22
Selena
Dejamos que Penélope avanzase sola, a unos pasos por delante de nosotros dos; así era más fácil vigilarla.
De vez en cuando, se agachaba a husmear el terreno y cambiaba de dirección, con movimientos más propios de un animal que de un humano.
A veces, cuando pensaba que no la mirábamos, volvía a deslizar la mano en el bolsillo de la chaqueta y cerraba los ojos con expresión cansada.
Después parecía recuperar las fuerzas, daba un brusco salto y seguía caminando como si nada.
Repetía ese mismo proceso a ratos, en una extraña cadencia.
Raoul, a mi lado, marchaba con el ceño fruncido, sumido en sus pensamientos.
Llevábamos la mayor parte del día vagando por el bosque, siguiendo las confusas indicaciones de la arqueóloga, y desde entonces Raoul casi no había abierto la boca.
Un par de veces sugerí abandonar aquella caminata sin rumbo, pero lo único que él hizo fue llevarse el dedo a los labios, pidiéndome silencio y un poco más de paciencia.
Pero yo comenzaba a hartarme de aquel paseo, y más aún de su mutismo.
Aquella búsqueda no parecía llevar a ninguna parte.
Me habría gustado subirme a un árbol y gritar el nombre de Mina a los cuatro vientos.
Sin embargo, Raoul había sido estricto en que debíamos guardar absoluto silencio para pasar desapercibidos; no solo eso, me había pedido que lanzara un hechizo para ocultar nuestro rastro en la medida de lo posible.
Yo no era experta en ese tipo de invocaciones; se me daba mejor la magia curativa.
Lo único que pude hacer fue buscar algo similar en el libro de mi madre y seguir las instrucciones con la esperanza de que aquello ayudase un poco.
―Yo creo que esta mujer no sabe a dónde va ―susurré, sintiendo que mi desconfianza hacia ella crecía por momentos―. ¿Por qué le dejamos que haga de líder? ¿De verdad te crees ese cuento de que sigue el olor de unos vampiros?
Raoul se encogió de hombros.
―¿Tú hueles algo? ―insistí.
―No. Pero quiero ver a dónde nos lleva ―respondió escuetamente.
―¿Te has planteado que podría tener su propia agenda? ―continué, cada vez más inquieta―. ¿Que podría estar arrastrándonos a alguna trampa?
Raoul me miró con los ojos entrecerrados. Noté que llevaba la chaqueta desabrochada. Debajo tenía solo una ajustadísima camiseta de manga corta, que marcaba a la perfección sus pectorales trabajados y que, sin duda, no era adecuada a la temperatura ambiente.
―Es posible ―dijo sin más.
Su respuesta indiferente me enfureció. Tampoco ayudaba que llevásemos varias horas vagando sin rumbo entre aquellos matorrales, con los pies fríos y el estómago rugiendo de hambre.
Durante todo ese tiempo, ninguno de mis acompañantes se había molestado en decir nada, ni en proponer un cambio de estrategia que, claramente, era más que necesario.
―¿Es posible ? ―grité, y él respondió con una mirada furibunda ante mi rompimiento del pacto de silencio. Había alzado la voz, sí, pero ya estaba harta. No iba a dejarme intimidar por aquel hombre, aunque fuera el doble de grande que yo―. ¿Te da igual si nos está tendiendo una emboscada?
―No creo que sea eso ―contestó, encogiéndose de hombros―. No tiene motivos para hacerlo.
Sentí la furia hirviendo en mi interior, cada vez con más fuerza.
―Es bastante frustrante colaborar con gente como tú, ¿sabes?
―le espeté, deteniéndome en seco―. No me dices nada.
No sé lo que piensas, no me cuentas lo que has visto, ni la mitad de lo que sabes.
Solo me dices que calle y obedezca. ―Le di un golpe en el pecho con el dedo índice.
Estaba duro como una roca. Me froté el dedo dolorido tras la espalda, para que no me pillara en aquella ridícula situación―.
¡Solo caminas como un autómata, sin decir nada durante las últimas tres horas! ¡Es desesperante!
