13
Selena
Teo se marchó, no sin antes ordenar que Penélope y yo regresáramos a nuestros respectivos alojamientos en el pueblo.
A pesar de no tener mucho común, en eso las dos estuvimos de acuerdo de inmediato: ninguna pensaba irse de allí, al menos no hasta que nuestros asuntos quedasen resueltos. Ella tenía que aclarar la muerte de su esposo, y yo, la desaparición de Mina.
Ninguna de las dos era una damisela de esas que esperaban en su torre mientras otros libraban batallas por ellas.
Raoul regresó al rato, con el cuerpo del lobo muerto a sus espaldas.
Cargaba a la enorme criatura como si pesara menos que una pluma, y sus bíceps esculpidos asomaban por debajo de la manga corta de su camiseta, abultados por el esfuerzo: era una visión impresionante y bastante nueva para mí.
Después de todo, en el Serenata siempre iba con traje y corbata.
Suspiré, recordándome a mí misma que no era momento para pensamientos así.
Raoul se acercó a nosotras con la cabeza gacha, en una respetuosa señal de luto. Sujetaba en la mano la flecha que había sellado el destino de Freddy.
Penélope cayó de rodillas frente a Raoul, mientras este depositaba el cuerpo de su esposo, con gran delicadeza, sobre un lecho de hojarasca.
―No podemos dejarlo aquí ―dije―. Mañana por la mañana vendrán los demás y…
Penélope entrecerró los ojos, temblando de rabia, y bufó como una bestia.
―Les diré que no vengan. Soy yo quien está al mando. ―Alzó la mirada, con los ojos brillantes de odio―. No puede venir nadie… ¡nadie! ¿Entendéis? Necesito estar sola con él, y encontrar al que le hizo esto. Ahora, ¡marchaos de aquí!
Raoul asintió, respetando la voluntad de la viuda. Dio un paso atrás, que pareció una reverencia, y me tomó del brazo, atrayéndome hacia sí.
―Vamos ―dijo, señalando el coche con la barbilla―. Te llevaré al hotel.
―De eso nada ―murmuré―. No podemos dejar a Mina vagando por el bosque. ¿Y si vuelve?
Raoul me miró como si fuera una niña pequeña y contestó despacio, en voz baja y profunda:
―Penélope necesita estar a solas con él esta noche. Es su derecho. Era su pareja de vida.
―Bien. Pues vayamos al bosque a buscar a Mina y que se quede ella aquí. Hay bastante espacio para todos, ¿no crees? ―repliqué, poniendo los brazos en jarras.
Raoul puso los ojos en blanco y chasqueó con la lengua.
―¿Siempre eres tan tozuda?
―No. Solo cuando alguien secuestra a mis amigas.
―Mina es inteligente, y sabe comunicarse con las criaturas del bosque. Seguramente se hizo de noche y se metió en algún sitio a dormir ―dijo con demasiada tranquilidad―. A mí me ha pasado muchas veces.
―Sí, pero ella no es… ―me detuve sin terminar la frase al ver cómo cambiaba su semblante.
En serio, no entendía a ese hombre. Un rato antes había perdido los estribos porque yo andaba sola por el bosque. Ahora, de pronto, le parecía bien si Mina dormía sola en cualquier agujero. ¿A qué venían esos dobles estándares?
Sí, era cierto que Mina podía conectar con los animales salvajes, en particular con los espíritus de los animales muertos.
A lo mejor alguno la había guiado o le había dado cobijo.
Pero, ¿y si había tenido un accidente, o se había perdido?
Era una de mis mejores amigas, y no iba a echarme a dormir tan tranquila en un hotel hasta que ella estuviera sana y salva.
―No ―repliqué―. No me iré hasta que vuelva. No vas a convencerme.
Raoul suspiró, dándose por vencido. Se alejó un poco de Penélope, que seguía a cuatro patas junto al cuerpo de Freddy y solo le faltaba gruñir para parecer un perro rabioso. Luego señaló el 4x4, suspirando.
―¿Es que no estás cansada? ―me susurró, esta vez con un tono un poco más dulce―. ¿Las brujas no dormís?
A decir verdad, estaba agotada. Era de madrugada, y no habíamos parado desde el desayuno.
―No puedo ―murmuré, esforzándome por parecer alerta―. No puedo irme así.
Raoul asintió y abrió la puerta trasera del coche.
―De acuerdo ―dijo, tomándome de la mano y haciéndome pasar al interior del vehículo―.
Entonces quédate aquí. Descansa un poco.
―Estuve a punto de replicar y decirle que no pensaba hacerlo cuando se llevó un dedo a los labios, pidiéndome silencio―.
Iré yo a buscarla. Tú quédate aquí y haz una siesta.
Te dejaré las llaves del coche por si acaso, y…
Me senté y me pareció que aquel asiento era mucho más mullido de lo que lo recordaba.
―¿Esto es de Mina? ―preguntó Raoul, tomando un gorro de lana verde bordado con margaritas, abandonado sobre el salpicadero. Dejó la punta de flecha sobre el techo del vehículo y olisqueó la prenda.
Asentí.
―Creo que sí. Lo llevaba puesto esta mañana.
―Servirá ―dijo escuetamente.
Se lo metió en el bolsillo trasero del pantalón y después se puso a rebuscar por el maletero.
Al momento, regresó con una basta manta gris de arpillera.
Me cubrió con ella con sorprendente ternura, asegurándose de que no quedaran resquicios entre mi cuerpo y el respaldo por los que pudieran entrar el frío y la humedad de la noche.
Sus manos eran enormes, peludas, y sorprendentemente cálidas a pesar de las bajas temperaturas.
―Así mejor ―dijo, admirando su obra con satisfacción―. No te preocupes. Yo me encargaré de buscarla. Nosotros no necesitamos dormir tanto como… bueno, ya me entiendes.
Un gesto de dolor cruzó su rostro, como si le costase admitir lo que era.
Se apoyó un momento en el cabezal del asiento, asegurándose de que yo ya no tenía frío, y sentí su rostro a tan solo unos centímetros del mío.
Sus labios, gruesos y sonrosados, estaban tan calientes que podía sentirlos sin que me tocaran.
Contuve la respiración y permanecí muy quieta, pensando que me daría un beso en la frente.
Él titubeó, petrificado a mi lado, hasta que los gritos de Penélope nos sacaron de nuestro ensimismamiento.
―¡Largaos de una vez! ―se la oyó gemir entre los árboles―. ¿A qué esperáis? ¡Dejadme sola con mi marido!