9
Selena
Pasaba del mediodía cuando nos detuvimos en un mesón de carretera de aspecto mediocre.
Era uno de esos edificios bajos y anticuados, con un restaurante abajo y apartamentos cochambrosos arriba, pero se encontraba enclavado en un entorno espectacular, frente a los picos grises de roca de los Prepirineos, que parecían cortados a cuchillo.
Freddy aparcó en el parking casi vacío, delante de la terraza, y los cinco bajamos del coche.
Fuera, a pesar del fresco día otoñal, había dos mesas ocupadas: una con fumadores, mientras que en la otra almorzaba una pareja con tres huskies siberianos.
Cuando pasamos junto a ellos, los tres perros se encogieron, lloriqueando con incomprensible sumisión.
Penélope soltó una risita, y se agachó a acariciarlos.
Freddy los ignoró y fue a buscar una mesa dentro con buena vista.
―Es mi sitio preferido de la zona ―comentó Penélope tras entrar y sentarse. Abrió la carta, la ojeó un segundo y la volvió a cerrar, llamando al camarero con un chasqueo de los dedos―. Chuletas de ciervo para todos. Vino de Somontano… y civet de jabalí para picar mientras esperamos.
El camarero asintió y desapareció en la cocina, mientras los demás observábamos a Penélope con confusión.
―¿Perdón? ―pregunté―. Pensaba que veníamos a tomar café.
Freddy sonrió con inocencia.
―Sí, claro, también pediremos café ―dijo, como si fuera obvio―. Viene con el menú.
Iba a decir que hacía apenas un rato que habíamos desayunado, y que habría preferido no tener que zamparme un chuletón: no porque no tuviera hambre, que casi siempre tenía, pero llevaba meses tratando de empezar una dieta sin éxito y ya solo me quedaban dos pares de pantalones con los que no pareciese una magdalena desbordada.
La mano de Raoul me apretó el antebrazo por debajo de la mesa antes de que pudiera abrir la boca y presentar mis objeciones. Sacudió la cabeza levemente, pidiéndome que les siguiera el juego a los dos arqueólogos. Sin embargo, Mina no iba a ser tan fácil de acallar.
―¿Será broma, no? ―exclamó, dando una palmada en la mesa―. Gracias, pero no como carne de animales inocentes, ni menos de esos pobres ciervos y jabalíes, que corrían felices por los bosques hasta que vosotros…
―Es que es vegana ―la detuve, notando los semblantes desconcertados de Freddy y Penélope.
―¿Vegana? ―dijeron al unísono, como si aquello fuera una enfermedad.
Sujeté el brazo de Mina, pidiéndole paciencia, porque tenía cara de estar empezando a hervir por dentro.
―Sí ―insistí―. ¿En este sitio no hay nada que ella pueda comer?
Penélope miró a Mina como si fuera un extraterrestre, ladeando la cabeza.
―Pues… ni idea.
―¿Patatas al horno? ―propuso Freddy, rascándose la barba, que por zonas era ya completamente blanca.
―Servirá. Y una ensalada sin atún ―contesté yo por Mina, porque me temía que, si la dejaba hablar, se pondría hecha una furia y trataría de convencer a nuestros anfitriones de que visitasen un matadero y empezasen a comer seitán.
La comida transcurrió entre una conversación circunstancial e incómoda.
Mina se retorcía en el asiento y se esforzaba por no mirar los platos de los demás.
Tratando de ayudarle, creé una especie de fortín en torno a ella usando vasos, servilleteros y un florero pegajoso, con la esperanza de evitarle la visión de aquellos enormes chuletones sangrientos que, claramente, la estaban haciendo sentirse cada vez más mareada.
Raoul y los dos arqueólogos, por su parte, parecían estar disfrutando sobremanera del festín, hasta tal punto que pidieron una ración adicional de chuletas de cordero para cada uno y rebañaron la grasa de los platos con pan, hasta dejarlos relucientes.
Menos mal que hemos venido solo a tomar café, me dije. Nunca en mi vida había visto a tres personas que comieran tanto, ni tan deprisa. Comían con las manos, manchándose la cara como animales salvajes hambrientos, y hasta a mí me dio un poco de reparo presenciar aquel voraz espectáculo.
Cuando el camarero retiró los platos vacíos, el rostro de Mina estaba completamente ceniciento, y se excusó para ir al baño.
Entretanto, murmuré una invocación curativa sobre su copa de agua, y de paso también sobre la mía.
Cuando regresó se la bebió de un sorbo, y al poco rato sus mejillas recobraron el tono sonrosado.
―¿A qué hora viene vuestro jefe? ―preguntó Penélope, limpiándose la cara con una servilleta de papel barata―. El chupasangre.
Me sorprendió que conociera aquel detalle de Teo, pero Raoul y Mina permanecieron indiferentes ante el comentario.
―No antes de las ocho de la tarde ―respondió Raoul, tras consultar el horario de la puesta de sol.
―A esa hora ya no habrá nadie en el campamento ―apuntó Freddy ―. El equipo se aloja en unos apartamentos a las afueras de Torla. Sobre las cinco suelen marcharse todos.
―Bastará con que esté la persona responsable ―Raoul hizo una pausa, sin poder ocultar su disgusto por la ausencia del profesor Ellington―, y el Prisma de Ordesa, claro.
―Bien ―respondió Penélope, llamando al camarero para pedir, ahora sí, los cafés―.
Estaré yo como representante. Podemos reunirnos sobre las siete y media.
Hasta entonces, Freddy y yo tendremos trabajo preparando el nuevo hallazgo.
¿Preferís regresar al campamento con nosotros, u os dejamos en el hotel mientras tanto?
