15
Selena
Desperté en el todoterreno, con el cuello entumecido y las puntas de los dedos congeladas.
Temblaba, pero no solo de frío: también por las pesadillas, que siempre se repetían.
En el bosque había amanecido, y los cantos de los pájaros se filtraban a través de una minúscula rendija de la ventanilla que había dejado abierta.
Consulté el móvil: las siete y media de la mañana, sesenta por ciento de batería.
Según mis cálculos, había dormido tres o cuatro horas.
Al salir del vehículo noté olor a humo y caminé con cautela hacia las tiendas.
Entre ellas encontré a Penélope y a Raoul, acuclillados frente a una pequeña hoguera rodeada de piedras sobre la cual habían acomodado un trípode con una cafetera de aluminio.
El líquido borboteó, amenazando con salir justo en el momento en que me acerqué a ellos.
Raoul me saludó con un leve gesto de la barbilla y fue a retirar la cafetera del fuego, ayudándose de un trapo deshilachado. Penélope, sin embargo, siguió mirando la danza de las brasas como si yo no estuviera allí.
―¿Has conseguido descansar un poco? ―me preguntó Raoul, sirviendo café en tres tazones metálicos y tendiéndome uno.
Asentí en silencio, para no perturbar a Penélope con nuestra cháchara banal. No se veía al lobo muerto por ninguna parte.
Me calenté las manos con la taza y aspiré el familiar aroma a café, mil veces más delicioso en medio del frío bosque.
―¿Noticias de Mina? ―susurré en voz baja, aunque estaba claro que mi amiga no había regresado todavía.
Raoul sacudió la cabeza, apesadumbrado.
―Seguí su rastro por el bosque ―murmuró, dando un sorbo de la bebida hirviente.
Me pregunté cómo hacía para no quemarse, pero no lo dije en voz alta.
Hizo una leve mueca y continuó―. La pista se pierde junto a una pared de roca.
¿Te suena que conociera algún hechizo para teletransportarse, desaparecer o volar?
A pesar de la inquietante situación, casi se me escapó una carcajada al oír aquello.
―No, que yo sepa. No conozco a nadie capaz de hacer algo así.
―Ya.
Raoul se levantó y fue a buscar un bote de azúcar en la improvisada cocina que los arqueólogos habían montado bajo unas lonas. Se echó medio bote, formando una montañita blanca dentro de la taza, con la punta sobresaliendo como un iceberg sobre la superficie del café humeante.
En ese momento, Penélope se dio la vuelta y me miró por primera vez desde mi llegada. Profundas ojeras sobresalían por debajo de la montura de sus gafas, y aparentaba diez años más que el día antes.
―La Umbrícora ―dijo con voz ronca―. Fue la Umbrícora la que se lo llevó a los mismísimos Infiernos.
Observé que sostenía el fragmento del prisma cristalino que habían encontrado el día anterior: era poco más que un trozo de vidrio opaco y rayado, con una punta triangular y el otro extremo partido.
Recordaba al típico pedrusco que uno podía comprar por un par de monedas en cualquier mercadillo esotérico con cristales.
Alargué la mano para posarla sobre el hombro de Penélope. Solo quería transmitirle un poco de mi energía curativa, pero ella me apartó con una fuerte sacudida.
―No. Quiero sentir el dolor con toda su intensidad. No quiero calmantes que lo enmascaren.
Me aparté, comprendiendo. Después Penélope volvió a quedarse mirando el fuego, sin decir nada más. Raoul se levantó y me hizo un gesto para que lo siguiera. Apuré el resto de mi café y dejé la taza en el suelo, junto a la pequeña hoguera.
Nos alejamos un poco de Penélope, y cuando estuve segura de que no podía oírnos, le pregunté:
―¿Dónde está Freddy?
La pregunta pareció incomodarlo, pero respondió de todos modos.
―Penélope lo ha enterrado de forma provisional en algún lugar secreto; no me ha dicho dónde.
La tradición requiere un funeral público frente al alfa de su manada y con toda su familia presente.
Necesita una despedida formal para encontrar el camino hasta la Madre Luna.
Pero se niega a volver a su casa hasta que aclare lo sucedido.
―Yo tampoco pienso hacerlo ―dije, tratando de erguirme para no parecer una niña frente a aquel hombre inmenso―. Pero deberíamos llamar a la policía.
Raoul se mordió el labio, dudando.
―Le prometí a Theodore que resolveríamos esto por nuestra cuenta. Freddy ya está muerto, así que llamarlos no cambiará nada.
―Sí, pero, ¿qué hay de Mina?
―No han pasado ni veinticuatro horas. Y, además, ya te he dicho que la encontraré. Aunque sea lo último que haga.
Clavé los talones en el barro, dispuesta a discutir todo lo que hiciera falta. No regresaría a Ibiza sin mi amiga. Y no dejaría que su rastro se perdiera en el viento por una negligencia nuestra.
―Antes de que digas nada, tengo un plan ―continuó Raoul, mirándome de reojo―. Pero es algo que tengo que hacer solo.
―¿A qué te refieres?
Lo miré con los ojos entrecerrados, y noté que desviaba la vista hacia las puntas de sus botas, azorado. Siempre me pareció muy extraño que le causara tanta incomodidad reconocer su verdadera naturaleza. Jamás lo había entendido.
―¿Te refieres a…? ―pregunté.
Asintió en silencio.
―Esta noche la luna estará casi llena. Es el momento perfecto. Seguro que habrá otros cerca, y podría establecer una conexión mental con ellos, o incluso ir a buscarlos. Ellos… ―dudó, como si hubiera algo que no quisiera contarme―. Ellos podrían saber algo. Podrían haber visto algo.
―Entiendo, pero…
Quise preguntar por qué era tan importante ir a buscarlos en su forma de lobo, y él pareció leer mi mente.
―No me recibirían como humano. Y, además, sería peligroso. No podría defenderme.
Calló de golpe.
―¿Los lobos suelen ser agresivos los unos con los otros? ―pregunté, rezando por no haber usado algún término ofensivo sin saberlo.
Negó con la cabeza y arrancó una ramita. Se puso a escarbar en el suelo con ella, destapando un nido de gusanos blancos y carnosos.
―No. Tranquila. No tienes por qué preocuparte ―contestó sin mirarme―. Puedes quedarte aquí con Penélope mientras yo voy a echar un vistazo. Sobre todo, vigila que no haga ninguna tontería, y que no se vaya muy lejos. Me marcharé en cuanto caiga el sol.
Mi estómago rugió, y él sonrió enternecido.
―¿Por qué no bajas al pueblo y traes algo de comida? ―propuso, señalando el 4x4 aparcado tras los árboles―. Y échale un vistazo al gato de Mina: seguro que esa bola de pelo fluorescente se ha comido todo el pienso.
―A decir verdad, lo que más le gusta son las samosas de guisantes. Pero yo no sé hacerlas.
Puso los ojos en blanco.
―Bueno, pues échale cualquier cosa. Sobrevivirá. Y ya que vas, trae también algo de ropa de abrigo, y mantas para vosotras… parece que esto irá para largo.