Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 18
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Raoul

Los colmillos de la loba, a meros milímetros de mi carne, se detuvieron súbitamente.

Reconocí de inmediato su pelaje marrón oscuro, y la peculiar mancha blanca sobre la frente, en forma de estrella.

Sus ojos relucieron mientras me observaba de arriba abajo, reconociéndome también.

Me golpeó con el morro, instándome a abrir la conexión mental entre nosotros para poder comunicarnos.

“Raoul”, dijo su voz dentro de mi cabeza, “¡Eres tú!”

Ella seguía encima de mí, pero sentí que el peligro se disipaba. Relajé mis músculos e inspiré su aroma, que hacía tanto que no sentía.

“Pensaba que no volvería a verte,” añadió, incrédula.

“Tanaya… hermana.”

La loba se echó atrás, liberándome.

“No puedo hablar contigo,” dijo. “Tengo que marcharme.”

“¡Espera!” la llamé mentalmente, viendo que se daba la vuelta y comenzaba a trepar por la pendiente. “¡Por favor, no te vayas!”

“Damir me matará. Y a ti también, hermano, si no te vas inmediatamente.”

Se alejó con pasos pesados, muy distintos de los brincos alegres que yo recordaba en mi bulliciosa hermana pequeña cuando éramos cachorros. Los años separados no solo me pesaban a mí: también la habían cambiado a ella.

“¡Por favor, espera!” la llamé. “¿Cómo está madre? Solo dime eso.”

“Madre vive”, respondió ella con tono tajante. “Es todo lo que puedo decirte. Ahora vete, Raoul.”

La seguí en silencio. No me marcharía hasta que cumpliese con mi misión y obtuviera respuestas sobre Mina y Freddy.

“ Tany … Necesito saber algo”, le dije. “Ha desaparecido una mujer, y también ha muerto un lobo. ¿Sabes algo? A lo mejor fue Damir, o alguno de los suyos…” Luego, dolorido, añadí: “de los vuestros.”

Tanaya se giró, con los ojos relampagueando de furia.

“Muchas mujeres desaparecen, y muchos lobos han muerto. Es todo lo que puedo decirte.” Después me enseñó los colmillos con gesto beligerante.

“No me sigas, Raoul. Trazarán tu olor e irán a buscarte. No me hagas cargar de por vida con la muerte de mi propio hermano. Ya hemos sufrido suficiente, ¿no crees?”

***

La escuché marcharse mientras el dulce aroma de su rastro se perdía en la noche. Habría sido muy fácil seguirla y descubrir dónde vivía ahora y cómo estaba nuestra madre, pero no lo hice… todavía.

Lo haría más tarde, cuando Tanaya y madre ya durmieran en su forma humana, con el sentido del olfato atrofiado por las limitaciones de ese cuerpo.

Eso dificultaría que detectasen mi presencia.

No me importaba romper mi promesa; ahora que había vuelto a verla, para mí era vital descubrir cómo estaban y si aún tenían una casa, aunque fuese una cabaña, en el bosque o en alguna aldea relativamente cercana.

Nuestro antiguo hogar, al igual que el de muchos otros, había sido requisado por Damir al convertirse en alfa.

Llevaba años preguntándome qué habría sido de ellas, y no iba a desperdiciar la oportunidad de descubrirlo por fin.

Retomé la pista de los jabalíes y vagué por el bosque, sumido en mis recuerdos.

El animal más cercano era poco más que una cría, bien cebada para el invierno.

Se había alejado de la madre, y el olor de su sangre caliente ensanchó mis orificios nasales, arrastrándome hacia ella como un imán.

La pequeña jabata tenía la respiración acelerada y temblaba, asustada y sola sin su progenitora.

El humano en mí se habría compadecido de ella.

El lobo, sin embargo, tenía hambre.

No fue difícil acorralarla hasta tenerla en la posición perfecta. Solo un salto, un mordisco certero, y podría abatirla. Un golpe seco, rápido y sin sufrimiento.

Me agazapé, concentrándome en su fornida garganta.

Mis sentidos se agudizaron, y de inmediato noté que algo no andaba bien.

El bosque tomó un matiz sombrío; las sombras cobraron vida y se retorcieron como serpientes oscuras.

La jabalina delante de mí desapareció, y en su lugar se plantó frente a mí un enorme monstruo grotesco.

Su piel, antes suave y oscura, se había cubierto de sombras inquietantes que se movían como tentáculos.

Gemí, con el rabo entre los cuartos traseros, y di un paso atrás.

Un susurro sibilante llenó mis oídos: eran palabras ininteligibles, en un idioma extraño pero cargadas de malevolencia.

La criatura me miraba con los ojos encendidos, como si pudiera leer mis pensamientos más oscuros y adentrarse en mis miedos y en mis recuerdos.

Mis barreras mentales comenzaron a desmoronarse bajo la presión.

El morro del animal cambió de forma, estrechándose hasta convertirse en el de un lobo, y vi frente a mí a una versión corrompida de Damir, el mismo lobo que había arruinado mi vida entera.

“¡Fuera de mi territorio!” gruñó la bestia, adentrándose en mi mente sin permiso. “Huye con el rabo entre las piernas, como el cobarde que eres. ¡Huye ahora, o muere!”

Aquello no era un jabalí, ni mucho menos una presa: era un enemigo mortal camuflado.

El instinto depredador se apoderó de mi conciencia y salté hacia adelante con todas mis fuerzas.

No intenté un ataque rápido y limpio; en lugar de eso, hundí mis colmillos en la carne de la bestia con una ferocidad descontrolada.

La criatura emitió un chillido agudo y porcino, que en mi mente sonó como una risa burlona.

Me ensañé, viendo solo el monstruo con las facciones de Damir, hasta que el bosque entero quedó salpicado de sangre, que se mezcló con las sombras danzantes.

Después, la oscuridad comenzó a extenderse como humo por el suelo del bosque, con un siseo de fuego apagándose.

El humo negro se disipó, y solo entonces solté a la criatura.

Mis ojos se encontraron con los orbes en blanco de la cría de jabalí, que temblaba como una hoja, desplomada de costado.

La criatura gemía mientras agonizaba sin comprender lo sucedido.

La culpa me sacudió mientras regresaba al momento presente y la oscura alucinación de Damir desaparecía.

De un mordisco terminé con el tormento de la jabata, sin comprender qué me había llevado a cometer aquella atrocidad innecesaria.

Era como si una fuerza ajena a mí me hubiera obligado a hacerlo; como si un poder oscuro hubiera nublado mi entendimiento.

Los lobos cazábamos por supervivencia, pero nunca por diversión. La crueldad deliberada se castigaba duramente en la manada.

La caza se me había ido de las manos. ¿Había pasado demasiado tiempo sin cazar? ¿Me había vuelto incapaz de controlar el instinto depredador?

Postrado en el suelo frente a mi presa muerta aullé a la Madre Luna mientras regresaba a mi forma humana. Ni siquiera comí, asqueado por mi propia crueldad y la pérdida de control que había experimentado.

Después corrí desnudo por el bosque, cubierto de sangre, y me pregunté qué habría ocurrido si me hubiera encontrado a Tanaya detrás de ese matorral, en lugar de a la pobre jabata.