Penélope ni siquiera se dio cuenta de que nos habíamos detenido, y siguió trotando sendero arriba. Raoul me observó, completamente inmóvil, con las cejas enarcadas y expresión atónita.
―No te entiendo ―dijo, mirando de reojo las pisadas húmedas de la arqueóloga, que había desaparecido ya de nuestra vista―.
Tú tampoco me contaste lo que Penélope te dijo anoche…
Me dijiste que no me fiase de ella: para mí fue suficiente.
La diferencia entre nosotros dos es que yo confío en ti, sin más. No necesito más que tu palabra.
Bufé. A lo mejor él, por la forma en que había sido educado, era capaz de seguir a alguien ciegamente. Pero yo jamás había formado parte de una manada , y lo más parecido que había tenido se había esfumado precisamente por un exceso de confianza en el prójimo.
Aquello era exasperante. El enfado y la frustración comenzaron a hervir en mis entrañas.
Los últimos días de preocupación y búsqueda infructuosa, durmiendo a la intemperie y comiendo bocadillos fríos, empezaban a pasarme factura y amenazaban con salir en tropel como una explosión de ira descontrolada.
―Estamos haciendo lo que tú querías ―añadió Raoul, en un claro intento de apaciguarme que solo me enfureció aún más―. Estamos buscando a Mina.
―¡Lo único que estamos haciendo es perder el tiempo! ―mascullé, apretando la mandíbula para evitar que mis palabras se convirtieran en otro grito aún más fuerte que el anterior―. ¿Por qué no llamamos a Teo? Él sabría qué hacer.
―Theodore está informado. Se encuentra en los Emiratos y me encargó que resolviera el asunto. Y es lo que estoy haciendo.
Apreté la mandíbula, desesperada.
―¡Maldita sea, Raoul! Esa mujer está loca, y apuesto a que ni siquiera sabe a dónde nos lleva.
En mi opinión, le apetecía pasearse por el bosque por motivos que no tienen nada que ver con Mina, y, a lo mejor, ni siquiera con Freddy.
―Una idea me asaltó como un relámpago―. ¿Y si lo mató ella? ¿Lo has pensado?
―Eso es absurdo. Era su compañero predestinado.
Al decir aquello me miró con suma tristeza, como si le doliese que yo no pudiera comprender algo que, en su mundo, era completamente obvio.
―¡Lo que sea! ―repliqué, desechando aquella teoría con un gesto de la mano.
Aparté la mirada, porque sus ojos parecían estar taladrándome con algo que solo podría haber descrito como anhelo―.
¿Y qué me dices que lo que ocurrió anoche?
Volviste cubierto de sangre, y ni siquiera sé por qué.
Solo sé que puede haber lobos acechando en cada esquina, esperando algún despiste para despedazarnos.
¿Es demasiado pedir que me expliques quiénes eran y dónde estaban?
Raoul se echó un poco hacia atrás, con expresión cada vez más dolida. Se juntó las solapas de su chaqueta de ante, en un intento fútil de cubrir las manchas de sangre seca de su camiseta, que todavía no había tenido ocasión de cambiarse.
―No es demasiado pedir ―contestó lentamente―. Simplemente, es irrelevante.
Quise aullar de desesperación.
Aquel hombre había encontrado lobos: lobos que afirmaba podían ser sumamente peligrosos.
Mientras tanto, mi mejor amiga seguía sin dar señales de vida.
Pero, por algún motivo absurdo, estaba dispuesto a seguir a Penélope en su búsqueda sin sentido de unos vampiros que, existieran o no, dudaba que estuvieran implicados en todo esto.
―¡Por Hécate! ―grité―. ¿Es que no puedo juzgar yo misma lo que es importante? ¿Por qué tienes que comportarte siempre como si fuera una niña, como si tuvieras derecho a juzgar lo que es mejor para mí? ¡No lo soporto!
Raoul dio otro paso atrás y bajó la mirada. Arrancó una ramita y la giró entre los dedos, pensativo.
―Lo siento. Jamás quise que te sintieras así. Mi intención era solo…
―¿Qué? ¿Cuál era tu intención, si puede saberse?
Alzó el rostro y me miró fijamente desde su gigantesca altura. Era como estar de pie frente a un oso.
