Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 27
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Selena

La batería del teléfono se agotó mucho antes de llegar a la salida.

La luz se extinguió, y Mina y yo nos quedamos a oscuras en medio del humo espeso.

Los tramos finales del túnel eran demasiado angostos para caminar la una junto a la otra, así que estiré una mano detrás de mí, agarré fuerte a mi amiga y le pedí que no me soltase y que no hablase para evitar tragar más humo.

Tras varios metros avanzando a ciegas por el túnel más largo, llegamos hasta la cueva intermedia.

Recordaba que había varias bifurcaciones; si me equivocaba de camino, estábamos perdidas.

Examiné el suelo con cuidado, buscando mis propias huellas en el barro húmedo.

Reconocí los surcos dejados por las suelas de mis botas de montaña, con su característico patrón en zigzag.

―Por aquí ―declaré, tirando de Mina.

―¿Estás segura? ―preguntó con voz afónica.

Se puso a toser y esperé a que se le pasara. Luego asentí y recé por haber elegido el camino correcto. El túnel se fue volviendo más bajo y angosto, hasta que no tuvimos más remedio que reptar por él. Mina, detrás de mí, jadeaba por el agotamiento y la falta de aire.

―Tranquila ―le dije, sonando más convencida de lo que estaba en realidad―, cógeme del pie y no te sueltes. Recuerdo el camino perfectamente. Este tramo es muy estrecho, pero eso es una buena señal. La salida debe de estar muy cerca.

Entonces Mina gritó, y su mano se desprendió de mi pantalón.

Alcé la cabeza, asustada, y al hacerlo me golpeé contra el bajo techo de piedra. Una fina lluvia de tierra y polvo me cubrió, y me limpié la cara con las manos en la absoluta oscuridad.

―¿Mina? ¿Estás bien? ―pregunté, incapaz de alcanzarla por el estrecho conducto.

―Se me ha enganchado el pie en algo. Creo que es una raíz ―gimió.

―¿Puedes dar un tirón y romperla?

―Lo estoy intentando, pero no tengo fuerzas ―lloriqueó entre toses―. No puedo más, Selena.

―Por favor, Mina. ¡Aguanta! Solo un poco más. Ya casi llegamos.

Me abstuve de decirle que ni siquiera sabía qué, o quién, nos esperaba fuera.

Quizás la hoguera sellaba la entrada, o algún vampiro aguardaba sediento de sangre.

Quizás me había equivocado de túnel.

Pero explicarle todo eso no habría ayudado para nada.

Escuché a Mina gruñir del esfuerzo, y un suave chasquido resonó en el oscuro túnel.

―¡Lo he conseguido! ―dijo débilmente―. Pero creo que la tierra ha bloqueado el camino detrás de nosotras. ¿Falta mucho, Selena?

―Nada. Cinco minutos… ―contesté, y escuchándola gemir más fuerte me corregí―: ¡Solo un minuto! Sobre todo, no me sueltes, ¿entendido? Ven… te cantaré una canción para que sepas que sigo aquí, aunque no me veas.

Me puse a cantar la misma tonadilla que solía cantarme mi madre cuando íbamos a coger setas o bayas al bosque.

Siempre me pedía que cantáramos la misma, a una voz, para evitar perdernos.

Así podíamos separarnos e ir cada una por su lado.

Eso la mantenía tranquila. Hacía mucho desde la última vez que fui con mi madre al bosque, pero yo todavía la usaba para calmarme:

«En el bosque oculto, al caer la oscuridad,

Juntas entonamos, un antiguo cantar.

Guardianas del secreto, en la noche sin final,

Con el viento como eco, nuestro deber vital.

Bajo el manto estrellado, la luna nos guiará,

Con cánticos antiguos, el destino sellará.

Con la magia ancestral, cumplimos con amor,

El legado sagrado, que es nuestro resplandor.»

Un atisbo de luz amarillenta se adivinó al fondo del túnel, y suspiré de alivio.

―Hemos llegado ―le susurré a Mina―. Ahora debemos guardar silencio. Saldré yo primero y me aseguraré de que los vampiros se han marchado. Si es seguro, te avisaré. Si no, quédate ahí hasta que te llame, ¿de acuerdo?

Mina me tiró dos veces del pantalón en respuesta, mientras el aire silbaba al salir de sus pulmones llenos de humo.

Tanteé el suelo exterior con una mano, y después con la otra.

Solo noté hierba húmeda. El fuego crepitaba, aunque no parecía haber llegado todavía hasta la abertura.

Aparte de las llamas no se escuchaba nada, y aquel silencio tenso me inquietó.

Pero la posibilidad de permanecer enterrada para siempre en aquel túnel claustrofóbico era todavía menos atractiva.

Con el máximo sigilo, asomé la cabeza a través de la abertura, parpadeando para que mis ojos se acostumbrasen a la claridad de la luna.

Unos ojos amarillos, enormes y brillantes me miraron fijamente desde el otro lado.

Bajo esos ojos, unos enormes colmillos chorreaban una espesa mezcla de sangre y saliva, que goteaba lentamente sobre el mantillo boscoso.

Junto a la criatura humeaba una pila de cenizas y materia sanguinolenta.

Sentí que se me detenía el corazón, y permanecí inmóvil, esperando la reacción de la bestia.

Era imposible recular por aquel túnel tan estrecho y semiderrumbado; más aún, con Mina detrás. Quise alertar a mi amiga, pero sabía que, si emitía cualquier sonido, delataría su presencia y la condenaría a ella también.

La bestia se agachó para coger carrerilla, con los músculos tensos y temblando del esfuerzo.

Gruñó y después aulló a la luna.

Cerré los ojos, esperando el impacto, pero este nunca llegó.

Cuando volví a abrirlos, solo vi la cola del gigantesco animal mientras desaparecía, trastornado, entre la espesura.