16
Raoul
Esa noche, Selena y Penélope volvieron a negarse a dormir en el pueblo. Me resultaba incómodo dejar a Selena en compañía de Penélope, que me daba poca confianza, pero la bruja era más testaruda que una mula.
Habilité una de las tiendas para que pudieran dormir en ella.
Cubrí el suelo con sacos de dormir y mantas, aunque Penélope dijo que no los necesitaba.
Probablemente no fuera tan sensible al frío nocturno.
Le hice prometerme que no se transformaría mientras estuviera a solas con Selena, ni tampoco saldría a correr por el bosque sola. Aceptó a regañadientes.
Me alejé lo suficiente para asegurarme de que ninguna de las mujeres pudiera verme; o, mejor dicho, una en concreto. Busqué un lugar discreto y bien iluminado por la luna hasta dar con un pequeño claro rodeado de pinos silvestres y abedules.
Me desnudé despacio y escondí mi ropa, bien doblada, en una grieta honda entre dos rocas. Guardé la misteriosa punta de flecha entre las prendas y luego me puse a cuatro patas.
Parecía mentira, pero llevaba años sin hacerlo: concretamente, desde aquella pelea fatal con Damir; aquella que había acabado con la vida de mi padre, y casi también con la mía.
Muchas noches me despertaba gritando y revivía ese día.
Habría sido mejor que Damir hubiera acabado también conmigo, porque al perdonarme me había obligado a llevar aquella carga a cuestas por el resto de mi vida, y a vivir en deshonra. Si no lo hizo, no fue por descuido.
Desde entonces, el duelo y la vergüenza me habían llevado a renegar de mis raíces y de mi verdadera naturaleza. Solo quería ser un hombre, un mortal ordinario, sin manada y sin pasado. Theodore d’Alessandro me había ofrecido justamente eso, y yo había aceptado.
Me erguí sobre los brazos, todavía a cuatro patas. Alcé la cabeza a la luna y la miré fijamente, dejando que su mágica luz blanca bañase por completo mi frágil y desnudo cuerpo de humano.
La luz lunar atravesó mi piel y comenzó a correr por mis venas. Comencé a temblar, sintiendo la bestia crecer dentro de mí. Un escalofrío me recorrió al sentir de nuevo el zumbido de la transformación; esa magia latente que jamás me había abandonado.
El dolor, agudo y punzante, me recorrió como un rayo. Duró tan solo un segundo, pero fue tan intenso que me hizo gritar.
Mi grito se convirtió en un aullido, y pronto sentí la brisa removiendo mi pelaje, de un rico tono marrón salpicado de motas negras.
Todos los olores se volvieron mil veces más intensos, y escuché las hojas susurrar bajo las suaves pisadas de una ardilla, que huía del depredador en el que acababa de convertirme.
Estiré la espalda y mis vértebras crujieron: llevaba demasiado tiempo sin tomar aquella postura.
Sentí la libertad y la fuerza de mi verdadero ser, por fin liberado, y aullé con todo el aire de mis pulmones, mirando a la luna.
Luego di un salto y eché a correr por el bosque, disfrutando del placer de correr tan rápido como el viento, saltando los obstáculos sin dificultad y sintiendo cada aroma, cada chasquido y cada presencia animal en los alrededores.
Las almohadillas de mis patas amortiguaban mi galope sobre el suelo boscoso, y yo avanzaba casi sin tocarlo.
La brisa me trajo el olor de una piara de jabalíes: una madre con varias crías prácticamente adultas, buscando comida en el sotobosque.
El instinto cazador se apoderó de mí al instante.
Aminoré el paso, mientras mi cerebro maquinaba la mejor forma de acercarme a ellos sin ser notado: durante mi vida en los bosques, no había cazado mucho en solitario.
Era mucho más fácil rodear a las presas entre varios, creando una trampa imposible de evitar.
Pero esta noche no tenía a nadie más que a mí mismo.
Me detuve y sentí algo más en el aire.
Estos no eran presas, sino lobos como yo.
Me agazapé tras unos arbustos.
Como hijo de alfa, tenía la capacidad de abrirles las puertas de mi mente y comunicarme con ellos a distancia. Pero, si lo hacía, cualquiera podría descubrir que estaba cerca. Y la condición de Damir para perdonarme la vida era que desapareciese de los bosques pirenaicos para siempre.
Antes de hacer pública mi presencia, tenía que comprobar primero si los recién llegados eran amigos o enemigos. Si me precipitaba, podía toparme con él, o con alguno de sus secuaces.
Caminé con sigilo, dispuesto a averiguar más. Comprobé la dirección del viento, y me situé contra esta para evitar ser detectado. Me adentré entre los abetos, montaña arriba, y avancé durante lo que pareció una eternidad. Si había más de uno y daban conmigo antes que yo con ellos, era lobo muerto.
El leve chasquido de una brizna de hierba seca atrajo mi atención. Algo se movió entre las hojas, y después se quedó completamente quieto.
Ahora, ambos sabíamos que no estábamos solos.
Me preparé para lo peor.
El morro de un lobo pardo asomó entre los arbustos, olisqueando el aire con cuidado. No parecía saber dónde estaba yo exactamente, lo cual me daba ventaja.
Lentamente, comenzó a acercarse.
Me olía, pero no me veía.
Cuando estaba tan solo a unos pasos, comprendí que solo me restaban dos opciones: huir… o atacar. Y ninguna terminaría bien.
Me agaché para coger impulso, preparándome para saltar sobre él antes de que él lo hiciera.
Mi oponente se adelantó y se lanzó sobre mí, haciéndome rodar por el suelo. Luego embistió contra mi pecho con todo su peso. Sus fauces se cerraron en torno a mi cuello, a punto de perforar mi yugular.
En el último momento, se detuvo.
Nuestros ojos se encontraron, y solo entonces comprendimos, al unísono, que ya nos conocíamos de antes.