podía controlar. Me pedían que hiciera pequeñas demostraciones y, si me negaba, me castigaban.

Raoul emitió un gruñido bajo: nos había estado escuchando sin decir nada, y al girarme noté que sus hombros temblaban de furia. Mina continuó:

―No sé exactamente qué buscaban, pero estoy segura de que su objetivo no era usarme como alimento. Querían algo más. Creo que querían… mi magia.

―¿Tu magia? ―pregunté confundida.

La magia de Mina era un talento relativamente raro, que funcionaba tanto con animales vivos como con los espectros de algunos animales muertos, si se encontraban cerca y dispuestos a colaborar.

Era herencia de sus antepasados feéricos, o al menos eso decía ella.

Nunca quiso contarme la historia entera, pero al parecer, alguno de sus antepasados había hecho un pacto con las hadas muchos siglos atrás, otorgando a las mujeres de su familia un poder prodigioso sobre las criaturas de la naturaleza.

―¿Para qué iban a querer tu magia? ―pregunté, sin dar con ninguna respuesta lógica―. ¿A qué especie animal podrían querer controlar esos vampiros, y por qué?

Mina se apoyó en un árbol a recuperar el aliento. Entendí que no era un buen momento para hacerle tantas preguntas, y la sostuve de ambas manos para ayudarle a superar los últimos metros del descenso.

Poco a poco, la pendiente comenzó a disminuir, anunciando que el campamento no debía de quedar ya muy lejos.

Raoul levantó una mano y nos pidió que esperásemos unos pasos por detrás mientras él comprobaba que todo estuviera bien y no había ningún peligro oculto. Después se agachó, con los brazos colgando, y desapareció corriendo bajo los matorrales.

Al verlo así no era difícil imaginárselo como un lobo solitario, imponente y mortífero, capaz de despedazar a cualquier criatura solo con la fuerza de sus garras. A cualquier criatura, incluso a un…

―Un momento ―dije. Me giré hacia Mina, que parecía a punto de derrumbarse de agotamiento―. Claro…  ¡ya lo entiendo! Querían usar tu magia para controlar espíritus animales, pero no los de las criaturas del bosque corrientes.

Ella asintió, y después se acuclilló a descansar de nuevo. Incapaz de hablar más, me señaló con el dedo índice, corroborando que había dado en el clavo.

―¡Era eso! ―continué yo, viéndolo todo claro de pronto―. ¡Querían tu magia para controlar a los licántropos!