Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 8
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Raoul

La joven de la coleta sujetaba con pinzas un pedazo de cristal lechoso de aspecto aparentemente inocente.

Sin duda, no lo era: pude sentir cómo zumbaba en el aire, emitiendo una llamada oscura y casi tan inquietante como la pareja de lobos que regentaba el campamento en ausencia del tal profesor Leonard.

―¿Puedo verlo? ―preguntó Selena, haciendo amago de tomarlo entre los dedos. Al agacharse, no pude evitar apreciar la perfecta redondez de su trasero. Aparté la vista, azorado, y me centré en el objeto que acababan de desenterrar los arqueólogos.

Penélope se interpuso entre Selena y la joven que había encontrado el fragmento, agarrándolo antes de que nadie más pudiera hacerlo, con gesto posesivo.

―Apartaos ―ordenó―. La jefa de esta excavación soy yo.

―¿Qué es eso? ―preguntó Selena, visiblemente contrariada por la agresiva irrupción de Penélope.

―¿De verdad no lo sabes? ―preguntó ella con tono de sospecha, y pareció volverse más grande mientras hablaba―. ¿Por qué narices te han enviado aquí, entonces?

Selena le sostuvo la mirada, retándola en silencio.

―Pues no lo sé, ¿para devolver a algún espíritu al sitio de donde vino? ―replicó la bruja―. Es lo que solemos hacer en la agencia. Pensé que tú me explicarías los detalles. O, a lo mejor, solo los sabía Leonard, pero claro, como ni siquiera ha tenido la decencia de presentarse…

―Está bien, está bien… ―se interpuso Freddy, agitando los brazos para apaciguarlas―. El Prisma de Ordesa. ¿Habéis oído hablar de él, al menos?

Selena y Mina sacudieron la cabeza, y después se giraron a mirarme.

―Algo he oído ―dije, recordando la breve visita con Theodore al caballero belga de Portinatx.

―Aquí en el bosque no ―susurró Penélope, calmándose un poco, y luego señaló uno de los gastados 4x4 de su equipo―. Vayamos al pueblo. Hablaremos de camino, dentro del coche es más privado. De todos modos, necesito un café como Dios manda.

―Cuando se acaba el café, se pone insoportable ―comentó Freddy, encogiéndose de hombros.

Freddy se empeñó en conducir, lo cual me molestó: prefería tener el control siempre que fuera posible.

Sin embargo, no tenía ganas de discutir con aquellos dos, de modo que me embutí como pude en la parte trasera del vehículo, junto a las dos brujas.

Selena iba en medio, y un delicioso aroma a vainilla y canela me envolvió al verme aplastado contra su costado a la fuerza.

Su jersey rojo de lana de angora me hacía cosquillas en el dorso de la mano, y pude sentir el calor y la firmeza de sus anchos muslos a través de los pantalones de pana.

Inspiré de nuevo, y mi cerebro se inundó de súbitas fantasías en las que imaginaba qué podría haber debajo de aquel grueso jersey.

¿Serían sus pechos tan firmes y generosos como parecían sus muslos a través de los pantalones?

¿Tan sonrosados como sus mejillas doradas de sol… ?

―Me estás pisando ―gruñó Selena, sacándome de mis estúpidas reflexiones―. ¿Puedes correrte un poco?

―Eh… sí… ―Miré hacia la mugrienta puerta del 4x4, esforzándome por regresar al presente―. Hacia ahí… claro. Este coche es un poco estrecho para cinco personas.

―También tenemos un transportín en el maletero, si lo prefieres ―comentó Penélope con sorna.

―¿Para meter a tu marido cuando no obedece? ―repliqué, siguiéndole el juego.

―Ese siempre obedece ―me susurró Selena al oído, con una risita de complicidad que solo yo pude oír.

Penélope soltó un gruñido bajo.

―Bueno, a lo que íbamos ―dijo Freddy, sin dejarse ofender en lo más mínimo por nuestra conversación―. La Umbrícora. Habéis oído hablar de ella, supongo.

―La Oscuridad Primal ―dijo Mina, asintiendo―. La muerte silenciosa. Conocemos las leyendas antiguas, sí.

―Correcto, aunque no son leyendas, ni mucho menos antiguas ―apuntó Freddy―. Hay portales que dejan pasar la Energía Oscura a nuestro plano, como seguramente sabéis.

―Sí, bueno, pero ya no queda ninguno ―dijo Mina, observando los pájaros a través de la ventanilla.

―Claro que quedan ―dijo Penélope―. Ese es el problema.

Nos han hecho creer que se cerraron todos, pero no es verdad.

El Prisma de Ordesa es solo uno entre cientos: quedan muchísimos.

El hecho de que nuestra comunidad los ignore los hace todavía más peligrosos, porque sus efectos nos pillan desprevenidos.

Es una maldita plaga, y no hay cura conocida.

Selena se estremeció, y me apretó el brazo buscando apoyo. Sus dedos, diminutos, se clavaron en mi antebrazo desnudo, devolviéndome por un instante a las fantasías de unos minutos antes.

―No entiendo por qué Teo nos mandaría aquí para una cosa así ―dijo Selena, asomando la cabeza entre los dos asientos de delante para ver mejor a los dos lobos―. No es el tipo de misión que suele encargarnos.

La observé con curiosidad: D’Alessandro había dicho que uno de los motivos para elegir a Selena era su buen conocimiento de la zona. Pero quizás ella no quisiera compartir ese dato con aquellos extraños.

―Esto es algo que tendríais que haber discutido entre tu jefe y tú ―replicó Penélope, señalando un restaurante de carretera por la ventanilla―, pero imagino que se necesitará una bruja si encontramos un portal activo. Para desactivarlo, ¿no? ―añadió.

―No tengo ni idea de cómo hacer eso ―murmuró Selena, y después se giró hacia Mina―. ¿Y tú tampoco, imagino?

Mina le lanzó una mirada misteriosa, y después inclinó la cabeza lentamente hacia Penélope y Freddy, sin que ellos se dieran cuenta.

―No, claro ―respondió lentamente, aunque sus ojos delataron que no estaba siendo del todo sincera―. No tengo ni la menor idea.