Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 7
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Selena

A pesar del agradable aire montañés, pasé una noche horrible.

Me desperté innumerables veces creyendo que oía gritos y aullidos de lobos en los bosques circundantes.

Sobre las cuatro de la madrugada, escuché un golpe y salté de la cama como un resorte, convencida de que el enorme pájaro negro había regresado y estaba dentro de la habitación, espiándonos.

Iluminé el techo y las esquinas con la pantalla de mi teléfono para no despertar a Mina, pero no vi nada.

La lámpara se balanceaba del cable, pero aparte de eso, la habitación estaba tranquila y silenciosa.

Conseguí dormitar un poco en las horas anteriores al amanecer, hasta que me despertó una presencia a dos dedos de mi frente. Era solo Mina, agachada sobre mi rostro con una expresión traviesa.

―¿Piensas dormir todo el día? ―preguntó. Sus ojos, ya de por sí grandes, parecían gigantescos a tan corta distancia―. Ya sabes cómo son los licántropos. Raoul lleva levantado desde las seis, ha desayunado ya dos veces, y no para de preguntar cuándo iremos al campamento.

Me desperecé y me cubrí con la manta, sintiendo ya las consecuencias de mi noche de insomnio.

―Solo un ratito más… ―murmuré con los ojos cerrados.

Mina dio una palmada, me destapó de golpe y me lanzó un jersey rojo de lana sobre la cabeza. Luminix me saltó sobre las costillas con las cuatro patas a la vez, dejándome sin aliento.

―¡De eso nada! ―dijo Mina, apartando al gato―.

Ya está bien de dormir. No sabes lo pesado que está Raoul.

Además, tengo hambre. Te estaba esperando para desayunar y solo he tomado un café mientras tú dormías.

Como no te des prisa no va a quedar nada en el bufet, porque Raoul se ha zampado ya casi todo.

Las camareras nos miraban como si fuéramos unos gorrones.

Gruñí y me arrastré fuera de la cama. Me puse el cálido jersey, junto a unos pantalones entallados de pana marrón y unas botas montañeras.

Me había llevado también mi parka roja con capucha, la que prácticamente nunca usaba en Ibiza, a sabiendas de que el tiempo en Huesca era bastante más frío que en las islas Baleares.

―¿Toda de rojo? ―rio Mina, bajándome la capucha en broma y tapándome los ojos―. ¡Pero si pareces Caperucita!

―Pues tú Pocahontas ―repliqué, tirándole de la trenza―. Es la única chaqueta de invierno que tengo, listilla.

Desayunamos rápidamente, aprovechando lo poco que quedaba en la cafetería.

Estuve agradecida de que Raoul hubiera arrasado con la mayoría de los croissants, porque estaban tan buenos que me los habría comido todos.

Luego salimos a la calle, donde nos esperaba haciendo flexiones con una mano, junto al coche de alquiler.

―¿Cuántas llevas ya? ―pregunté, admirando la facilidad con la que subía y bajaba, como si tuviera un resorte oculto.

―Doscientas cuarenta y nueve ―respondió sin detenerse ni perder el aliento, y yo alcé una ceja, preguntándome si sería cierto.

Fuera como fuese, me alegraba de ver que por fin se le habían pasado los efectos de mi poción laxante.

Mina dejó a Luminix en el hotel, no sin antes asegurarse de que tenía comida, agua y suficiente arena para todo el día.

Luego condujimos montaña arriba durante un buen rato, siguiendo una estrecha y sinuosa carretera entre pinos y abetos.

El asfalto se convirtió después en una pista forestal, pero no nos detuvimos: Teo nos había indicado claramente dónde se encontraba el campamento, más allá de los caminos transitados.

En un punto indefinido entre troncos, rocas y helechos, el navegador declaró, mucho más seguro de sí mismo que nosotros: «Ha llegado a su destino».

Los tres nos miramos extrañados, pero Raoul detuvo el motor y aparcó el todoterreno a un lado de la pista.

El único camino practicable era poco más que un sendero bloqueado aquí y allá por ramas crecidas y troncos caídos tras alguna tormenta.

Lo seguimos durante unos minutos y, unos metros más adelante, nos alivió ver un par de 4x4 parados en medio del bosque: no éramos los únicos.

A lo lejos divisamos también carpas blancas de tela, sujetas sobre finos postes metálicos, que marcaban la posición del campamento arqueológico.

Un rumor de voces se elevó entre el susurro de las hojas en el viento.

Lo seguimos en silencio, con curiosidad por ver qué nos esperaba al otro lado.

Bajo las carpas blancas, que se mecían con la brisa otoñal, nos sorprendió encontrar un bullicioso campamento arqueológico: recordaba a un hormiguero plagado de científicos, que repasaban pedruscos polvorientos con pinceles diminutos.

Habían cubierto el suelo del claro con lona y se movían de un lado a otro como hormigas, ocupados en sus meticulosas excavaciones junto a la ribera del río.

En el punto central del campamento, una gran mesa de trabajo sostenía mapas, brújulas, pinceles y otros artefactos que no supe identificar.

Un hombre y una mujer de mediana edad estaban agachados sobre una rejilla, trazada en el suelo con clavos y cuerdas junto al lecho del río.

Ambos llevaban chaquetas de tonos amarillentos: la de ella era lisa, y la de él con motivos de camuflaje.

