Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 25 #2
33%

25 #2

La vampiresa emitió un espantoso sonido gutural y se lanzó sobre la garganta de Raoul, quien le interpuso el codo justo a tiempo. Con el otro brazo intentó estrangularla, pero el vampiro joven regresó a la carga. A sus pies, Baldomero comenzaba a moverse de nuevo, recuperando el conocimiento.

Me puse en pie de un salto, saliendo de mi guarida, y me lancé al interior de la cueva sin mirar atrás. Me arrastré a gatas por el primer tramo, que era oscuro, estrecho y claustrofóbico. Dentro, la penumbra era casi total.

Encendí mi teléfono para iluminar el camino, y comprendí que la batería no duraría mucho.

Unos metros más adelante, el túnel se abrió en una cueva más amplia, donde pude ponerme en pie de nuevo.

Ante mí se abrieron tres galerías de tamaño parecido, de cuyo techo colgaban pequeñas estalactitas.

Estudié las pisadas dejadas por los vampiros en el suelo de tierra durante sus idas y venidas.

La mayoría de ellas iban hacia la tercera oquedad; además, entre estas se observaba una línea continua, la misma que Penélope había advertido fuera y que podría haber sido causada al arrastrar a una persona inconsciente por los pies.

Me adentré en el siguiente túnel y seguí caminando, siempre hacia delante. Por un instante, me pareció escuchar pisadas que me seguían, pero desaparecieron enseguida.

El túnel era tan largo que empecé a pensar que había sido un error entrar.

Cuando estaba a punto de regresar sobre mis pasos, un soplo de aire más cálido me indicó que había un espacio más amplio al otro lado.

Segundos más tarde percibí una luz lejana que parpadeaba.

Giré una esquina y apareció ante mí una pequeña caverna iluminada.

El espacio era casi circular, con el techo abovedado y repleto de estalactitas blancuzcas.

En su centro había un círculo de cirios encendidos; algunos se habían extinguido, y el olor a velas apagadas inundaba el aire viciado.

En medio de este, una figura reposaba cubierta por una sencilla manta.

Bajo el material se apreciaba su postura, con los brazos y piernas abiertos como el Hombre de Vitruvio.

―¡Mina! ―exclamé, llevándome las manos a la boca al verla.

Ella no contestó: parecía estar inconsciente; alguien debió de dejarla en esa postura a propósito. Miré a un lado y a otro, pero no vi a nadie más. Di un paso hacia el círculo de velas, temerosa de cruzarlo por si lo guardaba algún hechizo de magia negra.

―¡Mina, soy yo! ¿Qué te han hecho? ―pregunté desde fuera del círculo―. ¿Puedes oírme?

Mina volvió un poco en sí, abrió los ojos y sacudió la cabeza débilmente. Al hacerlo, quedó al descubierto su cuello, en el que se apreciaban varias mordeduras amoratadas. De una de ellas todavía chorreaba un hilillo de sangre. Se encogió en un ovillo, y noté que estaba amordazada.

―¿Es seguro entrar? ―le pregunté, de pie en el borde del círculo y retorciéndome las manos.

Mina asintió y murmuró algo tras la mordaza, como si aquello requiriera un esfuerzo sobrehumano. Luego volvió a dejar caer la cabeza sobre el suelo, estrellándose contra la superficie de tierra compactada con un ruido sordo.

Puse un pie al otro lado del círculo mágico, y luego el otro.

No sucedió nada.

Exhalé, sintiendo el olor a humo cada vez más intenso que llegaba a través del túnel: un olor que venía de fuera y era muy distinto al de las velas que aún ardían en la cueva.

―Tenemos que salir de aquí, Mina ―dije, quitándole la mordaza.

Luego le tiré del brazo para que se levantase.

Al hacerlo, la manta se deslizó a un lado, dejando ver su costado: estaba completamente desnuda. Tragué saliva, horrorizada, y aparté la manta por completo para observar mejor qué le habían hecho.

Su cuerpo entero estaba cubierto de mordeduras, particularmente en los muslos, la cara interior de los brazos y los pechos.

Las heridas supuraban, infectadas, y mostraba una dolorosa hinchazón en uno de los senos.

Aquellos abominables vampiros ni siquiera habían usado su capacidad de curar las mordeduras tras beber su sangre; normalmente lo hacían para disimular sus actos antes de dejar libre a la presa.

No curar las mordeduras solo podía significar una cosa: que no planeaban soltar a su víctima con vida.

Malditas criaturas depravadas.

Un instinto casi maternal de protegerla me sobrecogió: si los hubiera tenido delante, habría hecho cualquier cosa por darles su merecido.

Tomé aire, comprendiendo que era imposible que Mina saliese de allí por su propio pie en aquel estado.

Tendría que sanarla antes, pero no estaba segura de que Raoul pudiera guardar la entrada durante el tiempo suficiente para que yo pudiera llevar a cabo mi ritual, o de que no nos ahogásemos antes ahí dentro a causa del humo.

―Al diablo ―murmuré, y me arrodillé junto a mi amiga.

