26
Raoul
La vampiresa se me escapó y se coló por la oquedad de la cueva; no pude hacer nada para impedirlo, porque los otros dos me atacaron a la vez.
Los vampiros me habían acorralado contra la pared de roca, y uno de ellos sostenía un tronco gigantesco contra mi cuello.
Me costaba pensar bajo presión; aun así, me esforcé por calcular las posibles estrategias: la primera opción era empujar el tronco con todo mi peso y quitarme de encima al agresor más joven.
Eso no era muy difícil, pero tendría que encontrar la manera de abatir al otro al mismo tiempo.
Eso ya era más complicado, porque esos energúmenos se movían demasiado rápido, volvían a levantarse deprisa y tenían dientes y garras sumamente afilados.
Había una segunda opción, pero habría necesitado al menos unos segundos y ponerme a cuatro patas para conseguirlo.
―¿Podéis solo contra él, don Armando? ―escupió el vampiro más viejo con una sonrisa engreída.
Si hubiera podido, le habría arrancado la sonrisa, o mejor aún, la mejilla entera, de un solo mordisco.
El vampiro más joven asintió, apretándome el tronco contra el cuello tan fuerte que me mareé. Tensé todos mis músculos, preparándome para el ataque. Sentí las venas de mi cuello hincharse por el esfuerzo. El otro, tan tranquilo, continuó:
―Don Armando, acabad con este apestoso y apagad el fuego, que yo regreso a la cueva. Alguien tiene que vigilar a doña Virginia… es muy capaz de malograr a la bruja, y así de poco nos serviría.
Maldición .
Estaba asfixiándome, y mientras tanto se me iba a escapar otro chupasangre. No podía permitirlo. Si ese vampiro entraba en la cueva, era imposible que Selena pudiera con los dos y escapase sana y salva del agujero.
Aquel pensamiento fue suficiente para darme las fuerzas que me faltaban. Con un gruñido gutural, empujé el tronco con ambos brazos. Me liberé del vampiro joven, y este cayó rodando por la hierba, a meros centímetros del fuego.
Quise lanzarlo a las llamas, pero el otro fue más rápido. Se lanzó sobre mi espalda y me asestó un mordisco en el cuello mientras intentaba estrangularme. Aullé de dolor, sacudiéndomelo de encima. El otro se levantó y se lanzó a la carga también, tratando de desgarrarme el pecho con sus zarpas.
El dolor me nubló la vista, y me asaltó el pensamiento de que jamás saldría vivo de ese claro en el bosque.
Pensé en Selena, y en que no volvería a verla.
Di golpes a diestro y siniestro, tratando de bloquear los ataques, que volaban desde ambos lados.
No podrá sola. No sobrevivirá.
Rugí, desesperado por liberarme de aquellas viciosas sanguijuelas.
Aullé de nuevo de pura frustración, sin poder ver por la sangre y el dolor, que me habían vuelto la vista borrosa.
De pronto, una de las sanguijuelas cayó al suelo, con el cuello chorreando sangre. Una bestia furiosa y enorme saltó sobre él y comenzó a despedazarlo. El otro, enfurecido, trató de atacar al enorme animal, pero el recién llegado se movía demasiado rápido.
Aprovechando la indecisión del vampiro joven, alargué el brazo para recoger la rama más afilada que vi y lo atravesé con ella en pleno plexo solar.
Ambos vampiros cayeron, inertes, y comenzaron a descomponerse a una velocidad imposible y convirtiéndose en los montones de polvo que habrían sido a su edad, de no ser inmortales.
Me quedé inmóvil, sentado sobre los codos y jadeando. Estaba cara a cara con la bestia, que rezumaba espuma por las comisuras del hocico.
Soltó un gruñido bajo y agresivo.
No contesté enseguida. En vez de eso, lo estudié detenidamente, sin moverme un milímetro.
Era otro lobo, pero no de mi manada.
Reconocí su olor, pero ella no parecía saber quién era yo. Sus ojos estaban nublados por la furia; sedientos de sangre y desencajados.
―Quieta… ―murmuré quedamente, alzando los brazos frente a mí, muy despacio.
Hice amago de incorporarme y la loba gruñó más fuerte, mostrándome sus colmillos teñidos de rojo.
Alcé las manos sobre la cabeza, en señal de tregua.
Para entonces, de los vampiros no quedaba más que una montaña de cenizas grises, que se fueron volando con el viento.
La loba abrió sus fauces ensangrentadas todavía más, retándome. Su pelaje era oscuro, ligeramente ondulado en torno a las orejas. Tenía el vello de la espalda cada vez más erizado, y comenzó a caminar de un lado a otro, irritada.
Daba un paso hacia mí; dudaba y saltaba hacia atrás. Lo repitió varias veces hasta que se detuvo y se sentó sobre los cuartos traseros. Luego ladeó la cabeza, con la vista fija en la cueva, y prestó atención a los sonidos que provenían de ella. A través de la abertura se oían voces y pasos.
Tragué saliva, barajando miles de posibilidades que pasaron a cámara rápida por mi cerebro.
La loba se agachó, preparándose para saltar: era difícil saber si se abalanzaría sobre mí primero o sobre el que saliese de la cueva.
Si era un vampiro, estaría muerto al instante.
Si era Selena… no quise pensar en esa opción.
Las voces se acercaron, y una mano salió del agujero. Alguien se arrastraba por el túnel y tanteó hierba desde el interior.
La loba emitió un gruñido bajo.
Y, entonces, saltó.
Penélope había perdido la cabeza por completo, y estaba decidida a matarnos a todos.