―Protegerte ―contestó, en voz tan baja que casi no pude oírlo―. Ayudarte.
Sus palabras me desarmaron al instante, haciendo brotar un tropel de recuerdos dormidos que me sacudió como una explosión: recuerdos de la gente a la que yo debí proteger, pero no pude; recuerdos de aquellos que me ayudaron o protegieron en el pasado, y que habían terminado todos muertos.
Sin poder evitarlo, se me escapó un sollozo y mis ojos amenazaron con anegarse de lágrimas.
La mano tosca y enorme de Raoul se acercó a mi rostro, con una timidez más propia de un adolescente que de un hombretón de dos metros.
Sin decir nada, deslizó la punta del dedo índice por debajo de mis ojos, secando mis lágrimas.
Mientras, con otro brazo, ancho y reconfortante, me abrazó suavemente por detrás de la cintura.
―Shh… ―susurró, asintiendo―. Ya sé qué no ha sido fácil. Tanto tiempo así, sin saber dónde está Mina… A mí también me preocupa, créeme. Pero sé que la encontraremos. Te lo prometo; vamos a dar con ella. Y yo siempre cumplo mis promesas, ya lo sabes.
Alcé la vista y mis ojos se encontraron con los suyos: unos ojos lobunos, de un marrón dorado que rozaba el amarillo, semiocultos tras pestañas tupidas y cejas bien pobladas.
Su presencia era cálida y reconfortante, como un bastón en el que apoyar mi alma cansada tras tantas pérdidas y tanta soledad.
La idea de alguien en quien poder confiar ciegamente me atraía tanto como me asustaba.
Sostuvo mi mirada. Su rostro, anguloso y con la barba bien recortada, se acercó unos centímetros más al mío.
―Raoul, yo… ―dudé, esforzándome por aclarar mi mente en aquel torbellino de sentimientos encontrados.
Sus ojos eran hipnóticos, amarillos y luminosos, y no podía apartar la vista de ellos.
Quise explicarle lo de mis padres; lo de mis dos hermanas pequeñas.
Quise contarle por qué no podía fiarme de nadie, ni menos aún de una loba como Penélope o …
o de alguien como él , susurró una voz maliciosa en mi interior.
―Selena… ―su voz sonó ronca, atormentada.
Me acerqué un poco más sin darme cuenta, hasta que la punta de su nariz tocó la mía, y el roce de su piel cálida me hizo estremecer. Sin pensar, lo rodeé con ambos brazos, atrayéndolo hacia mí.
Hacía tanto tiempo que no me sentía arropada, resguardada… amada .
Su espalda era tan ancha que las puntas de mis dedos ni siquiera se tocaron al rodearlo. Sentí la necesidad de tener su cuerpo más cerca; mucho más cerca… como si leyera mi mente, él me apretó más fuerte: tanto, que la hebilla metálica de su cinturón se clavó en mi vientre, pero no me importó.
Después, sus labios se acercaron a los míos con sumo respeto; dudando, tanteando con cuidado mi labio inferior.
Cerré los ojos y me dejé llevar por aquel beso, que sabía a regalo inesperado, pero también a vidas pasadas, como besar a alguien a quien mi alma conocía desde hacía mucho tiempo. Un beso que había esperado desde siempre, sin saberlo.
Lo apreté contra mí todavía más, movida por un instinto salvaje que había vivido latente en mí hasta entonces.
Lo besé con ardor, diluyéndome en ese inesperado momento de unión.
Era como volver a casa… como entender al fin qué me había llevado hasta Ibiza, hasta el Serenata, y hasta aquella misión sonada en la que nada parecía estar saliendo bien, excepto…
―Ejem.
Un carraspeo me sobresaltó, haciéndome soltar las anchas espaldas de Raoul de golpe.
Penélope estaba plantada frente a nosotros, con los brazos en jarras y expresión contrariada.
―Si la llamada de la naturaleza puede esperar un rato… ―dijo con tono irónico, mientras levantaba una ceja. Raoul dio un par de pasos, separándose de mí con aspecto de no saber a qué se refería la arqueóloga―, quería deciros que acabo de encontrar algo muy interesante ahí arriba.