19
Raoul
Alcancé el lugar donde había escondido mi ropa y me fabriqué una guarida para dormir con rocas y hojas secas.
Caí rendido en el acto, aun a sabiendas de que era una idea terrible quedarme en ese lugar.
Si el clan de Damir trazaba mi olor, estaría muerto antes de abrir los ojos.
Dormí una hora, quizás dos, hasta que la primera claridad del alba me desveló.
Tuve una pesadilla tras otra, despertando cada pocos minutos con el corazón acelerado.
Desperté en mi forma humana, tratando de lamerme los cuartos traseros.
Tardé unos segundos en recordar cómo había llegado hasta allí y por qué mi pelaje había desaparecido.
Mi piel seguía cubierta de manchas oxidadas, y el sabor a sangre persistía en mi lengua.
Escupí sobre la tierra, disgustado; no tanto por el sabor, sino por los recuerdos de la noche.
Regresé sobre mis pasos hasta el lugar donde había encontrado a Tanaya, y desde allí comencé a trazar su estela. Estaba aún fresca y no fue difícil.
Caminé sigilosamente, sumido en mis pensamientos y tratando de comprender por qué me había dejado llevar por los instintos más primarios durante la noche anterior.
El sol comenzaba a despuntar cuando llegó hasta mí el tufo a humo de chimeneas, perros y desperdicios humanos: clara señal de la presencia cercana de una aldea. Aminoré el paso y tuve cuidado de ocultar tanto mi presencia como mi olor.
A lo lejos se erguía la mansión Montblanc, ahora casi en ruinas.
Era la casa más grande y antigua de la aldea, que una vez dio cobijo a los míos y a todo aquel que lo necesitase.
Había sido construida al borde de un profundo barranco, con el sudor y el esfuerzo de varias generaciones.
La insignia de los Montblanc seguía tallada sobre la piedra clave de la entrada, pero eso era lo único que quedaba de nosotros.
Continué avanzando, sigiloso, hasta divisar tres o cuatro casas más humildes de madera, un establo y un granero.
Un camino de piedras era el único acceso hasta la primera de ellas, frente a la cual había aparcado un todoterreno desvencijado, tan viejo que mostraba enormes manchas de óxido en la chapa del techo y el capó.
La chimenea emitía un delgadísimo hilillo de humo, y una luz tenue procedía de una de las pocas ventanas.
Me acerqué a gatas hasta la primera cabaña entre los pinos y me asomé un instante por el cristal.
Ahí estaban.
Mi madre, en su forma humana y ataviada con un batín gastado, atendía los fogones con aspecto demacrado y envejecido: al verla parecía que hubieran pasado muchos más años desde mi partida.
Poco más allá, en un rincón de la cocina, se encontraba mi hermana Tanaya, tan hermosa como siempre, con su oscura trenza rojiza, la peca en la frente y sus cejas pobladas a lo Frida Kahlo; pero ahora había también profundos círculos oscuros bajo los ojos.
Soñolienta, removía un tazón de leche. Vestía algo parecido a un uniforme de supermercado mientras leía una novela amarillenta sobre aquel tablón de madera tosco y astillado que hacía las veces de mesa.
―¿A qué hora entras hoy, ma chérie ? ―le preguntó madre.
―A las ocho. Me toca abrir ―respondió Tanaya, alzando la vista de su libro. Después dudó un momento, como si estuviera a punto de decir algo, y calló.
―¿Vendrás a comer? ―dijo madre―. Prepararé los conejos que trajiste anoche.
―No. ―Tanaya sacudió la cabeza―. Hoy sustituyo a Mayra otra vez; está enferma. Saldré a las diez. Tampoco me esperes para cenar.
Madre suspiró y se giró a mirarla, apoyando el cucharón de madera sobre la reducida encimera de la cocina.
―Trabajas demasiado ―dijo, y el dolor recorrió mi pecho al escuchar su tono amargo―. No puedes hacer turnos dobles y después cazar toda la noche.
Tanaya se cruzó de brazos y apartó la novela, que llevaba el sello de una biblioteca pública.
―¿No? ¿Y entonces qué hacemos? ¿Empezamos a comer lombrices?
Madre se quedó en silencio, y Tanaya continuó, con los nudillos crispados sobre el asa de la taza.
