11
Selena
Un gran lobo de pelaje grisáceo, de un blanco casi níveo en torno al morro, yacía inerte en un charco de sangre entre el mullido y oscuro lecho boscoso.
Penélope, que nos había guiado hasta el cuerpo, había caído postrada junto a él, aullando al cielo a cuatro patas. A pesar de su aspecto humano, su comportamiento delataba orígenes muy diferentes.
Iluminé la macabra escena con la linterna de mi teléfono. Para mí, no era la primera vez que veía a un animal muerto, y nunca era agradable; pero aquel lobo era mucho más que eso, y el luto se palpaba en el aire, apretándonos las entrañas a todos los presentes.
Teo se agachó y le dio un suave empujón al cuerpo, dejando al descubierto su pecho níveo. Una flecha, que había quedado atascada entre dos rocas, le sobresalía cerca del cuello, donde había dejado un oscuro agujero que empapaba el pelaje de sangre.
―Puntas de plata ―dijo Teo, hurgando un poco en la herida. Luego se limpió los dedos, restregándolos sobre el suelo embarrado, sin poder disimular su mueca de asco ante el olor―. Además, parecen bastante inusuales. Esto no lo ha hecho un cazador común.
Penélope no paraba de gemir. Sus lamentos se iban volviendo más agudos, convirtiéndose en gritos que rasgaban la negrura de la noche.
Jadeaba tan fuerte que me dije que había que encontrar algo para calmarla, y cuanto antes.
Miré a mi alrededor, en busca de alguna flor o raíz con la que prepararle una pócima de emergencia.
Sus aullidos debieron de alertar a Raoul de nuestra ubicación, porque llegó corriendo por el sendero, chorreando sudor.
―¡Santa Madre Luna! ―exclamó al ver la escena, y dio un salto aterrorizado hacia atrás―. ¿Qué ha pasado aquí?
―Todavía no lo sabemos ―respondió Teo, obviando los saludos―. ¿Dónde está Mina? ¿No estaba contigo?
―No. No la he visto desde la comida.
Raoul frunció el ceño y me miró, lanzándome una pregunta muda.
―No sé nada de ella ―respondí―. Me dijo que había unos animales heridos. ¿Unos lirones, o algo así? —Sacudí la cabeza, sintiéndome de pronto una idiota por haberla dejado irse sola—. Dijo que volvería enseguida, pero…
Raoul apretó la mandíbula, disgustado. Después se agachó junto a Teo y estudió el cuerpo del lobo muerto, usando su propia linterna.
―El ángulo de entrada de la flecha es extraño. ¿Lo ves? ―comentó, iluminando el fino ástil de madera que sobresalía del pecho de Freddy.
―¿Qué quieres decir? ―preguntó Teo, acercándose un poco más.
―Fíjate…
Raoul movió el ástil de la flecha de lado a lado. Estaba todavía clavada en el pecho del lobo, lo cual provocó un grito agónico por parte de Penélope, como si a ella también le doliera la herida. Ignorando los aullidos de la mujer, Raoul continuó:
―Si os fijáis, la flecha parece haber quedado atrapada entre las rocas, con la punta hacia arriba. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?
―Seguramente se introdujo ahí cuando el lobo… quiero decir, cuando Freddy cayó ―aventuró Teo.
Raoul trató de mover la flecha de nuevo, pero estaba fuertemente encajada en la grieta entre dos pesadas piedras.
―No sé. Solo digo que es extraño. ¿Mucha casualidad que cayera así, no?
―¡Dejad de profanar su cuerpo de una vez! ―gritó Penélope, interponiéndose entre Raoul y el lobo caído.
Luego se puso a gruñir a cuatro patas, arqueando la espalda. Parecía estar al borde de lanzarse al cuello de los dos hombres.
―Cálmate, Penny, por favor ―le dijo Teo con voz conciliadora, protegiéndose con las manos extendidas frente a él.
―¡Maldito vampiro apestoso! ―gritó ella, descargando su ira sobre Teo―. ¡Es culpa tuya! ¡Esto ha pasado porque habéis venido, estoy segura de que tiene algo que ver! ¡Estábamos bien hasta que llegasteis!
Se agazapó sobre el suelo, en posición de ataque. Raoul se interpuso entre ella y Teo, sus anchos hombros imponentes incluso al lado del alto vampiro.
