5
Raoul
Llegamos al Serenata pasadas las once. Nunca me había molestado trabajar por las noches.
Es más; durante mis años en el bosque solía correr de madrugada sobre el mantillo húmedo: era el mejor momento para dar con presas incautas.
Sin embargo, ese día me sentía agotado. Mi extenuación, más bien de tipo mental, había surgido a raíz de la visita a la fría casa del arqueólogo de Portinatx.
―¡Teo! ―gritó Mina al vernos llegar, agarrando al vampiro del brazo para que se detuviese―. ¿Cuándo vuelven Naomi y Oksana? ¡Esto es una locura! Y encima, Selena dice que se marcha mañana por la mañana. ¿Es broma, verdad?
Mina me ojeó de arriba abajo, dejando claro que sabía con quién se marchaba su compañera.
―Eh, bueno… ―contestó Teo, mirando su reloj de acero―. Naomi y Oksana vuelven mañana. No te preocupes.
―Ya, pero yo también necesito días libres ―continuó Mina, bloqueándole el paso al vampiro, aunque le sacaba más de una cabeza―. Este fin de semana hay una manifestación contra el cambio climático y he quedado con unas amigas. Soy la portavoz del grupo.
―A decir verdad, pensaba que tú también nos acompañarías a los Pirineos…
Viendo que aquella conversación iba para largo y no necesitaban mi presencia, me largué de allí en busca de una copa. No solía beber a menudo, pero esa noche sentía que estaba a punto de perder los nervios.
No había nadie tras la barra, pero me encontré dos Martini olvidados junto a la caja. Les faltaba la oliva, y claramente estaban sin terminar de preparar. Cogí uno y lo olisqueé: fresco y bien cargado, justo lo que necesitaba.
En ese momento salió Garrett de la cocina, sujetando su teléfono móvil contra la oreja.
―¿Dónde está Selena? ―me susurró, con su curioso acento.
―No la he visto ―respondí encogiéndome de hombros.
―Tío, necesito que le des la vuelta a una tortilla. Esta noche no paran de llamarme desde Sídney por un rollo del divorcio. Alicia está insoportable. Pero tranqui, tronco, que vuelvo enseguida,
Se marchó antes de que pudiera explicarle que jamás le había dado la vuelta a una tortilla.
Con las dos copas de Martini todavía en las manos, entré en la cocina y observé la mezcla de huevo semilíquido y patatas que borboteaba en la sartén.
¿Qué se suponía que tenía que hacer con esa cosa?
Personalmente, prefería los huevos completamente crudos.
Me bebí un Martini de un trago para liberar una mano y cogí la espumadera con la otra. Traté de darle la vuelta a aquella masa informe, pero solo conseguí revolverlo todo.
―¡Maldita sea, Garrett! ―farfullé, frustrado.
Sacudí la sartén, tratando de darle la vuelta en el aire, pero en vez de eso, el huevo líquido salió volando y lo salpicó todo.
Trozos de patata y huevo crudo quedaron pegados a la pared cubierta de acero, y comenzaron a chorrear lentamente hacia el fuego encendido.
Corrí en busca de servilletas para limpiar el desbarajuste y, mientras tanto, lo poco que quedaba en la sartén comenzó a oler a quemado.
Solté una maldición, sin saber cómo arreglar aquello.
Cogí la otra copa y, sin pensarlo, me la terminé de un sorbo mientras buscaba con la mirada el cubo del mocho.
Garrett volvió a entrar, limpiándose las manos en el delantal.
―Perdona, tío ―dijo―. Es que llevo un día… en Sídney son las nueve de la mañana, ¿sabes? Pero mi ex ya está sacando toda la artillería pesada ―Miró lo que quedaba de su tortilla y se llevó las manos a su rubia cabeza―. ¡Pero tronco! ¿Qué has hecho? ¡Me la has destrozado!
Me encogí de hombros y salí sin decir nada. No era mi culpa si se había quedado sin tortilla por atender asuntos personales durante el trabajo.
A mí me habían contratado para conducir y repartir leches en caso de emergencia, no para cocinar cosas raras.
En la terraza, Mina y Teo seguían enfrascados en su discusión sobre las vacaciones. Acostumbrado a esperar, metí las manos en los bolsillos del traje y paseé hacia la playa. Me detuve frente a la barandilla de cristal que marcaba el final de la terraza y miré las olas.
Al día siguiente tendría que tomar el ferry junto a Selena y conducir hasta los Pirineos.
No podía decidir qué era lo peor de todo: tener que compartir el viaje con una bruja, y en particular con esa bruja que nublaba mi entendimiento, o verme obligado a regresar a un lugar que me estaba vetado, y al que me había prometido no volver jamás por mi bien y el de muchas otras personas.
Sentí que se me revolvía el estómago: eran los nervios, sin duda. Ojalá pudiera decirle que no a Theodore, pero…
―Eh, Raoul…
Una voz dulce y suave me sacó de mis pensamientos.
Al darme la vuelta vi a Selena, con aquellos ojos grandes y negros resaltando en su rostro bronceado, que quedaba bien visible gracias al pelo recogido en una coleta alta de color azabache.
Llevaba una sudadera a medio abrochar que dibujaba sus curvas al detalle, y unos pantalones vaqueros deliciosamente ajustados.
Cada vez que volvía a verla, después de un par de días sin contacto, sentía aún con más fuerza el vínculo inexplicable que me ataba a ella como un cable de acero.
Un vínculo que, sin duda, ella no sentía, a juzgar por su trato indiferente.
Esta vez ocurrió lo mismo, pero además se me encogió el estómago de una forma extremadamente dolorosa.
―Oye ―dijo Selena, señalando hacia la caja y ajena a mi sufrimiento―, ¿no habrás visto por casualidad quién se ha llevado dos copas de Martini que estaban justo ahí?
―Pues… no. No sé nada ―mentí.
Mi estómago rugió, esta vez tan alto que Selena enarcó las cejas. Sentí que se me retorcían las tripas. Aquello estaba yendo demasiado lejos.
―¿Estás seguro? ―preguntó ella, con los ojos entrecerrados.
―Completamente ―respondí, sujetándome el estómago con ambas manos.
El dolor se estaba volviendo insoportable.
En aquel instante, un terremoto con epicentro en mis intestinos se desató con fuerza nueve.
Me agarré el vientre con ambas manos y eché a correr hacia el baño, sintiendo que iba a explotar.
Tuve el tiempo justo de cerrar la puerta del cubículo detrás de mí, mientras la voz de Selena me llamaba desde fuera, preguntando a gritos si me encontraba bien.