21
Selena
―¡Buenos días, dormilones! ―canturreó, posando las bolsas sobre la mesa plegable que había junto a la hoguera―. Pasé un momento por el pueblo y os he traído del horno rosquillas de anís. ¡Recién hechas! ¿Os gustan? Pensé que tendríais hambre…
La miré boquiabierta, olvidando por un segundo los objetos que sostenía entre las manos. Se me cayó el estropajo y la corriente casi me lo arrastró río abajo. Penélope parecía una persona totalmente distinta a la de la noche anterior.
Raoul se levantó a saludarla, secándose las manos en el pantalón, y yo recogí las tazas mojadas, poniéndolas en una bandeja. Después me levanté y lo seguí, observando su intercambio en silencio.
―Te veo mejor que ayer ―le dijo Raoul a Penélope, con rostro impasible.
―Nada como una noche de sueño reparador en plena naturaleza para ver las cosas desde otro prisma ―respondió ella con una risilla amarga.
Su cara se ensombreció, pero aun así se esforzó por sonreír un poco―.
No es culpa vuestra que haya ocurrido todo esto.
Creo que no he sido lo bastante agradecida con vosotros…
―Giró en torno a sí, con los brazos extendidos―.
Sois los únicos que estáis aquí todavía.
Los únicos que no se han marchado a seguir con sus asuntos y se han preocupado por mí, a diferencia de los demás.
Estáis intentando ayudarme y pensé que os debía una disculpa; perdonad si he estado rara últimamente.
―Su rostro se contrajo de dolor―. Esto… no está siendo muy fácil, ¿sabéis?
Mis labios se curvaron hacia arriba en una sonrisa apenada.
Asentí, dándole un golpecito en la espalda sin decir nada.
Luego me acerqué a abrir las bolsas de papel que Penélope había traído.
Encontré dentro rosquillas, y junto a ellas también ensaimadas, una trenza de bollería artesanal y dos tarros de mermelada casera.
Había también zumo de manzana, una torta salada de hojaldre y un recipiente de plástico lleno de trozos del típico jamón con chorreras de la zona, todavía caliente.
Aquello era para desmayarse. Todo tenía un aspecto absolutamente delicioso, y se me hizo la boca agua solo de verlo.
―Penélope… ―dije, enternecida por el gesto y por sus palabras.
Tomé una de las ensaimadas y le di un pequeño mordisco: estaba celestialmente tibia, y la masa se deshacía en la boca―.
No puedo ni imaginarme lo duro que debe de ser todo esto para ti.
No te preocupes por lo de anoche, no pasa nada.
Y ten por seguro que no pararemos hasta que demos con el malnacido que le hizo eso a Freddy.
Los ojos de Penélope relucieron un instante, con algo que solo pude definir como sed de venganza. Pero de inmediato regresó a su papel afable, y se agachó a buscar un abridor para las botellas de cristal que había traído.
Fruncí el ceño, confundida ante aquella fugaz reacción. Por un instante, me había dejado llevar por mi instinto maternal y por aquellas ensaimadas que te transportaban a otra dimensión.
―Dime, Raoul ―dijo Penélope con voz casi seductora, sirviéndose un poco de zumo en una taza metálica―. ¿Descubriste algo anoche?
La mirada de Raoul se clavó en la mía, en una pregunta muda. Negué levemente, y él afirmó con la barbilla, de manera casi imperceptible.
―Nada ―contestó él, oteando en la distancia―. La parte del bosque que revisé está limpia, aunque podríamos echarle un vistazo a la parte oeste.
Penélope asintió y se acercó a la mesa para dejar las tres tazas de zumo. Estas tintinearon en el silencio del bosque, roto solo por los pájaros y el rumor lejano del arroyo.
―Ya veo. ―Guardó silencio un instante, y luego añadió―: ¿Dónde está la flecha? ¿La tienes tú?
Raoul asintió brevemente. Rebuscó en un bolsillo y extrajo de él la punta de plata, envuelta en un trapo sucio de tierra y sangre.
Penélope casi se lo arrancó de las manos; luego destapó el paquete con sumo cuidado y rotó el afilado objeto entre los dedos, emitiendo sonidos guturales mientras lo hacía.
―¿Artesanía celta? ―murmuró―. No, espera, ¿podría ser vikinga?
Si no fuera imposible, diría que es de hechura feérica [2] .
Pero, ¿cómo habrá llegado hasta aquí? ―La sostuvo con el brazo extendido, girándola bajo la luz del sol.
Luego añadió con voz rota, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas―: A Freddy le fascinaban este tipo de hallazgos.
Soñaba con encontrar pruebas de la existencia del pueblo feérico, y coleccionaba objetos con runas e inscripciones.
Qué ironía que tuviera que morir justo así.
Penélope hizo ademán de guardársela, pero Raoul se lo impidió, quitándosela de las manos con un gesto veloz y directo.
―Si no te importa la guardaré yo ―le dijo a la mujer, volviendo a envolver la flecha en el trapo.
De nuevo, una sombra de ira emborronó el gesto afable de Penélope. Duró tan solo un segundo, pero ambos lo advertimos.
―No, claro ―contestó, fingiendo indiferencia―.
Quédatela. Es solo que la forma y la simbología me hacen pensar en un objeto de varios siglos de antigüedad.
Alguien tuvo que conservarlo durante todo ese tiempo.
Pudo haber salido de un museo, claro. Pero la otra opción es que alguien la hubiera conservado, y cuando pienso en seres que puedan vivir cientos de años, lo primero que me viene a la mente es…
Se volvió hacia mí con expresión avispada. Recordé la sombra del cuervo que había visto ya dos veces: la primera, en el hotel con Mina; la segunda, la noche anterior junto a Penélope.
