Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 10
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Selena

Sobre las siete de la tarde, las riberas del Ara se habían vuelto ya oscuras y engañosamente silenciosas.

La mayoría de arqueólogos se había marchado a casa; Freddy y Penélope habían desaparecido en el bosque, alegando que necesitaban ir a buscar unas ramas secas para la chimenea de su apartamento.

Su equipo se llevó los otros todoterrenos y solo quedó el nuestro, pero prometimos acercarlos a su hotel tras la reunión, junto con su cargamento de leña.

Entretanto, Raoul todavía no había vuelto de correr, y Mina se había marchado un rato antes, diciendo que le parecía oír los gemidos de un lirón herido; prometió no alejarse.

Yo confiaba en que los animales salvajes la guiarían de vuelta aunque oscureciese, así que no me preocupé demasiado cuando tardó en regresar.

A pesar de haber pasado mi infancia correteando entre esa misma frondosa floresta, desde entonces la vida me había dado muchos motivos para ser precavida en situaciones así.

Cerré el coche por dentro, y el clic de la cerradura me dio una falsa, pero bienvenida, sensación de seguridad.

Por inercia, tomé en la mano el teléfono para entretenerme, pero no había cobertura.

Lo dejé a un lado y busqué el gastado cuaderno que llevaba siempre en la mochila: recuerdo de mi madre, y una de las pocas cosas que había salvado de nuestra casa familiar tras su muerte.

Aquel libro contenía mayormente recetas, aunque también algunas canciones, dibujos y poemas: a pesar de estar sucio y arrugado, era mi mayor tesoro, y lo único que me había acompañado en todas mis mudanzas.

Hojeé las páginas y busqué alguna receta con la que aprovechar mi gigantesco botín de endrinas silvestres. Estaba enfrascada en la lectura, tomando apuntes en un cuaderno aparte, cuando unos golpes sobre el cristal me sobresaltaron.

―¡Selena! ¿Se puede saber dónde está todo el mundo?

Bajé la ventanilla del 4x4, que había quedado cubierta de polvo tras su paso por las pistas forestales.

Era Teo. Lo envolvía la característica nube de humo gris típica de un vampiro recobrando su forma humana; debía de haber volado hasta allí desde Ibiza, tal y como habíamos acordado.

―Pues… no sé ―respondí, dejando el libro a un lado y buscando mi chaqueta roja en el asiento de atrás―. Todos tenían cosas que hacer, y me quedé aquí sola esperando. En principio, habíamos quedado aquí a las…

Consulté mi reloj: eran las ocho y media. Hacía casi una hora que deberían haber regresado los demás.

―Ahora que lo dices, no sé por qué no han vuelto todavía ―comenté, abriendo la puerta para salir del vehículo―. Es un poco raro.

Me abroché la chaqueta y bajé del coche. Después comencé a caminar hacia el campamento, seguida por Teo, que olisqueaba el camino como un sabueso.

―¿Quién se encarga de la investigación? ―preguntó, cada vez más tenso―. ¿Habéis hablado ya con Leonard?

―Eh… no. Leonard tenía un asunto urgente en Egipto, al parecer. Hay una mujer que lo sustituye, una tal…

―¿Penny Torres? ¡Por Zeus, dime que no es ella!

Lo miré fijamente en vez de responder. Teo exhaló, haciendo acopio de paciencia, y se echó las manos a la cabeza.

―¡Santa Cripta! Esa mujer es intratable. Ladra por cualquier tontería, y siempre cree tener la razón. Se nos echará el invierno encima si Leonard no vuelve pronto.

―El marido parece agradable…

―¿Ese? Es un maldito perrillo faldero. No nos servirá de mucho.

Quise preguntarle de qué los conocía, pero justo entonces, una chaqueta amarilla asomó entre la foresta, acompañada de un ruido infernal de ramas rotas y hojarasca pisoteada.

―Hablando de la reina de Roma, por el bosque asoma… ―dije señalándola.

Penélope venía jadeando, con zancadas tan ruidosas y pesadas como las de un oso pardo.

―Señora Torres, qué gran placer volverla a… ―la saludó Teo con ironía, tendiéndole la mano.

Penélope ignoró su mano extendida y sacudió la cabeza. Luego se agachó, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Levantó un brazo, pidiéndonos un momento para recuperarse. Cuando por fin alzó la cara y nos miró, me chocó ver que tenía el rostro desencajado y húmedo de lágrimas.

―Es Freddy… Nos separamos para… ―dudó un momento, como si no quisiera revelar toda la información―, para buscar leña… y luego… luego perdí la conexión…

Sollozó, incapaz de terminar la frase.

―¿La conexión? ―pregunté, confundida―. ¿Vuestro teléfono funciona aquí?

Teo negó con la cabeza, acallándome.

―No creo que se refiera a ese tipo de conexión. ―me interrumpió. Después le hizo un gesto a Penélope, y le ofreció su brazo para que se apoyase. Esta lo rechazó y se irguió de nuevo―. Continúa, por favor, Penélope. ¿Qué ha pasado?

―No lo sé… no estoy segura… ―Gimoteó de nuevo, mostrando una debilidad que no había esperado en ella―. Está allí… lo he encontrado un poco más arriba. Estaba cubierto de sangre, y creo que está… que está…

Fue incapaz de pronunciar la palabra. De su garganta solo salió un desgarrador aullido, que recordaba al de un animal herido. Sin embargo, no fueron necesarias las palabras: tanto Teo como yo comprendimos al instante que al marido de Penélope le había ocurrido algo terrible.