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Selena
El rostro de Raoul tenía un tono ceniciento, casi verdoso, cuando desembarcamos junto a Mina y su gato en el puerto de Denia, de camino al campamento de los arqueólogos.
El pobre Raoul se había pasado la mitad de la travesía en ferry encerrado en los baños del barco, y yo me sentía fatal por ser, al menos en parte, la culpable de su espantoso malestar estomacal. Me consolaba repitiéndome que nadie lo había obligado a beberse esas dos copas sin preguntar antes.
No, definitivamente no era culpa mía.
Aunque, para ser sincera, me alegraba en mi fuero interno de saber que el conjuro había funcionado. El grimorio de mi madre era reducido, pero infalible.
En el puerto de Denia el sol brillaba con fuerza, y el castillo fortificado se alzaba sobre los yates amarrados junto a la orilla, encaramado en la roca entre pinos y palmeras.
Raoul se arrastró pesadamente por la rampa de salida hasta tierra firme.
Después se puso en cuclillas, con las manos sobre las rodillas y la cabeza agachada, como esperando a que el suelo dejara de tambalearse bajo sus pies.
Ver a un hombre tan grande y corpulento en tal estado de debilidad, y más por una causa tan ridícula, resultaba desconcertante.
―¿Cómo te encuentras? ―pregunté, dándole un golpecito en el hombro con el dedo índice.
―Estaría mucho mejor si no me hubieras envenenado anoche ―gruñó en voz baja, y me pareció que murmuraba algo así como condenada poción de cagaleras , pero no estuve segura de haberlo entendido bien.
Mina reprimió una risita, tapándose la boca, y yo le lancé una mirada furibunda para que se callase. En el fondo me alegraba verla reír, porque no le había hecho ninguna gracia que Teo la obligase a unirse a nosotros en la misión y se perdiese su manifestación por los osos panda o algo parecido.
―Por cierto, yo no te envenené ―me defendí, apartándome de Raoul―. Uno no va por ahí bebiéndose lo primero que encuentra. ¿Es que tu madre no te enseñó a no beber de un vaso sin saber de quién es?
Sus gruesas cejas se unieron en un gesto de rabia poco común en él.
―Preferiría que dejaras a mis padres fuera de tus bromas sin sentido ―dijo secamente.
Me enderecé, sintiendo sus palabras como un golpe en el esternón.
―Vaya humos tenemos esta mañana ―refunfuñé―. Perdona, ¿eh?
Mina carraspeó para aclarar el ambiente, que acababa de volverse desagradablemente denso.
―Creo que será mejor que conduzca yo ―ofreció, dándole una palmadita en la espalda a Raoul―. Así me aseguro de minimizar las emisiones de CO 2 . Tú no estás para llevar un coche, en ese estado.
Raoul la apartó de su lado y echó a caminar por la acera desierta y bajo el sol, sin mirarnos.
―No me pasa nada ―gruñó, buscando en su teléfono la ubicación de la oficina de alquiler de vehículos―. Puedo conducir perfectamente.
No había terminado de decirlo cuando una mueca de dolor deformó su rostro y comenzó a mirar a un lado y a otro, en busca de un inodoro.
Suspiré.
Iban a ser seiscientos kilómetros muy, muy largos hasta Huesca.
***
Raoul había reservado un Land Rover 4x4 tan robusto y enorme como él. Mina se quejó de que contaminaba demasiado, de la huella de carbono y no sé qué más. Ninguno de nosotros intentó refutar sus argumentos, pero el alquiler ya estaba pagado y nos lo quedamos.
Tras unas horas, cuando las fértiles huertas fueron dando paso a campos de secano, y al caer la tarde el camino se estrechó y dejó entrever los Pirineos a lo lejos, tuve que estar de acuerdo con Raoul en que aquel vehículo era nuestra única opción para llegar hasta nuestro destino en el bosque de una pieza.
Poco a poco, el frondoso paisaje y los prados cada vez más verdes trajeron la mente un tropel de recuerdos enterrados del pasado.
Conseguimos llegar a la hora planeada, sin hacer demasiadas paradas a pesar del delicado estado del estómago de Raoul. Se empeñó en comprar algo en la farmacia, aunque le ofrecí muchas veces probar algún contrahechizo o poción que le ayudase a sentirse mejor.
―No me fío. Ya tengo bastantes brujerías para una temporada ―fue todo lo que dijo, mientras masticaba unas extrañas pastillas negras como el carbón que, supuestamente, le ayudarían a sobrevivir el resto del viaje.