Extendí los brazos sobre su cuerpo magullado e inspiré hondo, apretando los párpados e ignorando el creciente hedor a humo que estaba volviendo el aire espeso e irrespirable.

Me concentré en buscar una fuente de energía pura y celestial, tal y como mi madre me había enseñado, y la canalicé hacia mi amiga.

En el ojo de mi mente visualicé un chorro de luz azul y dorada, que bajaba desde el cielo y la bañaba por completo. Mantuve los brazos levitando sobre Mina, sin abrir los ojos, hasta que la escuché tragar aire súbitamente, como si acabase de despertar de una pesadilla.

Abrí los ojos: donde antes su piel había estado cubierta de pus y costras, las heridas estaban prácticamente curadas, y la hinchazón se había rebajado hasta volverse casi imperceptible. Mina se incorporó, aturdida, y se cubrió un poco con la manta, ajustándola sobre sus hombros como una capa.

―¡Selena! ¡Me has encontrado! ―dijo, abrazándome con lágrimas en los ojos―. Pensé que era imposible. Estaba segura de que me daríais por muerta o desaparecida.

―¿Estás loca? Nunca me habría marchado de aquí hasta encontrarte.

La apreté fuerte contra mí y luego anudé las puntas de la manta sobre sus hombros para que hiciera las veces de túnica.

―¿Cómo estás? ―pregunté―. ¿Podrás llegar sola hasta la salida?

Estiró los brazos y flexionó las muñecas con cara de sorpresa.

―Estoy… bastante mejor ―dijo asintiendo. Se puso de rodillas, y al hacerlo una mueca de dolor cruzó su rostro―. Bueno. Me duele todo, pero al menos ahora puedo caminar. ¿Está muy lejos la salida? No recuerdo cómo me trajeron hasta aquí.

―No os preocupéis, mi querida, pues jamás volveréis a necesitar ese recuerdo ―dijo una voz femenina a nuestras espaldas.

Me di la vuelta, horrorizada.

Doña Virginia me había seguido hasta la cueva. Había aparecido de la nada, con el absoluto sigilo propio de una vampiresa.

La mujer nos mostró los larguísimos colmillos, con los ojos desorbitados.

―¡Jovenzuelas desvergonzadas! ¿Cuál será la primera, decidme?

Mina se puso en pie en el centro del círculo y alzó el puño hacia el techo de la cueva.

― Vespertilionum Profunditatum ―gritó, ahora que estaba libre de la mordaza, y su voz tronó a través de los túneles.

En un instante, bandadas enteras de murciélagos invadieron el espacio y se lanzaron sobre la vampiresa, abatiéndola a mordiscos. Una nube negra de criaturas aladas la rodeó, hasta que se derrumbó entre gritos horripilantes y su cuerpo comenzó a desintegrarse ante nuestros ojos.

Mina y yo, agazapadas en un rincón, observamos la escena cogidas de la mano y conteniendo el aliento.

El aleteo menguó, y las criaturas negras comenzaron a dispersarse, dejando ver lo que había debajo.

Virginia, la aterradora vampiresa rubia, estaba muerta, y de ella no quedaba más que un montón de cenizas grises y humeantes.

Los murciélagos se diseminaron por todos los resquicios, hasta que el único vestigio de su presencia fue el parpadeo de las llamas de las velas.

―Vamos ―dije, tomando a Mina de la mano y caminando rápidamente hacia la salida―. Eso ha sido… perturbador, por cierto.

Mina sonrió débilmente y me apretó la mano con afecto. Luego se esforzó por arrastrar los pies tras de mí, jadeando.

―¡Selena! ―gimió―. No puedo ir tan deprisa. El hechizo me ha agotado.

Claro. Qué tonta había sido.

Iba a contestar, pero el humo se me metió en los pulmones y un ataque de tos me impidió hablar.

―No te preocupes, Mina ―la tranquilicé entre toses, encendiendo la linterna del teléfono para adentrarme en el primer túnel―. Iremos a tu ritmo.

Mina se apoyó en mi hombro y comenzamos a avanzar juntas por la primera galería, que era la más larga de todos. Jadeábamos por el humo y el agotamiento.

Cuando estábamos aproximadamente a mitad de camino, un mensaje apareció en la pantalla de mi móvil: «Batería baja. El aparato se apagará en 30… 29… 28…».

―Oye… ―le dije, observando la cuenta atrás con creciente preocupación―. No tendrás por casualidad tu teléfono por ahí, ¿verdad?

―No, ¿por? ―respondió ella, respirando con dificultad.

―Por nada, no te preocupes… ―mentí, mordiéndome el labio inferior.

Me cubrí la nariz y la boca con la tela de la chaqueta, y luego tragué saliva: no deseaba alterarla más de lo necesario. Ya había sufrido bastante.

Pero en algún momento tendría que confesarle que no había manera humana de que pudiéramos salir de esa cueva en menos de veinte segundos, y no estaba segura de cuánto tiempo más podríamos seguir respirando con ese humo en el aire.