Si no hacía algo pronto, alguien saldría herido. No podía permitir que aquello continuase ni un segundo más.
Olisqueé el aire: a lo lejos se apreciaba el ligero olor pungente de la valeriana.
De pequeña solía decirle a mi madre que la valeriana olía a pies, y a ella siempre le daba risa.
Esta planta a menudo crecía en los claros altos y húmedos, como el elegido por los arqueólogos.
El otoño estaba avanzado para encontrar flores, pero dado que no había nevado todavía, no era imposible.
Con suerte conseguiría un puñado de raíces que, bien machacadas, podrían servir para mis propósitos.
Iluminé el camino como pude, usando el teléfono, y bajé la empinada cuesta que llevaba hasta el lugar donde habían encontrado a Freddy.
Sin que nadie se diera cuenta, me adentré sola en la espesura, siguiendo el rastro de las hierbas medicinales.
Estaba casi segura de haberlas visto mientras recogíamos endrinas con Mina.
El claro no se encontraba donde yo pensaba: me había desorientado. Continué avanzando, y las voces se fueron apagando en la distancia. Me aseguré de no alejarme tanto como para dejar de oírlas. Cada vez se gritaban más fuerte unos a otros, así que tampoco era muy difícil.
Me costaba caminar en la oscuridad entre la hojarasca, suelta y húmeda: había perdido la práctica.
Mi niñez en el bosque me había enseñado a pisar ligero, tanteando el terreno primero, para evitar trampas y agujeros; pero hacía mucho tiempo que no lo hacía, y varias veces estuve a punto de resbalarme.
El aroma de la valeriana se perdió en el viento, y me pregunté si habría sido mi imaginación. Iluminé a mi alrededor y solo vi árboles y arbustos enmarañados.
Quizás no había sido tan buena idea separarme del grupo, después de todo.
Regresé sobre mis pasos, buscando el sonido de la discusión entre Teo, Penélope y Raoul. De pronto, sus voces ya no se escuchaban.
Comencé a preocuparme.
Me detuve y traté de conectar el GPS del móvil, pero el aparato seguía sin funcionar en medio de la nada.
Gruñí de frustración, incapaz de admitir que yo, Selena Herrera, la hija de María la Curandera, me había perdido.
Yo, que a los siete años trepaba y saltaba por las rocas más ágil que un rebeco, ocultándome en los rincones más recónditos de Ordesa cuando mamá me llamaba para bañarme después de cenar.
Yo, que había llegado a conocer ese rincón de los Pirineos mejor que cualquier niño conocía el patio de su casa.
Estuve tentada de gritar, pero cabía la posibilidad de alertar con ello a algún oso, en vez de a mis compañeros.
O a algo peor.
No.
Tenía que concentrarme y buscar el río yo sola. Si seguía bajando, terminaría por encontrarlo. Era un poco más difícil hacerlo en la oscuridad, pero sabía que podía. Lo había hecho mil veces antes.
Caminé, lo más silenciosa que pude, cuesta abajo.
Me pareció escuchar unas pisadas pesadas a lo lejos; recé por que algún animal salvaje no me hubiera seguido la pista.
Continué despacio, husmeando el aire en busca de humo o alguna otra señal del campamento.
Las pisadas de mi perseguidor, animal o humano, se volvieron más cercanas, disipando toda duda.
Una gota de sudor me resbaló por la frente, a pesar del frío cortante de la noche.
La criatura estaba cada vez más cerca.
Caminé más deprisa, huyendo sin querer admitirlo del cazador invisible.
Aquella súbita persecución me devolvió al pasado, y a esa noche que se repetía en mis pesadillas.
Mareada por el pánico, tropecé con una rama caída entre los arbustos y caí de bruces. La mullida vegetación amortiguó mi caída; apenas me hice un par de rasguños.
Los pasos estaban ya prácticamente detrás de mí. Me agarré al tronco de un árbol para ponerme en pie de nuevo, tan rápido como pude.
Tenía que escapar. En mi cabeza resonó la voz de mi madre:
«¡Huye, Sely! ¡Escóndete!»
Resbalé de nuevo, y al pensar en ella me vino a la mente nuestra canción : «En el bosque oculto, al caer la oscuridad, juntas entonamos, un antiguo cantar…»
Justo había conseguido levantarme cuando una mano fuerte me agarró del hombro, y una voz ronca masculló:
―¿A dónde crees que vas?