12
Raoul
Maldita bruja loca.
Como si no fuera suficiente con aquel estúpido arqueólogo muerto y nuestra compañera Mina que se había esfumado en la nada; no se le ocurría nada mejor que irse de paseo por el bosque.
Sola.
En plena noche.
―¡Raoul! ―gritó, deteniéndose en seco con un jadeo y posándome una mano en el brazo―. ¡Vaya susto me has dado! Solo estaba buscando unas hierbas para…
Su chaqueta roja estaba cubierta de hojarasca, y toda ella despedía un sensual aroma a sotobosque húmedo y puré de castañas. El toque de sus dedos, cálidos y suaves, me hizo tambalearme y dar un paso atrás. Crispé los dedos tras la espalda y respiré hondo.
Ignorando mi nerviosismo, Selena se agachó de nuevo, usándome como apoyo, y recogió algo de entre el follaje. Luego agitó en el aire una bolsa de tela vacía.
―Estaba buscando valeriana ―dijo, como si eso fuera una explicación completamente normal de sus acciones.
Bufé. ¿En serio? ¿Aparecía un tipo muerto y no se le ocurría nada mejor que salir a recolectar florecitas?
―¿Pero tú te das cuenta del peligro que corres aquí sola? ¿Es que te crees que eres Caperucita, saltando por el bosque con tu cestita?
Selena exhaló con impaciencia, apartándose de mí, y se cruzó de brazos.
―Sé cuidarme sola ―me espetó, enfadada―. Además, quería ayudar a Penélope. Está muy alterada.
― Yo también estoy alterado ―le solté sin pensar.
Ella entrecerró los ojos sin comprender.
―¿Quieres que te prepare una infusión a ti también? ―ofreció, en tono un poco más dulce.
Me esforcé por no sonreír ante su candor. En esa mujer no había ni una pizca de malicia, y esa era una de las cosas que la hacía, a mi parecer, tan irresistible. Pero no todo el mundo ahí fuera era como ella. Podría haberle ocurrido algo, ¿y entonces qué?
―No necesito ninguna infusión ―contesté suspirando―.
Lo que quiero es que dejes de pasearte sola en la oscuridad, y más aún cuando puede haber un loco suelto que anda lanzando flechas a todo lo que se menea.
¿De verdad no te das cuenta? Hay peligros acechando por la zona. ¿Y si te hubieran atacado también a ti?
El estómago se me encogía solo de pensarlo. No, no lo permitiría. Desde luego que no. Y me importaba un comino lo testaruda que fuese. Para colmo, con esa capucha roja resaltaba como una señal luminosa en medio de los verdes y marrones del bosque. Solo le faltaba una sirena en la coronilla.
―A Freddy lo alcanzó una flecha de plata ―replicó ella, desvanecido todo su miedo―. Solo los cazadores de licántropos usan ese tipo de proyectil. Dudo que uno de esos tenga interés por atacarme a mí.
―¡Maldita sea! ¿Es que no te das cuenta? Eso significa que este bosque está lleno de lobos, y Dios sabe qué criaturas más.
Su cuerpo se tensó, y pude oler un cambio en su actitud: esta vez sí, era miedo.
―¡Ya sé que este sitio está lleno de lobos! ―gritó con la voz rota―. ¡Nací aquí, y además tengo uno justo delante de mí! ¿Acaso tú eres peligroso?
Eso había sido un golpe bajo, teniendo en cuenta que llevaba cinco años sin transformarme y haciéndome pasar por un ser humano normal.
Cinco años huyendo de mi yo del pasado, negando mi esencia, luchando contra la bestia interior y tratando de fundirme con mi mitad humana hasta hacer desaparecer la otra.
Que me lo echase en cara justo ella, a quien solo había mostrado mi lado más humano desde el primer minuto en que nos conocimos, dolía más de lo que le habría podido confesar.
Yo solo quería protegerla, pero ella se empeñaba en hacerme la vida imposible.
―Vamos ―le ordené, cogiéndola del brazo.
Ella se soltó con una sacudida, terca como una mula―.
Está bien. No te cogeré de la mano si no quieres, pero sígueme.
Puedo ver en la oscuridad mejor que tú. Por muy bruja que seas, tus hierbas y pociones no te van a ayudar a volver al campamento lo suficientemente rápido.
Se te congelarán los dedos de los pies antes de que amanezca.