―Sabes que Damir nunca parará. Cada céntimo que entra en esta casa termina en sus arcas. Está obsesionado con su imperio imaginario, con convertirse en el alfa más poderoso del sur de Europa. Si no nos marchamos, nos exprimirá hasta que exhalemos nuestro último suspiro.
―No me marcharé de este bosque, y lo sabes. Soy una Montblanc, y esta es mi casa. Este es el hogar que fundé con tu padre: el sitio donde crecieron mis hijos ―replicó madre con los brazos cruzados y tono beligerante―. Pero tú puedes irte. Nadie te retiene aquí.
Una honda arruga surcó el entrecejo de mi hermana y noté que apretaba la mandíbula en silencio.
Sentí vergüenza de mí mismo, y a la vez una profunda admiración por Tanaya: pudiendo marcharse lejos y empezar una nueva vida, era la única de los hijos Montblanc que había decidido quedarse a cuidar de nuestra madre.
Nuestra hermana mediana, Séraphine, tuvo mejor suerte, y se casó con un miembro de un clan francés antes de que…
cerré los ojos, devolviendo mi atención a la escena en la cocina.
―¿Queda leña? ―preguntó Tanaya con voz tensa.
Madre negó, mirando al suelo, y se apretó el cinturón del batín, dejando ver lo huesudos y angulosos que se habían vuelto sus hombros.
―Saldré a buscar algo más tarde ―dijo madre―. Cuando haga menos frío.
―Sabes que no debes cargar peso.
―Me las apañaré ―replicó madre, y luego señaló el reloj de pared―. Vas a llegar tarde. Vete.
Tanaya se levantó y cogió un anorak viejo del perchero. Se acercó a la puerta y se giró hacia madre, pensativa.
―Madre… ―dijo, titubeante―. Anoche, cuando salí de caza… ―Dudó de nuevo y calló.
―¿Qué? ¿Qué pasó? ―preguntó madre tensando la espalda―. No me digas que volviste a encontrarte con ese malnacido. Si vuelve a tocarte, juro que…
Clavé las uñas en las tablas de madera que cubrían la fachada, rabioso en mi impotencia.
―No. No ―dijo Tanaya, jugueteando nerviosa con las llaves del coche―.
No era Damir. Me encontré con… ―Alzó la mirada, observando la reacción de madre, y yo hice lo mismo desde mi escondite.
Luego su voz se diluyó en un susurro―. Con Raoul, madre.
Lo vi cerca de aquí, valle abajo. No sé por qué vino, después de tanto tiempo en el exilio, pero dijo algo de una mujer desaparecida, y…
A madre se le cayó el cucharón dentro de la olla con un sonoro chapoteo, y sobre su rostro descendió un velo oscuro.
―No vuelvas a pronunciar ese nombre en esta casa ―murmuró, mirando a un lado y otro―. Mi hijo mayor está muerto… ¿me oyes? Igual que su padre.
Mi hermana se miró los zapatos, compungida, y madre continuó en un tono que a duras penas pude escuchar.
―Sabes lo que ocurriría si volviese, ¿verdad? ¿Y si te hubieran visto con él? ¿Te imaginas lo que podría pasarnos a los tres? Por favor, Tanaya. Ya perdí a mi marido y a mi primogénito, y Séraphine se ha marchado para siempre. No podría perderte también a ti.
Tanaya se mordió el labio, tragándose sus palabras.
―Si vuelves a verlo, no hables con él, no te acerques… solo huye lo más rápido que puedas, ¿me has entendido? ―le espetó madre.
Después colocó la tapa de la olla en su sitio con un fuerte ruido metálico, subrayando sus palabras. Tanaya se limitó a asentir, apesadumbrada.
―No sé qué pudo pasarle por la cabeza para presentarse aquí, pero espero que le devolvieras el sentido común ―murmuró madre, devolviendo su atención al guiso―. Espero que no vuelva jamás.
Sus palabras me dolieron, aunque las merecía.
Tanaya posó la mano sobre la manija de la puerta, muy despacio, y se dispuso a salir.
―Lo vi bien, madre. Tenía buen aspecto ―murmuró, pero nuestra madre no la oyó, o fingió no hacerlo.
Después giró la llave y yo escapé de allí tan rápido como pude, sin mirar atrás, pero perseguido por los fantasmas del pasado.