23
Raoul
Observé a Penélope trepar por las ramas de un pino con la agilidad de un primate. Después saltó al tronco de al lado, sin desplazar ni una hoja, y nos hizo un gesto con la mano para que la imitásemos.
Negué con la cabeza: si aquella arqueóloga desquiciada pensaba que un hombre de mi envergadura podía saltar de árbol en árbol como una mona, estaba más que equivocada.
Es más: era físicamente imposible que ninguna de aquellas ramas fuera capaz de sostenerme: garantizado.
―Sube tú y me dices qué se ve ―le indiqué a Selena―. Yo mientras montaré guardia aquí abajo por si viene alguien.
―Hace años que no subo a un árbol ―replicó ella, y luego se miró los pies, azorada―. Creo que ahora peso demasiado para eso.
La miré, sonriendo a medias.
―Claro que no ―repliqué.
Selena frunció los labios, dudando, pero al final se puso a trepar.
Lo hizo con mucha más precaución que Penélope, probando la resistencia de cada rama antes de dar el siguiente paso.
Sus mejillas aún conservaban el adorable rubor provocado por aquel beso inesperado, que parecía haberla sorprendido tanto como a mí.
Me remetí la camiseta por dentro del pantalón sin despegar los ojos de su cuerpo.
Su trasero era generoso y redondeado, y se sacudía ligeramente de lado a lado mientras subía.
Se movía con gran flexibilidad, y poseía esa figura mullida y a la vez ágil que yo tanto admiraba.
Recordé la suavidad de esos muslos bajo mis manos al besarla, y algo dentro de mí se removió al revivir ese fugaz momento.
Selena llegó a la misma altura que Penélope y se giró hacia donde señalaba la otra mujer.
Al hacerlo, sus ojos se agrandaron. Le hice un gesto con la mano para que me aclarase qué estaba viendo, pero negó con la cabeza y emprendió de nuevo el descenso; esta vez con aún más cuidado de no hacer ruido.
―¿Y bien? ―le pregunté cuando regresó a mi lado, notando su expresión ansiosa.
Penélope saltó también sobre el suelo, amortiguando la caída con una experimentada flexión de rodillas.
―Tiene razón ―dijo Selena, señalando a Penélope y sacudiéndose las hojas de la ropa―. Ahí hay algo.
―¿Qué es? ―pregunté, cada vez más incómodo por ser el único que no sabía de qué iba el asunto.
―Diría que es la boca de una cueva ―explicó Penélope, orgullosa de su descubrimiento―.
Hay una roca que la cubre, pero la entrada está repleta de pisadas, que se alejan hacia un sendero.
También hay rastros más continuos: surcos alargados, como si hubieran arrastrado algo…
o a alguien. Además, han dejado un resquicio entre la piedra y el hueco.
No muy grande, pero lo suficiente para que pase un…
―¿Un cuervo? ―pregunté, adelantándome a su explicación.
Ambas mujeres asintieron a la vez, lanzando una mirada de reojo hacia el cielo, que no tardaría mucho en comenzar a oscurecerse.
―Buen trabajo, Penélope ―dije, todavía sorprendido de que hubiera encontrado algo en su aparente búsqueda a ciegas―.
Ahora debemos buscar un lugar más alejado, pero con buena visibilidad.
Nos apostaremos ahí a vigilar la entrada de la cueva.
Este sitio no es bueno; porque podrían oírnos, o podrían tener vigías entre los árboles. Vamos.
Las dos obedecieron, y olfateé el aire en busca de un escondite. No había mucho para elegir, así que me agaché tras unos arbustos espesos, a una distancia prudencial de la cueva entre las rocas.
―Bien ―dije mientras ambas mujeres se acuclillaban a mi lado―. Por lo visto, Penélope tenía razón y, por inaudito que sea, hay un clan de vampiros en la zona.
Vampiros viviendo en territorio de lobos …
«Desde luego, esto no habría sucedido si Léonide aún fuera el alfa» , fue mi primer pensamiento, aunque lo descarté de inmediato.
No tenía sentido llorar por la leche ya derramada…
Lo que Damir consintiera en su territorio no era asunto mío, por amargo que fuera aceptarlo.
―De todos modos ―proseguí―, el hecho de que estén ahí no prueba que estén implicados en la desaparición de Mina, ni en el asesi…
Los ojos de Penélope destellaron con furia, y añadí, con la mayor delicadeza posible:
―Ni en lo de Freddy.
Penélope bufó, cruzándose de brazos.
―Vaya tontería. Si están aquí, es porque traman algo turbio.
¿Cuándo has visto vampiros viviendo en un bosque?
No es su hábitat natural, ni jamás lo ha sido.
Los chupasangres odian los bosques. Este es nuestro hogar, no el suyo.
Ellos lo saben, y nos detestan. Sabes que nos consideran unos bárbaros.
Esas bestias son seres urbanos. No vivirían en un bosque solo por el paisaje.
Tomé aire profundamente.
En mi fuero interno, seguía pensando que Damir estaba detrás de todo aquello, al menos hasta cierto punto, pero justificar mis sospechas habría requerido dar demasiadas explicaciones, que no estaba dispuesto a dar sin tener antes pruebas que las respaldasen.
―Bien ―dije con poca convicción―. Supongamos que en esa cueva hay, en efecto, algún vampiro.
Supongamos también que tienen a Mina, aunque lo dudo.
Lo único que podemos hacer ahora es permanecer cerca, a resguardo, y observar qué hacen.
Vigilaremos quién entra y quién sale. Escucharemos cada sonido procedente de ese agujero.
Si ella está allí… ― Y sigue viva , pensé, pero preferí no decirlo―, la oiremos en algún momento.
Entrar ahí en tropel y sin saber qué hay sería un suicidio.
Selena asintió, acercándose un poco a mí, de manera casi imperceptible. La humedad del atardecer comenzaba a intensificarse, y sentí la necesidad de abrazarla, pero no me atreví a hacerlo.
―¿Podrás mantener el hechizo de ocultación un poco más, para asegurarnos de que no puedan olernos? ―le pregunté a Selena, aprovechando la oportunidad para tocar su brazo.
―Lo intentaré ―contestó―. Ya te dije que no es mi especialidad. Mi magia es solo curativa.
―Bien. Haz lo que puedas. Propongo que nos quedemos aquí hasta que anochezca y observemos. ¿Alguna de vosotras preferiría volver al campamento?
Ambas me sostuvieron la mirada, desafiantes.
―Entendido ―respondí, suspirando―. En el mejor de los casos, daremos con Mina. Y, en el peor, descubriremos qué nos acecha en la oscuridad.