―Anoche me levanté un momento porque fuera apestaba… ―continuó Penélope. Luego se acercó a la oreja de Raoul, de modo que apenas pude oírla―. Ya sabes. Ese hedor a muerto.
―¿Insinúas que podrían estar viviendo en este bosque? ―pregunté, metiéndome entre ellos.
Ella puso los ojos en blanco.
―No lo insinúo . Estoy segura. Hay vampiros aquí. Los olí anoche. Estaban vigilándonos.
Raoul frunció el ceño.
―De acuerdo ―declaró, con aquella voz tan profunda que parecía salir de las raíces de los árboles más antiguos―. Es extraño, pero no imposible. Más vale que descartemos todas las posibilidades y mantengamos los ojos bien abiertos. Ninguna precaución está de más.
―Hay que ir a buscarlos. Seguro que están implicados, o saben algo. Si encontramos su guarida durante el día, estarán en desventaja ―añadió Penélope, y tuve que admitir que, por muy chiflada que estuviera, en eso tenía razón.
―Es posible que tengas razón ―dijo Raoul―.
Bien. Lo mejor será que empecemos a inspeccionar la zona ya mismo, mientras haya luz solar.
Recogeremos el campamento y nos pondremos en marcha de inmediato, pero esta noche la pasamos a cubierto.
¿Os parece? Y si alguna avista algún cuervo, ocultaos y haced una señal a los demás.
Pero con discreción. Podrían estar vigilándonos.
Ambas asentimos. Al menos en una cosa estábamos de acuerdo todos.
―Por cierto, ¿dónde tienes el Prisma de Ordesa, Penélope? ―inquirió Raoul con tono casual, mientras sacudía las migas de la mesa―. Me gustaría comparar los grabados de ese artefacto con los de la flecha.
―Ah… está en… en… ―La mujer tartamudeó y miró hacia un punto indefinido―. Creo que me lo he dejado en el coche. ¿Es urgente?
―No es urgente, pero me gustaría verlo otra vez. Me pregunto si ambos objetos podrían estar relacionados entre sí, o si el prisma podría tener algo que ver con lo que ha ocurrido aquí en estos días.
Penélope hizo un gesto despectivo y le tendió la bolsa de rosquillas, ofreciéndosela una vez más antes de cerrarla. Raoul negó con la cabeza, y ella continuó, no sin antes meter los restos de comida en una mochila de camuflaje.
―Nah. Lo dudo. ―Pensó un momento más y añadió―: Es más: es imposible.
―¿Imposible? ―repetí sin entender.
―¿Para qué iba a querer un chupasangre una cosa así? El prisma no es más que una antigüedad sin importancia para ellos. Ni siquiera saben que existe.
―Aun así, me gustaría verlo ―insistió él, cada vez más nervioso―. Ni siquiera estamos seguros de que haya vampiros aquí, o de que ellos sean los culpables de lo ocurrido.
―¡Claro, claro! ―dijo Penélope, agitando las manos con aire apaciguador―.
Sin problema. Luego voy al coche y la busco; déjame solo que vaya antes a…
―Esbozó una sonrisa falsa, señalando los árboles―.
Asuntos de mujeres. ―Soltó una risita nerviosa y sacó una compresa del bolso, con movimientos exagerados.
Raoul apartó la vista, sonrojándose―. Cuando vuelva lo miramos juntos, ¿de acuerdo?
La arqueóloga se adentró en el bosque, dejándonos a solas.
Raoul tomó las llaves del coche, olvidadas sobre la mesa, y desapareció en dos gigantescas zancadas.
Cuando regresó, al poco rato, su labio estaba torcido en una expresión de desconfianza, y llevaba los brazos cruzados sobre su imponente pecho.
Se detuvo entre dos árboles entre los cuales los arqueólogos habían tendido una cuerda para secar sus trapos.
Observé que, de hombro a hombro, casi tocaba ambos troncos: ese hombre ocupaba el doble que cualquier persona normal.
Mi vista se detuvo sobre sus hombros bien formados durante un instante más de lo necesario.
―Nada, ¿verdad? ―le susurré, sabiendo perfectamente a qué había ido al coche.
―Nada ―confirmó, volviendo a dejar las llaves donde habían estado antes, exactamente en la misma posición.
Miró hacia la espesura, hacia el lugar por donde Penélope había desaparecido, y bajó la voz antes de contestar―.
Ha mentido. Lo debe de llevar encima. Me pregunto qué más nos oculta, y si esa historia de los vampiros es verdad, o está tramando algo.
―No me fío ni un pelo ―murmuré, totalmente de acuerdo.
―A ver a dónde nos lleva.
En ese momento, Penélope apareció entre dos arbustos, subiéndose la cremallera de la chaqueta. Había recuperado su aire jovial, y dio una palmada al aire.
―Bueno, ¿nos vamos? ―dijo, observando de reojo si las llaves seguían donde las había dejado. Al comprobar que sí, sus hombros se destensaron. Raoul las cogió con indiferencia, como si acabase de verlas en ese instante, y se las guardó en la chaqueta bajo la mirada aguileña de la arqueóloga.
―Si lo prefieres, tengo espacio en mi mochila ―comentó ella con fingida indiferencia―. Para no perderlas.
―No hace falta ―dijo Raoul―. Nunca pierdo nada.
―Ok. Vamos entonces ―asintió Penélope, metiendo la mano furtivamente en un bolsillo de la chaqueta particularmente abultado―. Me pareció que el rastro era más fuerte por ese lado. Seguidme.