25
Selena
No cabía duda.
Aquellos eran los gritos ahogados de una mujer amordazada, y la voz, aunque débil, era inconfundible.
Un crujir de hojas se oyó en la distancia, y Raoul se quedó inmóvil, en cuclillas.
Se chupó el dedo índice y lo alzó para comprobar la dirección del viento.
Luego comenzó a deslizarse hacia la cueva; solo un ligero gruñido delató su creciente inquietud.
Hizo un gesto para que esperase quieta donde estaba; yo lo miré y asentí.
Haría lo que fuera por rescatar a mi amiga de ese agujero.
―Hay que sacarla de ahí ―musité, agarrando un palo grueso del suelo. Al pensar en los gemidos ahogados de Mina, mis dedos se crisparon en torno al báculo improvisado.
―Tengo un plan ―respondió él con absoluta calma.
―¿Qué hacemos con Penélope? ¿No deberíamos esperarla?
Raoul dudó por un instante antes de hablar.
―¿Crees que sería de ayuda?
Dudé.
―No lo sé ―respondí―. Es bastante imprevisible.
―Exacto ―dijo, sin dejar de avanzar con sigilo.
Me hizo un gesto para que lo siguiera por un estrecho camino empinado que rodeaba la cueva por detrás.
Llegamos hasta el borde de la espesura, a unos pasos de la oquedad en la roca. Desde allí, los gritos apagados de Mina se escuchaban con total claridad: era ella, y estaba sufriendo.
Escuchar su voz de nuevo me provocó un nudo en el estómago. No sabía si alegrarme de haberla encontrado, o preocuparme por haberla encontrado allí .
Pero al menos estaba viva.
Aunque, si Penélope estaba en lo cierto, aquella cueva podía estar plagada de vampiros, y ni siquiera sabíamos cuántos eran.
Señalé la roca que cubría la entrada y le hice un gesto a Raoul en señal de pregunta. Raoul dudó un instante y luego negó con la cabeza. Seguramente habría podido apartar la piedra, pero el ruido los habría alertado de nuestra presencia.
―La mochila ―musitó―. ¿Dónde la tienes?
Señalé con la barbilla hacia el lugar donde habíamos estado montando guardia.
―La dejé en el escondite ―dije.
―No te muevas de ahí ―respondió, asintiendo―. Vuelvo enseguida.
Me agazapé entre las ramas, tan quieta como pude, y mientras tanto aproveché para entonar en voz baja un cántico de protección dirigido a Mina, dondequiera que estuviese.
Su voz se escuchaba lejana, con eco y cada vez con menor frecuencia.
Además de la suya, escuché algunas voces más: había un hombre y una mujer, por lo menos.
La cueva parecía ser profunda y amortiguaba el sonido, dejándolo pasar solo a ratos y distorsionado, como si lo trajera el viento a través de varios túneles y bifurcaciones.
A los pocos minutos regresó Raoul, llevando mi mochila, una caja de cerillas y un puñado de ramas secas entre los brazos. Casi se me saltaron los ojos de las órbitas al verlo y adivinar lo que planeaba.
―¿Estás loco? ―le espeté, adivinando sus intenciones―. ¿Es que quieres asar a Mina viva?
Raoul exhaló, agitando la cabeza.
―No. Pero es la única manera de obligarlos a salir. Haré una hoguera y los esperaremos junto a la abertura. Iremos eliminándolos uno a uno, según vayan saliendo.
―Es una locura.
―¿Se te ocurre algo mejor?
Me mordí el labio, admitiendo con mi silencio que no tenía ninguna idea alternativa. En el fondo, Raoul tenía razón: entrar ahí a ciegas y enfrentarnos con un número indefinido de vampiros habría sido un auténtico suicidio. Era mejor hacer que saliesen ellos.
Deseé que estuviera allí Naomi, cuya magia era mucho más útil: con su telekinesis habría sido capaz de mover esa roca, o incluso lanzar proyectiles contra los enemigos. Mis dones curativos eran prácticamente inservibles en casos así.
«O en la mayoría de los casos», pensé sin darme cuenta. Aquel pensamiento me atormentaba, sobre todo en momentos así.
―Está bien ―dije, exhalando―. ¿Cómo lo hacemos?
Raoul dio un paso al frente, comprobando que no hubiera nadie cerca, y apiló las ramas frente a la entrada de la cueva. La oquedad era lo suficientemente grande para que una persona pudiera salir a gatas, pero no mucho más.
―Encenderemos el fuego y yo me pondré ahí ―dijo, señalando el lado izquierdo de la gruta―. Empujaré la roca para que tengan que pasar por mi lado. Tú encárgate de que las llamas no se descontrolen.
―¿Y eso cómo se supone que lo hago?
―No lo sé, ¿no dijiste que eras bruja? ―Señaló unas rocas caídas cerca de la entrada―. Por si acaso, pondremos unas cuantas piedras en el lado que da a los árboles. No queremos provocar un incendio. Busca algo más para ahogar el fuego si se nos va de las manos.
Aquel plan no me gustaba en absoluto, e iba contra todas las enseñanzas que había recibido de mi madre acerca de cómo comportarse en un bosque de manera segura y civilizada.
Pero no se me ocurría nada mejor, así que acepté a hacer lo que me decía.
