Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 20
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Selena

Al amanecer escuché pasos acercándose y temí que Penélope hubiera regresado, aún más delirante de cuando se había marchado.

Tras nuestra discusión por la noche desapareció en el bosque.

Luego volvió y se sentó de nuevo junto al río, buscando frenéticamente aquel tesoro que tanto anhelaba.

Yo, mientras tanto, me tumbé en la tienda, con los ojos como platos y fijos en las costuras del techo.

No podía sacudirme de encima el presentimiento de que había algo oscuro y macabro acechando en aquellos bosques: había visto el humo negro en torno a Penélope, y eso debía de ser prueba suficiente de que yo no estaba loca.

Por suerte, los pasos que se acercaron de buena mañana eran de Raoul, y no de la arqueóloga trastornada. El pobre llegó arrastrando los pies, sucio y cabizbajo, y se sentó a mi lado en una silla plegable que a duras penas podía contener la enormidad de su cuerpo fornido.

Yo llevaba un buen rato levantada, desde que el motor del coche me había despertado.

Había hecho un fuego para hervir agua con el poco café que quedaba, y mordisqueaba pan reseco con mermelada del día anterior.

Me giré a saludarlo y solo entonces observé que la suciedad que lo cubría se parecía mucho a la sangre seca.

Se me escapó un grito y me tapé la boca, levantándome como un resorte a examinarlo más de cerca.

―¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? ―exclamé, rodeándolo con los brazos y palpando sus heridas. Los músculos de sus hombros se notaban calientes, duros y tensos bajo la tela.

―Estoy bien ―respondió sin mirarme, en su típico estilo reservado, aunque no me apartó de él.

Le pasé la mano por los brazos y los pectorales, solo para asegurarme de que no tuviera lesiones graves, y traté de concentrarme en la tarea. Era cierto: no parecía tener más que un par de rasguños.

―¿Por qué estás cubierto de sangre? ¿De quién es, dónde has estado? ¿Descubriste algo anoche?

Me miró, desconcertado, esforzándose por procesar todas mis preguntas de golpe. Se quedó callado, con una ceja alzada, y comprendí que lo estaba apabullando con aquel interrogatorio.

Le serví una taza de café cargado de azúcar, recordando que le gustaba así. Luego esperé a que diera un par de sorbos y entonces reformulé mi pregunta, simplificándola:

―¿Qué pasó anoche?

Raoul se quedó observando la taza, tan fijamente que pensé que le había caído algo dentro.

Después metió la punta del dedo en el líquido y rescató del brebaje a un pequeño insecto alado.

Lo sujetó suavemente, con una delicadeza sorprendente para un hombre de manos tan enormes, y después lo envió lejos de un soplido.

―Hay lobos en este bosque ―dijo, como si hablara solo―. Gente peligrosa. Y creo que podrían estar detrás de la muerte de Freddy. E incluso la desaparición de Mina.

Lo miré boquiabierta.

―¿Lobos? ¿Te atacaron? ¿Sabes algo de Mina? ¿Por qué son peligrosos? ―pregunté, y al momento me di cuenta de que estaba hablando otra vez de manera atropellada. Inspiré hondo―. Perdona. Cuéntame qué pasó anoche, por favor.

―No pasó nada ―replicó―. Solo descubrí que no estamos solos. Nada más, por desgracia.

Tomé aire profundamente, armándome de paciencia. «No pasó nada» me sonaba a «No quiero contarte lo que pasó», y eso me molestaba.

―¿Y entonces, qué hacemos? ―dije, sirviéndome más café para ver si me ayudaba a calmar los nervios―. ¿Vamos a buscar a esa gente? ¿Les plantamos cara y descubrimos si fueron ellos quienes se llevaron a Mina?

Raoul sacudió la cabeza.

―No, claro que no. Enfrentarnos a ellos directamente sería un suicidio.

Lo mejor sería que Penélope y tú os largarais de aquí cuanto antes y me dejaseis a mí todo esto.

Si otros lobos han matado a Freddy, ¿qué más da ahora?

Está muerto. Nadie puede cambiar lo ocurrido, y este lugar es peligroso.

Penélope no puede hacer nada ya, y a Mina puedo buscarla solo.

En mi opinión, tenéis que desaparecer de este sitio cuanto antes.

―Ya, pero yo no puedo irme de aquí y dejar atrás a Mina. Y menos aún, sabiendo que hay gente peligrosa merodeando por este bosque.

―Ya te he dicho que puedo encargarme solo de todo.

Rastrearé el bosque. Cuando esté seguro de que la zona está limpia, pueden volver los arqueólogos y seguir buscando el prisma para Theodore.

Los únicos lobos que había en el equipo eran Penélope y Freddy.

