24
Selena
El cielo se tornó violáceo y la oscuridad cayó lentamente, pero en el bosque no hubo movimiento alguno.
Sin quererlo, se me escapó un bostezo, y me apoyé un poco en el costado de Raoul, cuyo cuerpo siempre despedía mucho más calor que el de cualquier persona que hubiera conocido antes.
Sin saber cómo, empezamos a acercarnos paulatinamente.
Temía moverme bruscamente, porque quizás eso le hiciera darse cuenta de cuántos centímetros de nuestros cuerpos se estaban tocando en ese instante.
Y, sinceramente, me gustaba su olor y su cercanía.
Su calidez me daba sensación de solidez y seguridad, y lo hacía todo mucho más llevadero.
Llevábamos un buen rato agazapados en ese mismo sitio, completamente alerta, y hasta el momento no habíamos escuchado ni un paso, ni un aleteo, ni tampoco voces o gritos que delataran la presencia de algún prisionero en la cueva.
Nuestros ánimos comenzaban a decaer, y cada vez parecía más claro que aquel agujero en la roca era solo eso: una simple oquedad insignificante, sobre la cual alguien había dejado caer una piedra y después se había marchado.
Aparte de eso, cuanto más oscurecía, más inquieta se mostraba Penélope.
Se revolvía en el sitio como un animal enjaulado, haciendo movimientos breves y bruscos que disimulaba después con un golpe de tos, o rascándose al estilo canino.
Cuando la luna se elevó en el cielo, la mujer comenzó a gruñir en voz baja, olfateando el aire.
Raoul le lanzó una mirada severa, pidiéndole silencio.
Sin embargo, Penélope no podía parar, y llegó un momento en que no pude soportar más su actitud.
―¿Se puede saber qué te pasa? ―le susurré, conteniendo mi impaciencia.
Penélope exhaló con los ojos cerrados y se relamió los labios.
―Demasiados olores… ―respondió con un gruñido bajo―. Tengo hambre.
―Pero si acabas de zamparte las tres últimas rosquillas…
―No es hambre de eso.
La mujer le lanzó una mirada cómplice a Raoul, y este respondió con el labio fruncido en un gesto de impotencia.
―No es un buen momento, Penélope ―declaró.
―Tú también tienes ganas. Admítelo ―replicó ella, poniéndose a cuatro patas y mostrando los dientes.
―Penélope, por favor, contente ―musitó Raoul, retorciéndose las manos.
―El bosque me llama, igual que a ti ―insistió ella con voz ronca―. Si a ti te da igual, deja que vaya yo al menos. Solo será un momento. Una hora como mucho. No puedo aguantar ni un minuto más.
Se le escapó otro gruñido feral, y Raoul apartó la vista, azorado.
―Es mala idea ―replicó él.
Permanecieron así un momento, casi sin pestañear, en un curioso duelo de miradas.
Cansada de soportar a Penélope, que no paraba de agitarse como si tuviera pulgas, meneé la mano en el aire, justo entre los dos y puse fin a su combate silencioso.
―Eh, vosotros dos ―dije, mirándolos alternativamente―. Dejadlo ya, ¿vale? ―Luego me giré hacia Raoul y señalé a Penélope―. Que se vaya un rato si quiere. Podemos vigilar la cueva solos. De todos modos, parece que aquí no hay nadie.
―Sigo pensando que es una mala idea, pero…
Antes de que Raoul pudiera terminar la frase, Penélope ya había echado a correr hacia la espesura, con los brazos colgando frente al cuerpo, dejándolo con la palabra en la boca.
―Esa mujer es muy rara ―comenté, observando la tierra escarbada en el lugar donde había estado sentada la arqueóloga―. ¿Son todos así, los…? ―Dudé, sabiendo que Raoul prefería evitar el tema―. ¿Los vuestros?
Sacudió la cabeza, negando.
―No. Está desquiciada. Ha perdido el control.
Lo observé de arriba abajo con detenimiento. La luna estaba casi llena, y las manchas sobre su ropa todavía se apreciaban a pesar de la oscuridad del bosque.
―¿Entonces tú no lo haces nunca? ―pregunté con curiosidad, y él ladeó la cabeza sin comprender―. Cazar… ―dije, pero me miró cada vez más confundido―. Con las manos, quiero decir.
―Intento evitarlo ―fue su escueta respuesta.
Afinó la vista, enfocando un punto lejano, y sus hombros se tensaron.
―¿Por qué? ―insistí.
Estaba aburrida de esperar en la misma posición durante horas. Pensé que podíamos al menos hablar un poco. Pero Raoul alzó una mano, instándome a callar. Señaló en la dirección de la cueva, con la otra mano tras la oreja.
―Shh… ―susurró, levantándose con sigilo―. Allí. ¿Lo oyes?
―No oigo nada ―respondí, pero entonces escuché una voz y sentí que se me cortaba la respiración.
Raoul me miró, asintiendo en silencio, y se llevó un dedo a los labios.
Era ella.
Habíamos encontrado a Mina.