Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 17
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Selena

Me costó dormirme tan cerca de Penélope.

La mujer no paraba de retorcerse y dar patadas a las mantas en el otro extremo de la tienda.

Se durmió antes que yo, pero hablaba constantemente en sus sueños, e incluso gritaba de vez en cuando.

Llamaba a Freddy y luego se ponía a llorar sin llegar a despertarse del todo.

Compartir tienda con ella era una auténtica tortura.

Llegó un punto en que no pude soportar ni un minuto más sus movimientos bruscos y sus gemidos, que me sobresaltaban cada vez que comenzaba a adormecerme.

Me acerqué a ella sin hacer ruido y le puse las manos sobre el abdomen, canalizando mi energía curativa.

Por fin, la mujer se calmó y cayó en un profundo sueño.

Suspiré, agotada tras el largo día y el gasto extra de energía que siempre suponía usar mis dones de curación. Luego me tendí en el saco de dormir, con las mantas cubriéndome hasta los ojos. Me dormí, creyendo en mi ingenuidad que me despertaría al alba, cuando Raoul regresara con noticias de Mina.

Pero me equivocaba.

Abrí los ojos de golpe, sintiendo algo anómalo en el ambiente. Tanteé a mi alrededor, mientras me habituaba a la oscuridad.

Penélope ya no estaba en la tienda, y en su lugar había solo una bola de mantas arrugadas. Había dejado abierta la cremallera de la entrada, y la puerta de tela impermeable ondeaba al viento, dejando que el viento helado se colara en el interior.

―¿Penélope? ―la llamé, asomando la cabeza por la abertura mientras me frotaba los ojos―. ¿Estás ahí?

Tomé una inspiración profunda para calmarme.

«Está bien» , me dije, « seguramente habrá ido al baño».

Pero tardaba mucho en regresar. Aquello no era normal. Con un suspiro, cogí una linterna que Raoul me había prestado y me eché una de las mantas por los hombros como una capa. Luego metí los pies en las zapatillas sin calzármelas y salí de la tienda.

La hierba estaba húmeda, cubierta de una fina capa de escarcha. En el aire se respiraba la llegada del invierno, y con cada inspiración sentí la gelidez del ambiente enfriar mi garganta.

―¿Penélope?

Di una vuelta entre las tiendas del campamento. La luna estaba casi llena y lo iluminaba todo con claridad.

Escuché un chapoteo junto al río, a lo lejos. Caminé hacia el origen del sonido, ignorando la punzada de pánico que amenazaba con apoderarse de mi conocimiento.

―Penélope, ¿estás ahí? ―pregunté, iluminando la zona.

Había una figura agachada junto al agua, rebuscando en el fondo del cauce. Se levantó de golpe, y la luz se reflejó en sus ojos, que brillaron como los de un gato.

―Ah, aquí está otra vez la curandera… ―siseó Penélope alzando el rostro―. ¿Vienes otra vez a intentar hipnotizarme?

Su pelo y su ropa estaban empapados.

―¿Te estabas bañando? ―pregunté sorprendida―. Te vas a resfriar… anda, vuelve dentro.

Le tendí la mano para ayudarla a levantarse, pero Penélope se limitó a reírse en voz alta; una risa como un graznido, que resonó en el silencio del bosque.

―No tengo frío. Lárgate, estoy ocupada.

Ignoré su tono insolente. Después de todo, lo que le había sucedido a Penélope era suficiente para volver loco a cualquiera.

Volvió a agacharse, y noté que tenía a su lado la pieza del Prisma que habían encontrado un par de días antes. Estaba sumergida hasta las rodillas, tamizando gravilla del lecho del río obsesivamente.

―¿No puedes dormir? ―insistí, y viendo que no contestaba continué―: Puedo hacerte una infusión si quieres, pero tendrá que ser junto a la tienda. Es peligroso estar aquí fuera de noche. Sería mejor si volvieras y…

Penélope dejó el tamiz a un lado y bufó.

―¿Volver? ¿Por qué? ¿Tienes miedo de las criaturas del bosque? ―Entrecerró los ojos―. ¿Tienes miedo de… los lobos?

Tragué saliva.

―Sí, a veces ―contesté secamente.

El aleteo de un ave me hizo alzar la cabeza. Una sombra negra pasó fugazmente sobre nosotras, para luego desvanecerse.

―Y de otras criaturas también ―añadí mirando al oscuro cielo.

―Haces bien ―respondió ella, asintiendo―. Hay lobos muy, muy malos. Y les encantan las chicas como tú.

Ahuecó las manos sobre sus pechos y caderas, dibujando curvas exageradas y dando a entender por qué les gustaban las chicas como yo.

Apreté la mandíbula, sintiendo que aquella mujer desquiciada estaba a punto de agotar mi paciencia y hacerme explotar.

Parecía estar poniéndome a prueba a propósito.

Quizás tuviera un motivo oculto, o quizás fuera simple malicia.

Penélope echó a reír al ver mi expresión de hastío, y su rostro se desencajó por completo, como el de alguien que ha perdido la cordura del todo.

―Vale, Penélope ―le dije, mordiéndome la lengua―. Haz lo que te dé la gana. Yo vuelvo a la tienda. Buenas noches.

«Y que te den» , pensé, aunque eso me lo callé.

Me di la vuelta y comencé a volver sobre mis pasos, comprobando cuántos dedos cabían en la cinturilla de mis pantalones: al comprarlos cabían tres.

En este momento, ninguno. El estrés siempre me daba hambre, y últimamente había tenido mucho.

La comida había sido mi único consuelo durante muchos años, cuando no tuve a nadie a quien contar mis penas. Pero ese consuelo tenía un precio.

Entretanto, la linterna parpadeó, y le di un golpecito para que volviera a encenderse.

―Claro, claro, vete… ―dijo Penélope por detrás con tono malévolo, retomando su tarea de tamizado―.

¿No es eso lo que haces siempre? Dejar a los tuyos desprotegidos, a la merced de los salvajes…

¿Qué más da si aparecen despedazados al día siguiente, con el cuello roto y las mejillas descarnadas?

Lo importante es que tú disfrutes de un sueño reparador, ¿a que sí, señorita Herrera… Capuchita ?

Me detuve de golpe y me di la vuelta. Habría jurado que la sombra de la arqueóloga se había vuelto el doble de grande, y humeaba a su alrededor con tentáculos grises y rizados.

―¿Por qué me has llamado así? ―le pregunté, con la voz temblando de rabia. Solo una persona conocía ese mote, y no lo había compartido jamás con nadie―. ¿Y cómo te atreves a decir algo así de mí, sin conocerme siquiera?

La mujer se encogió de hombros, con expresión de lunática.

Después tomó el Prisma de Ordesa y se lo metió en un bolsillo con cremallera de su chaqueta amarilla.

Se aseguró de que estuviera bien cerrado y se puso a cuatro patas, estirando la espalda como un gato.

Cuando me miró, esta vez fijamente y sin parpadear, observé que un fino velo negro empañaba sus pupilas.

El humo negro se disipó, dejando solo finos hilillos grises que se enroscaron en torno a sus brazos y piernas antes de desaparecer.

―El bosque habla… ―dijo con voz ronca―. El bosque sabe…

Después echó a correr como un cuadrúpedo y se perdió en la penumbra de los árboles circundantes.