14
Raoul
Me alejé del campamento con los gemidos de Penélope todavía resonando en mis oídos.
La bestia interior pugnaba por salir con una potencia inusitada.
La cercanía de Selena y el olor a bosque la había despertado como nunca antes.
Pulsaba, haciendo temblar cada músculo y amenazando con emerger sin permiso.
Apreté la mandíbula, conteniendo la transformación con todas mis fuerzas, y me concentré en la misión actual.
El aroma de Selena era dulce y delicioso, y por motivos incomprensibles me transportaba de vuelta al hogar que una vez perdí.
Pero aquello era absurdo, cuando ella ni siquiera era una de los nuestros.
Husmeé el terreno húmedo y me concentré en el gorro verde de Mina, buscando su rastro entre los cientos de olores presentes en la maleza: los conocía todos y cada uno desde mi más tierna infancia y era fácil para mí aislar los que no pertenecían a la naturaleza.
Me pareció encontrar una pista junto a unos arbustos cargados de bayas negras y redondas que crecían a lo largo del río.
Concentrado en ella, seguí caminando río arriba sin hacer ruido.
Entretanto, estudié la flecha que había acabado con la vida de Freddy. Me arrepentí de haber dejado mis propias flechas en el hotel, pensando que no iba a necesitarlas durante una simple reunión de coordinación.
Observé el ástil, que era finísimo, pero sumamente duro y elástico.
Era posible doblarlo sin romperlo, y solo por eso la flecha seguía intacta a pesar de haber soportado el peso del lobo sobre ella entre las rocas.
La punta mostraba intrincados diseños repujados en plata, posiblemente célticos, en los que se habían alojado ominosas manchas de sangre seca y negruzca.
―¿Quién te mató, y por qué? ―pregunté al aire.
El olor familiar a sangre de licántropo me distrajo por un momento del rastro de Mina, desviando mis pensamientos.
Freddy y Penélope eran dos lobos foráneos, en un bosque que no era el suyo. Habían llegado hasta allí sin su manada, lo cual los dejaba desprotegidos y los convertía en un blanco fácil para los cazadores.
Pero, por otra parte, los humanos cazadores de lobos no solían dejar atrás sus trofeos; en cualquier caso, comenzaban a escasear en el país.
En el pasado, nuestra población había sido diezmada.
Hoy día, nuestras hembras raramente criaban ya como antes, y en general, la mayoría de la gente nos consideraba seres de leyenda, que solo habitaban en las fábulas para niños.
Otra opción, claro, eran los vampiros. Nuestros enemigos acérrimos aprovechaban cualquier oportunidad para aniquilarnos.
Sin embargo, los chupasangres no solían atacarnos si no se sentían amenazados, porque sabían que podían perder la pelea.
Tampoco frecuentaban los bosques; ellos eran criaturas discretas, que necesitaban pasar desapercibidas para sobrevivir, y preferían vivir en las grandes urbes, donde la afluencia de humanos era mayor y la multitud disimulaba sus excéntricas costumbres.
Tendría que hablar con Penélope a solas y comprobar que no se hubieran metido en un lío con alguno de ellos, aunque lo dudaba. Había conocido a Freddy durante muy poco tiempo, pero me había parecido un tipo poco conflictivo. No tenía aspecto de ir buscando peleas con otros sobrenaturales.
El camino se volvió estrecho y resbaladizo al aumentar la pendiente.
Me concentré en no perder pie, apartando ramas con los brazos y cada vez más desconcertado.
Husmeé de nuevo, comparando el rastro con el olor del gorro: no había duda.
Pero, ¿por qué se había metido Mina en un sendero así, y más aún, al anochecer?
No conseguía entenderlo. Igual que tampoco comprendía de dónde había salido aquella extraña flecha antigua que llevaba en el bolsillo.
El rastro se perdió frente a una escarpada pared de roca de más de dos metros. La superficie era lisa, sin ramas ni salientes por los que trepar.
Que yo supiera, las brujas no volaban. Al menos, esta no. Así que era imposible que hubiera escalado por una pared lisa, y la única opción era que hubiese regresado al campamento por el mismo camino por el que se fue. Claro que, de ser así, nos habríamos cruzado por el camino.
Permanecí en pie frente a la roca, de brazos cruzados.
Luego me incliné y olfateé la superficie gris, pero no encontré huellas de Mina sobre ella.
Para asegurarme mejor, me puse a cuatro patas y rastreé a fondo la turba húmeda del suelo boscoso.
La bruja había estado allí, pero no había continuado hacia ningún lado.
Era como si, llegada a ese punto, sencillamente se hubiera esfumado.
Estaba aún agachado en el suelo cuando escuché un aullido lejano. El cielo sobre las copas de los árboles se había tornado ya violáceo, con un resplandor anaranjado a lo lejos que anunciaba el inminente amanecer.
Por un segundo, estuve tentado de transformarme allí mismo y correr hacia el lugar de donde había venido el aullido para averiguar más.
Pero inmediatamente comprendí que aquello era un error, por varios motivos.
El primero, porque Damir podía rondar por la zona y notar mi presencia.
Y el segundo, porque acababa de ocurrírseme una hipótesis más, que de pronto parecía la más obvia.
Alguien le había disparado esa flecha a Federico Molina, y era más que posible que sus asesinos hubieran pertenecido a su misma especie.