Teo nos había reservado habitaciones en Aínsa, una localidad encantadora de aspecto medieval en pleno Pirineo aragonés, repleta de hermosas casas de piedra sólida y gris. Según el mapa, nuestro hotel se encontraba muy cerca de las riberas del río Ara.
Para cuando llegamos allí, ya había anochecido y los tres estábamos agotados. Mina, Luminix y yo compartimos habitación y le dejamos a Raoul la otra. Era una suerte que tuviera una para él solo, porque iba a necesitar el baño mucho más que nosotras.
Mina fue a ducharse primero, y yo me tendí junto al gato en la mullida cama de hotel, ojeando las redes sociales en mi teléfono mientras la esperaba.
Le envié un mensaje a Teo, avisando de que ya habíamos llegado, y le pregunté a qué hora vendría.
Por razones obvias, Teo no podía viajar con nosotros durante el día, pero me había prometido acercarse volando para organizar la búsqueda y presentarnos al equipo de arqueólogos antes de marcharse a Dubái con Iris al día siguiente.
«Estaré allí mañana por la noche», llegó su respuesta, «pero me marcho después de la reunión.»
Dejé el teléfono a un lado y miré por la ventana.
La oscuridad era casi completa, a excepción de las suaves farolas y alguna que otra luz en las ventanas vecinas.
Me acerqué a abrirla un poco para inspirar el aroma a bosque, y este a su vez me transportó a mi infancia; a tiempos felices que ya jamás volverían.
Cerré los ojos y pensé en mi madre; en sus migas a la pastora con huevo y granos de uva y en mis dos hermanas pequeñas correteando por el patio de la casa de huéspedes.
Un golpe contra el cristal me hizo abrir los ojos de golpe. Los abrí a tiempo de divisar un gran pájaro negro que se alejaba: un cuervo. Del susto solté un grito involuntario. Luminix maulló sobresaltado, y Mina salió corriendo del baño, chorreando agua y envuelta en una mullida toalla blanca.
―¿Qué pasa? ―me preguntó, asomándose a la ventana junto a mí tras comprobar que Luminix estaba bien.
Sacudí la cabeza.
―Nada. Un pájaro ha chocado con el cristal como si pensara que la ventana estaba abierta. Ha sido bastante raro.
―Hmm. ―Mina se anudó la toalla bajo el brazo para que no se le cayera. Luego se puso a rascar al gato tras las orejas, pensativa. Para entonces, el ave era ya poco más que un punto negro en el oscuro horizonte―. ¿Tú crees que era un pájaro normal?
Me giré para mirarla a los ojos, deseosa de quitar hierro al asunto. Ya era bastante tener que estar allí, tan cerca del lugar donde mi vida había dado un vuelco. No necesitaba preocupaciones extra.
―No sé. ¿Tú qué opinas? ―dije, fingiendo indiferencia―. ¿Piensas que era Teo, espiándonos mientras nos duchábamos?
Mina me dio una suave colleja.
―Claro que no, tonta. Pero lo digo en serio. Yo entiendo de animales, y eso… eso parecía otra cosa.
―Teo ha contestado que vendrá mañana. Así que él no era.
―Ya te he dicho que no creo que sea Teo. Pero… él no es el único vampiro del país, y me preocupa pensar que alguien vino a observarnos a propósito.
―Bueno ―dije, escaneando la habitación en busca de algo que comer para calmarme―. El mirón ya se ha marchado.
Mina se mordió el labio, pensativa, y luego regresó al baño, dejando un rastro de agua allá por donde pasaban sus pies mojados.
―Envíale un mensaje a Teo ―gritó a través de la puerta―. Pregúntale si hay algún vampiro por aquí que él conozca. A lo mejor era algún miembro del grupo de arqueólogos.
Asentí y pasé el cerrojo de la ventana, por si acaso. Luminix se había apoyado sobre el alféizar, y bufaba a través del cristal, aunque yo no pude ver nada. El hechizo de ocultación comenzaba a disiparse, y el minino estaba recuperando su color original fluorescente.
―Ven aquí, gatito raro y verde ―le dije, dándome una palmada en el regazo para que subiese.
Luminix saltó sobre mis rodillas y suspiré al hundir mis dedos en su pelo sedoso. Luego cogí el teléfono y le escribí a Teo, tal y como había sugerido Mina. Su respuesta no se hizo esperar:
«No hay ningún vampiro en el equipo», dijo, «Si veis alguno, no es de fiar. Infórmame inmediatamente de cualquier suceso sospechoso. Tengo razones de peso para pensar que cualquier criatura sobrenatural con la que os encontréis podría ser sumamente peligrosa.»