Quienquiera que fuera el que atacó a Freddy, dudo que esté interesado en los humanos corrientes.

Pero vosotras dos estaríais mejor en el pueblo.

A ningún lobo le gusta tener a otros sobrenaturales rondando por su territorio.

Lo observé con el ceño fruncido, harta de que me tratara como a una niña indefensa.

―Mina es mi mejor amiga ―le espeté―. No pienso dejarla atrás.

Los reproches de Penélope la noche anterior resonaron de nuevo en mi mente:

«¿No es eso lo que haces siempre? Dejar a los tuyos desprotegidos, a la merced de los salvajes… ¿Qué más da si aparecen despedazados al día siguiente, con el cuello roto y las mejillas descarnadas?»

Apreté los dientes con furia.

Ya había cometido ese error una vez.

No volvería a hacerlo.

Raoul suspiró y meneó la mano con impaciencia, pero yo insistí:

―Y si piensas que Penélope va a aceptar esa explicación y se va a marchar de aquí, lo llevas claro ―continué―. Esa mujer ha perdido la cabeza por completo.

―Intenta entenderla. Los lobos solo tienen un compañero de vida ―dijo Raoul sin mirarme―. Cuando lo pierden, es como si perdieran la mitad de su alma.

Tragué saliva, conmovida por la emoción que destilaban sus palabras. Pero no. No estaba segura de que ese fuera el único problema de Penélope.

―Tendrías que haberla visto anoche ―repliqué―.

Se puso como una fiera. Estaba ahí, junto al río, tamizando gravilla como una posesa, y cuando le dije que descansara un rato me soltó todo tipo de insultos y barbaridades…

era como hablar con otra persona. Parecía como si tuviera un demonio dentro. Fue espeluznante.

Raoul ladeó la cabeza y me miró con atención triplicada.

―Explícame mejor eso último ―dijo.

Traté de hacer memoria. Recordé a Penélope junto al río, y cómo su sombra pareció cobrar vida por un instante, volviéndose más espesa y separándose en cientos de tentáculos que se enroscaban en torno a ella.

Sopesé la opción de contárselo todo a Raoul; eso, y las palabras exactas de la mujer antes de que yo me marchara.

La sombra podía haber sido causada por mi imaginación.

Pero, ¿lo del apodo con el que me llamaba mi madre?

¿Lo demás que había dicho sobre mi familia?

¿Había sido una frase lanzada al aire, que había dado en el blanco por puro azar?

―Bueno, era tarde, y estaba oscuro ―murmuré, evadiendo la pregunta―. Me pareció ver algo raro, algo oscuro y sobrenatural. Pero a lo mejor tienes razón, y es solo que le está costando aceptar lo de Freddy.

―Ya, pero, ¿qué viste? ¿Qué te dijo exactamente?

Miré a un lado, incapaz de repetir lo que Penélope me había dicho.

―Dijo algo que era imposible que supiera. Algo privado, que yo no le había contado ―respondí, tras dar una inspiración profunda―. En fin, da igual. La cuestión es que anoche, cuando me quedé a solas con ella, tuve miedo. Me dio la sensación de que era…

Me mordí la lengua, temiendo parecer una paranoica.

―¿Peligrosa? ―terminó él la frase por mí.

―Sí. Lo siento, a lo mejor estoy exagerando. Pero entiende que todo esto es muy estresante. Primero lo de Freddy, luego Mina…

Raoul no contestó. Alargó la mano hacia mí, posándola sobre la mía en el apoyabrazos de la silla plegable.

Después me miró fijamente, como si quisiera decir algo.

Había algo en su mirada… algo salvaje, protector.

Hacía años que nadie me miraba así. Me apretó la mano un instante, con los ojos fijos en los míos, brillando con destellos amarillos.

Se inclinó un poco más hacia mí y pensé que me abrazaría, pero en vez de eso se levantó de golpe y me arrebató la taza vacía de las manos.

―Voy a lavar esto ―dijo secamente, dándome la espalda.

Comenzó a caminar hacia el río con las dos tazas colgando del asa. Estas tintinearon mientras se marchaba, al compás de sus pasos pesados. Yo recogí el resto de utensilios y lo seguí con el estropajo y el detergente, confundida por su repentina reacción.

Cuando alcancé a Raoul, que ya estaba en la orilla, el estruendo de un motor diésel hizo temblar las hojas de los arbustos. Me asomé entre los pinos y atisbé el morro del todoterreno cubierto de polvo que acababa de aparcar junto a la pista forestal.

―Bueno ―dijo Raoul, dejando las tazas a un lado y frotándose los brazos con el agua del río para lavar las manchas de sangre seca―. Parece que pronto descubriremos si esa loba es de verdad tan peligrosa como piensas.