Y sería una pena, porque tienes unos pies bastante… ―dudé un momento―, bastante monos.
Y ágiles , me dije en silencio, sorprendido de que hubiera llegado tan lejos bosque a través sin descalabrarse.
Frunció los labios y se caló un poco más la capucha roja, confesando sin palabras que mi comentario había dado en el clavo.
―Anda, ven aquí ―le dije, un poco enternecido al ver cuánto frío tenía. La rodeé con el brazo y esta vez sí que me lo permitió―. Hay un termo con agua caliente en el coche. Sígueme.
Caminamos juntos, acurrucados uno junto al otro, montaña abajo. Para mí era relativamente fácil oler el rastro que los demás habían dejado al subir, igual que mi olfato me había guiado hasta la ubicación del cuerpo de Freddy.
Selena se arrebujó contra mi costado, sedienta de calor. Su presencia a mi lado era agradable: tan suave, blanda y redondeada, que me recordó al pan recién horneado de mi madre…
Sacudí la cabeza. ¡Por Dios! ¿Qué clase de pensamientos amanerados eran esos?
Tropecé con un tronco, y ella se rio por lo bajo, rebajando un poco la tensión que nos atenazaba a ambos.
Necesitaba centrarme.
―Por aquí ―le dije, señalando unas luces tenues a lo lejos.
Ella asintió. Atravesamos un espeso matorral y divisamos a Theodore, en compañía de Penélope. La mujer se había calmado un poco, pero a Mina no se la veía por ninguna parte.
Cuando nos acercamos a Theodore, Selena me soltó y se apartó un par de pasos.
―Menos mal ―suspiró él al vernos, y luego se giró hacia Selena―. ¿Dónde te habías metido?
Ella se encogió de hombros y volvió a mostrarle su bolsa vacía al vampiro.
―Solo quería ayudar.
―Nos ayudarías más viva ―puntualizó él, visiblemente molesto―. ¿Alguna noticia de Mina?
Ambos negamos a la vez. Podía sentir el pesar de la bruja ante la ausencia de su compañera, y supe que, en cierto modo, se estaba culpando a sí misma por dejarla ir.
―La encontraremos ―le susurré, evitando su mirada.
Ella exhaló y cerró los ojos, visiblemente abrumada. Después caminó con cuidado hacia Penélope, que estaba sentada en una silla plegable de camping y tarareaba una canción con la mirada perdida.
―¿Penélope? ―dijo Selena con timidez, tendiéndole la mano lentamente. Penélope la ignoró, y Selena se acuclilló a su lado―. Penny… ven, déjame que te ayude…
Selena se fue enderezando lentamente, como quien se acerca a un animal herido.
Después le colocó una mano en cada hombro a la viuda, buscando su mirada.
Penélope dio un respingo cuando Selena la tocó, como si no hubiera notado su presencia hasta entonces.
Primero se puso tensa y luego, poco a poco, sus hombros comenzaron a encorvarse, como si el cúmulo de nervios atrapados que retenía en su interior se desinflase de golpe.
Dos lágrimas brillaron en las comisuras de sus ojos.
Después comenzó a llorar en silencio, de manera diferente a como lo había hecho frente al cuerpo de su marido fallecido.
―Shh… ―susurró Selena, sin apartar las manos―. Está bien. Llora, Penélope. Te hará bien. Llora todo lo que necesites. Estamos aquí para ayudarte.
La observé con ternura, maravillado ante la efectividad de sus métodos, tan sencillos a simple vista.
Nada de lo que Selena hacía era espectacular ni ostentoso, a diferencia de lo que había visto hacer a otras brujas del Serenata.
No lanzaba fogonazos como Naomi, ni leía mentes como Oksana; sin embargo, los poderes de Selena funcionaban, y estaban ayudando a aquella mujer desgarrada por el dolor, igual que habían ayudado antes a muchos otros.
«Menos a ella misma», pensé con tristeza.
Theodore se me acercó en dos zancadas y me dio un toque en el hombro con semblante amargo.
―¿Dónde está el resto de su manada? ―murmuró, señalando a Penélope con disimulo.
Me encogí de hombros.
―No lo sé. Pero esos dos no son de aquí, de eso estoy seguro. Por el acento, diría que son del sur. Hay varios clanes en Sierra Nevada.