―Volveremos con vosotros ―contesté yo―. Tenemos el coche allí.
Los demás estuvieron de acuerdo, y tras tomar el café abandonamos el restaurante.
Una vez de vuelta en el bosque, Raoul nos informó de que necesitaba salir a correr un rato para rebajar la copiosa comida. Se adentró en el bosque y desapareció de la vista, dejándome a solas con Mina.
―Vaya panda de salvajes ―comentó ella, una vez se habían marchado los otros tres―. ¿Has visto cómo comían?
Asentí, vagando sin rumbo entre la maleza en busca de alguna seta jugosa para la cena.
―Oye, a ti que te gustan las hierbas ―dijo Mina señalando unas bayas rojas y alargadas―. ¿Eso no es un rosal silvestre? ¿Quieres que recolectemos unas cuantas bayas de escaramujo para algún hechizo? ¿O para hacer infusiones?
El rosal silvestre, o escaramujo, era desde luego una planta muy útil y beneficiosa, que habría podido reconocer hasta un niño. Pero nunca, jamás, la habría recolectado, ni menos aún consumido.
―No me gustan esas bayas. Les tengo un poco de tirria.
Mina rio.
―¿Y eso? ―dijo, tomando una y mordiéndola. La escupió con cara de asco―. Bueno, a decir verdad, están un poco asquerosas.
―Qué tonta eres ―respondí, sacudiendo la cabeza y quitándole el resto de bayas de la mano―. Hay que hervirlas.
Divisé unos endrinos que crecían junto a las riberas del río, sobre la tierra húmeda. Sus ramas estaban cargadas de pequeñas bayas negras, y me atrajeron al instante.
―¿No tendrás una bolsa por ahí? ―le pregunté a Mina.
Esta asintió, y sacó una bolsita plegada del bolso: de algodón ecológico sin blanquear, muy propio de ella. Me la tendió y corrí a llenarla de endrinas, fantaseando con las pócimas y tinturas que podría preparar con ellas.
―¿Esas sí que te caen bien? ―me preguntó Mina con expresión divertida.
―¿Sabes que con los endrinos se puede preparar una medicina laxante, y también contra la diarrea? ―repliqué yo, emocionada―. ¿No te parece fascinante que partes diferentes de la misma planta puedan tener efectos opuestos?
Mina alzó una ceja con escepticismo al escuchar la palabra “laxante”; seguramente todavía se acordaba de los resultados de mi última pócima milagrosa. Pero luego su expresión cambió de golpe, como si acabara de ocurrírsele algo.
―Esa Penélope y su marido… ―dijo, tomando una bolita negra entre los dedos y girándola, distraída.
Comprobó que estábamos lo suficientemente lejos del campamento para que no nos oyeran, y continuó―.
Está claro que son lobos, los dos. No hay más que verlos.
¿No te parece raro que Teo haya accedido a trabajar con ellos? ¿A ti no te molesta?
Me encogí de hombros; mi cerebro estaba concentrado en detectar todas las endrinas de la contornada, como un radar.
―Raoul también lo es, y Teo confía en él ―dije, eligiendo las bayas de aspecto más sano―. Lo importante es que hagan bien su trabajo, ¿no? ¿Qué más dará lo que sean?
Mina me agitó la mano delante de los ojos para llamar la atención.
―¿Hola? ¡Son lobos, Selena! ¿De verdad no te importa tener que pasar tiempo con gente así?
En ese instante me sentí como si despertara de un sueño. Había estado tan concentrada en recolectar las bayas que, literalmente, no había prestado demasiada atención a lo que mi amiga estaba diciendo.
Tragué saliva y miré alrededor.
Por un instante, en el lugar donde se encontraba Mina me pareció ver a mi madre, con un pañuelo floreado en el pelo, cantando nuestra canción secreta.
Recordé cómo me explicaba que el jarabe de los frutos del endrino se usaba como astringente, mientras que las flores y las hojas eran un fantástico laxante.
A papá le gustaba hacer pacharán, aunque por razones obvias, a los niños nunca nos dejaba probarlo.
«Pero la corteza de la arañonera es venenosa, y las pepitas machacadas también, así que ten mucho cuidado de no tocarlos con los dedos, Sely», me decía siempre mi madre: le gustaba llamarlo arañonera , aunque era la misma planta.
Cerré los ojos y, cuando volví a abrirlos, la imagen de mi madre había desaparecido, sustituida de nuevo por Mina, con su diadema de flores y los brazos en jarras, esperando a que retornase de mi ensoñación.
Sentí que se me enturbiaba la vista por las lágrimas, y me froté la cara con la esquina de la bolsa de tela. Me acuclillé junto a los arbustos, temerosa de perder el equilibrio.
―Ahora sí ―dijo Mina, agachándose a mi lado―. Por fin lo has entendido.
Inspiré hondo.
―Tengo que superarlo, Mina ―murmuré.
―Sí, en eso tienes razón ―Mina me acarició la espalda, comprensiva―.
Pero eso no significa que tengas que fiarte ciegamente de cualquiera, solo para demostrarte a ti misma que has dejado atrás el pasado.
―Frunció el ceño, y miró hacia el campamento, donde la chaqueta amarilla de Penélope destacaba entre las tiendas verdes―.
No sé, Selena. Creo que debemos tener cuidado. Hay algo aquí que me da mala espina.
―Con un trabajo como el nuestro, no puedo dejar que eso me limite para siempre. Y no creo que esos dos lobos sean de esta zona.
No; seguramente no lo fueran.
Pero, aun así, eran de la misma especie que las bestias horribles que habían acabado con toda mi familia, en ese mismo bosque, mucho tiempo atrás.