El hombre tamizaba la tierra con mucho cuidado, mientras que la mujer iba limpiando cada fragmento que desenterraban con un pincel.

La mujer, pecosa y con gafas, levantó la vista al vernos.

Se sacudió las manos en los pantalones sucios de tierra y se nos acercó, reajustándose el gorro de lana sobre su rizada cabeza.

Nos miró a los tres, con una cara abarrotada de pecas por el exceso de sol y aire libre, y me tendió primero la mano a mí, que iba delante.

―Penélope ―se presentó, y después señaló hacia el hombre con gorra y barba corta y grisácea, que seguía tamizando arena como si le fuera la vida en ello―.

Vosotros debéis de ser los del Serenata.

Bienvenidos. Por cierto, eso de ahí es Federico, aunque todos lo llamamos Freddy .

Es mi marido. Pero no le gusta saludar, ni menos aún hablar con seres humanos, así que ignoradlo.

Es solo una máquina de tamizar depósitos sedimentarios, aunque muy eficaz.

Fue él quien encontró el fragmento del Prisma de Ordesa. ¿Supongo que lo habréis visto ya?

Antes de que pudiera responderle que no, el hombre levantó la cabeza y dejó el tamiz a un lado con expresión ofendida.

―¡Penny! ¡Venga ya! ―gritó. Se caló la gorra descolorida y sacudió la cabeza―. No le hagáis caso a mi mujer. Le encanta meterse conmigo.

Penélope lo atrajo hacia sí y lo rodeó con el brazo afectuosamente, dejando ver el dorso de su mano, lleno de pecas y manchas marrones.

―Es lo que pasa cuando llevas veinte años casada y encima compartes oficio ―comentó, girándole la gorra a su marido y tapándole los ojos―. Todo el día juntos. Una pesadilla.

―¿Quién de vosotros es Leonard? ―preguntó Raoul, acercándose al grupo a grandes zancadas―. ¿El profesor Ellington?

Raoul ojeó las tiendas de campaña de color verde militar al fondo del campamento, entre las que correteaban un par de personas más. Luego arrugó la nariz, como si notase un mal olor en el aire, y se apartó un poco de los dos arqueólogos.

―Ninguno ―respondió Penélope―. Leonard no está. Justo ayer se marchó a Egipto por un asunto urgente.

―¿Egipto? ―repitió Raoul, poniendo los brazos en jarras―. Tiene que ser un error. Esta noche había quedado con nosotros y con Theodore, nuestro jefe.

―Pues no está ―reiteró Penélope secamente.

―Eso es inaceptable. Hemos venido desde la otra punta del país, ¿y nos deja plantados?

―Baja esos humos, Toby ―rio la mujer, mientras fruncía la nariz y olisqueaba disimuladamente a Raoul, exactamente igual que había hecho él al llegar―.

No es mi culpa que Leonard se haya marchado sin avisar, pero ya se sabe: los arqueólogos ingleses siempre se comportan como divas.

Dijo algo de una pirámide, una maldición…

la clásica excusa. Pero no os preocupéis: por suerte estoy yo aquí, y os lo explicaré todo, probablemente mejor que él.

Los profesores universitarios siempre hablan en ecuaciones, de todos modos.

Yo os seré mucho más útil. Mi sabiduría es ingente, y totalmente práctica.

A juzgar por su mala cara, a Raoul no le hizo ni pizca de gracia que se refiriese a él como Toby, ni menos aún el tener que tratar con Penélope en vez del profesor Leonard Ellington. Noté su cuerpo vibrar de furia, aunque no dijo nada al respecto.

Freddy, el marido de Penélope, debió de darse cuenta también, porque se interpuso entre su mujer y Raoul con aire apaciguador.

―Bueno, bueno, tranquilidad. ¿Por qué no os sentáis a tomar algo? Os podemos ofrecer agua, gaseosa y café del termo, aunque estará frío…

―Café no queda ―lo interrumpió Penélope―. Habría que bajar al pueblo.

―Agua está bien ―dijo Mina desde el fondo.

Una horda de ardillas la seguía, cargando castañas y bellotas entre sus diminutas manitas. Mina se agachó con una sonrisa y extendió el brazo para que pudieran subir por él, hasta posarse en su hombro.

―Los animales la adoran ―puntualicé―. Puede convencerlos de que hagan cualquier cosa.

―Ya veo ―dijo Penélope, frunciendo los labios y apartándose un poco―. ¿Y a ti eso no te preocupa? ―añadió, girándose hacia Raoul.

―No lo había pensado ―respondió, y luego, con cierta ironía, añadió―: ¿Y a ti? ¿Te preocupa?

Me pregunté a qué clase de juego estaban jugando esos dos, pero en ese mismo instante alguien gritó desde el otro lado del campamento, llamando a los arqueólogos.

―¡Penny! ―Era una chica con coleta, que agitaba el brazo para llamar su atención―. Venid a ver esto. ¡Creo que tenemos otro!

Penélope y Freddy se dieron la vuelta de inmediato y corrieron hacia su compañera. La alcanzaron en menos de tres segundos, saltando con una agilidad insólita para dos humanos ordinarios.

Raoul los miró de reojo y comenzó a seguirlos con dificultad, como si algo lo repeliera.

―Esos dos no me gustan nada ―murmuró antes de darme la espalda.