―¿Habrá que organizar un…? ―el vampiro dudó, incierto como siempre de nuestras costumbres―. ¿Un sepelio?
Terminó la frase arrugando la nariz con aversión. Yo ignoré sus maneras y asentí, y él continuó:
―¿Pero eso significa que vendrá toda la manada hasta aquí, y…?
Gesticuló hacia las lonas junto a la ribera y los instrumentos arqueológicos abandonados por el campamento.
―Señor, el fallecido seguramente querría que lo enterrasen en su hogar, junto a sus antepasados. Dudo que la esposa quiera enterrarlo aquí. Puede estar tranquilo.
Los hombros del vampiro descendieron un poco, con claro alivio.
―Vamos ―dijo, dándose la vuelta―. Acompáñame a por él. No podemos dejarlo ahí.
―Puedo ir solo ―respondí, lanzando una mirada de reojo hacia la viuda.
―Parece bastante grande. Te ayudaré.
Lo miré fijamente, negando.
―Sin ofender, señor, pero… ―Tragué saliva―. Pero hay ciertas cosas que ninguno de mi especie desearía en sus últimas voluntades. Si usted me entiende.
Sus ojos relampaguearon al comprender, verdes y luminosos por un instante.
Quizás yo trabajara para D’Alessandro debido a mis circunstancias, pero, en general, lobos y vampiros éramos enemigos históricos.
Ninguno de mi estirpe habría querido que un chupasangre cargase su cadáver a sus espaldas, ni que la fetidez mortuoria de los hijos de Nosferatu impregnase su pelaje antes de reunirse con la Madre Luna.
―Entiendo ―dijo con tono molesto―. Ve solo, entonces. Me quedaré con ellas mientras tanto.
Me di la vuelta y comencé a caminar bosque adentro, cuando Theodore me llamó de nuevo.
―Raoul ―dijo―. No vais a llamar a la policía, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
―¿Y qué les decimos? ―respondí, sin poder evitar que la rabia se filtrara en mi voz―. ¿Qué hemos encontrado un animal muerto?
Theodore asintió, aliviado.
―Ya. Será mejor así. Al menos hasta que terminemos con la búsqueda del artefacto. He mirado la previsión del tiempo, y podría nevar en cualquier momento. Si la zona se cubre de nieve o, peor aún, si la policía se entromete… ya sabes que esta es una excavación confidencial…
Confidencial , en el dialecto de D’Alessandro, seguramente significaba sin permisos.
En cualquier caso, sentí una punzada de ira al ver que, incluso frente a un hombre muerto, Theodore seguía pensando primero en sus negocios.
Pero era un vampiro. Un jefe justo, pero un vampiro, a fin de cuentas.
Su gente mataba a diario, por mucho que fuesen criminales de guante blanco.
Jamás entendería plenamente las tribulaciones que sufría nuestra gente, ni mucho menos, nuestras costumbres.
Aunque Theodore me trataba con cortesía, en su mundo los lobos no eran mucho más que canes glorificados.
―Hay algo más… ―dijo, lanzando una mirada a Selena, que había abrazado a Penélope y la acunaba―.
A pesar de todo lo ocurrido, no voy a poder quedarme.
Lo siento de verdad, y ya sé que debería acompañaros, pero no puedo dejar a Iris sola en los Emiratos.
Llegó allí ayer, y la misión se les ha complicado.
Ese poltergeist está fuera de control, y me preocupa que le pase algo a ella también.
No es seguro dejarla allí, completamente sola.
―Yo me ocuparé de todo, señor ―le aseguré. Luego señalé a las dos mujeres abrazadas y añadí―: Cuidaré de ellas. Y encontraré a la señorita Mina.
―Sé que lo harás. Y sé que no descansarás hasta que esté todo resuelto. Eres el único mortal a quien confiaría mi propia vida, Raoul. Lo sabes.
―Lo sé, señor.
Theodore asintió, satisfecho con la respuesta, y yo me giré para ir en busca del cuerpo de Freddy mientras él se acercaba a hablar con Selena.
―¡Raoul! ―me gritó desde lejos, cuando yo ya me encontraba entre los árboles.
Me di la vuelta para mirarlo; un punto blanco de cabellos dorados, surreal con su camisa de lino arremangada en la gélida brisa nocturna.
―Gracias, Raoul ―dijo, y desapareció entre las hojas.