Revolví la mochila y abrí el libro de hechizos en busca de algo que pudiera servirme.
Lo más parecido que encontré fue un encantamiento titulado «Llamar a la lluvia»: según las anotaciones de mi madre, era muy útil para salvar los cultivos en casos de sequía.
Entre Raoul y yo creamos un círculo de piedras junto al acceso a la cueva, eligiendo las más limpias y grandes.
Después, prendió un manojo de hierba seca y lo acercó a la pequeña pila de leña que habíamos creado en el centro.
En unos instantes, unas largas lenguas de fuego se alzaron frente a las rocas.
Para entonces, a Raoul le caían chorros de sudor por la frente.
Se quitó la chaqueta marrón de ante, la dobló y la dejó a un lado, quedándose en camiseta.
Luego se agachó frente a la piedra que hacía las veces de puerta y extendió los brazos para moverla.
Los músculos de su espalda se tensaron, marcándose a través del fino tejido húmedo.
Lo observé atónita mientras la roca cedía sin grandes dificultades.
El humo había comenzado a levantarse, y pronto la brisa lo dirigió al interior de la cueva. Raoul me miró y alzó el pulgar; yo asentí en respuesta.
Me agazapé entre los matorrales a un lado de la entrada, sujetando mi báculo.
Él desapareció en un escondite al otro lado, llevándose un manojo de ramas afiladas en la mano.
Los gritos no tardaron en oírse desde el interior, cada vez más cercanos e inquietos.
Al poco rato, dos cuervos negros salieron disparados por la oquedad, seguidos por otro un poco más pequeño.
Revolotearon en círculos sobre la hoguera, sin vernos.
Descendieron hasta el suelo y desaparecieron en una nube de humo por un instante.
Cuando el humo se desvaneció, aparecieron en su lugar dos hombres altos, delgados y de tez grisácea, y una mujer rubia de pelo rizado, a quien todavía le chorreaba sangre por la comisura de los labios.
―Acá hay alguien ―gruñó el hombre más alto en un castellano que sonó anticuado y extraño, mientras olisqueaba el aire.
Cerré los ojos y repetí una y otra vez el hechizo para ocultar nuestro olor, rogando que funcionase.
―Vos ―ordenó el vampiro a su compañero―.
Apagad eso. ―El otro asintió y dio un par de pasos hacia los árboles, en dirección opuesta a nosotros.
Suspiré con alivio. Luego, el vampiro continuó, girándose hacia la mujer―: Doña Virginia, acompañadme.
Vayamos a buscar al cretino que nos ha dejado este presente en la puerta.
La vampiresa torció el labio, molesta.
―Son solo necios humanos, haciendo una hoguera para calentarse ―espetó la mujer, limpiándose la sangre del rostro con el dorso de la mano―. Humildes buscadores y serranos, nada más. Nos servirán de tentempié, pero no necesitamos ir dos para eso. Tengo otros menesteres que resolver ahí dentro.
―Doña Virginia… ―repitió el que parecía ser el líder, esta vez con un tono colérico que se alzó por encima del crepitar de las llamas―, sé perfectamente a qué menesteres os referís, y no confío en vos, en absoluto, mujer.
Ayer ya estuvisteis al límite de desangrar a esa hechicera hasta la muerte.
Y la requerimos con vida, ¿es entendido?
Los hombros de la vampiresa, que vestía un corpiño sin mangas de satén bordado en oro, temblaron en una risa ahogada.
Apreté la mandíbula, deseando poder saltar de mi agujero y estrangularla con mis propias manos, pero era consciente de que eso habría sido un suicidio.
Me pregunté por qué Raoul tardaba tanto en salir y atacarles, y empecé a ponerme nerviosa.
―Siempre aderezáis tan bien vuestras historias, don Baldomero… la amplificación es vuestro don ―replicó la mujer con ironía―. Pero me regocijáis con vuestra chirigota, amado mío. No en vano llevo tres siglos tolerando vuestro mal humor…
El vampiro de aspecto más joven regresó cargando una rama, probablemente tan pesada como él mismo, y se puso a golpear las crecientes llamas en un intento de ahogarlas.
En ese momento fue como si el infierno se desatara de golpe.
Raoul le asestó un golpe en la cabeza con una piedra a Baldomero, el vampiro más viejo.
Este cayó al suelo, aturdido y fuera de combate.
La mujer, al ver aquello, abrió la boca dejando ver sus enormes colmillos ensangrentados.
Luego resopló y sacó las garras, lanzándose sobre Raoul, que rodó por el suelo hasta deshacerse de ella.
Entretanto, el otro vampiro más joven se apartó del fuego e intentó golpear a Raoul en la espalda con el tronco que cargaba.
Raoul esquivó el golpe por un centímetro, y acertó a desarmar al otro de una patada.
Se puso en pie de un salto y noqueó a la mujer de un puñetazo, rotando sobre sí mismo con las tres ramas afiladas en la mano.
No podía más. Tenía que hacer algo, o iban a acabar con él: eran tres contra uno.
―¡Entra en la cueva! ¡Rápido! ―gritó Raoul, girándose hacia mí y señalando hacia el agujero. Se agachó para esquivar otro golpe―. No podré contenerlos mucho más tiempo.
Dudé entre unirme a la pelea o correr en busca de Mina.