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Selena
Para ser la segunda quincena de octubre, el Serenata estaba sorprendentemente lleno.
De las cinco empleadas que nos turnábamos en el bar y en la agencia, había tres de vacaciones: Oksana, Naomi e Iris nos habían dejado solas a Mina y a mí, y habíamos tenido que encargarnos de todo durante una semana.
El único que nos ayudaba era Garrett, el australiano misterioso, que se encargaba de preparar bocadillos y aperitivos en la cocina, pero solo hasta medianoche.
Había sido una semana bastante tranquila, en la que Mina y yo aprovechamos para hacer todo tipo de hechizos experimentales mientras nadie nos vigilaba.
Teo salía casi todas las noches, ocupado con la logística de todas las misiones paranormales que lo inundaban desde que se corrió la voz de que había liberado a cientos de almas en pena atrapadas en un barco fantasma conocido como El Velero de los Condenados.
Sin embargo, nuestra maravillosa paz estaba a punto de terminar esa noche: al día siguiente me vería obligada a tomar un ferri hasta tierra firme, desde San Antonio hasta Denia, y emprender un viaje de cientos de kilómetros por carretera con Raoul, el hombre más huraño y peludo del planeta. Aunque no el más feo, para ser sincera.
En cualquier caso, si me hubieran dado a elegir entre limpiar los lavabos del bar durante dos semanas seguidas o ir a Huesca con un hombre lobo incapaz de mantener una conversación de más de dos frases, solo habría preguntado dónde estaba la lejía.
Pero lo que hacíamos en la Agencia Serenata Nocturna era un trabajo, por mucho que a veces nos sintiéramos más como un grupo de amigos cazando fantasmas juntos.
Y en los trabajos a veces había que limpiar baños. O colaborar con gente insoportable.
― Sely… ―me llamó Mina desde el otro extremo de la terraza, agitando la mano junto a la barandilla que separaba las mesas de la arena.
Me gustaba ese apodo: me transportaba a mi infancia, cuando en el pueblo todos me llamaban Sely.
Aparte de ese, tenía otro sobrenombre que solo mi madre y yo conocíamos; pero ese ni siquiera Mina lo sabía.
Pensando en ello, me arrebujé en mi sudadera universitaria, con el logo de una universidad a la que no había ido y tan estrecha que a duras penas podía abrocharme la cremallera.
Cuando la compré era de mi talla, pero toda la ropa parecía encogerse tras unos meses; o, al menos, eso me decía yo para consolarme.
Me puse la capucha y salí del relativo resguardo tras la barra, junto a las estufas de gas que creaban microclimas de aire caliente en la húmeda terraza, junto a la playa.
―¡Sely, ven un momento! ―volvió a llamarme Mina.
Desde la distancia, observé que mi compañera estaba rodeada de luciérnagas, que formaban una especie de corona de luz en torno a su cabeza.
Ninguna persona normal habría podido hacer algo así, y la imagen gritaba a los cuatro vientos « Soy una bruja» .
Chasqueé la lengua, imaginando lo que habría dicho Teo al respecto, y me acerqué a ver qué había encontrado esta vez.
Mina se acercó a mi oído y señaló hacia una de las mesas más alejadas, donde una pareja en la cincuentena sorbía sus Martinis en silencio.
―¿Ves a esos dos? ―me preguntó en voz baja, y yo asentí―. Esa es mi peluquera. La conozco desde que llegué a la isla. Y el que está con ella es su marido…
―Bonita camisa ―observé, estudiando con curiosidad la ancha camisa rosa con palmeras verdes que lucía el hombre.
―Sí, bueno, resulta que el pobre hombre tiene un problema. Lo escuché el otro día en la peluquería.
La miré de reojo, sospechando que planeaba algo turbio… como siempre.
―A ver… ¿qué tipo de problema?
―Bueno… ―Mina se retorció las manos y soltó una risita nerviosa―. Por lo visto lleva dos semanas sin ir al baño…
Fruncí los labios y puse los ojos en blanco.
―¿En serio, Mina? ¿Y para eso me llamas? ¿No es un asunto un poquito privado?
Mina me dedicó una de sus miradas traviesas y señaló las copas de Martini casi vacías.
―Te explico ―insistió con ojos brillantes―: la peluquera estaba preguntándonos a las clientas.
El pobre hombre está desesperado, se siente fatal, y al parecer nada le ayuda.
Me caen bien, ¿sabes? Y pensé que podrías practicar con uno de tus hechizos curativos.
Ya sabes… una poción, un conjuro… no sé.
¿No se te ocurre nada? Es que me da pena, ¿te imaginas estar en su situación?
Bufé, nerviosa, y negué con la cabeza.
―Sabes que no está bien hechizar a la gente sin su permiso ―murmuré, apartándome de ella.
―Pero Selena, es un hechizo totalmente inofensivo. ¡Será solo para ayudar! Además, podremos comprobar si funciona enseguida…
Lanzó una mirada de soslayo a los baños.
―El aseo de caballeros hoy lo limpias tú ―le advertí.
Ella me tendió la mano, contenta.
―Trato hecho ―dijo estrechando la mía, y se giró para atender a un grupo de chicos que la llamaba desde otra mesa―. Eres un ángel, Sely.
***
Cogí mi bolso del almacén y me encaminé con él a la cocina. Aparté la tintineante cortina de cuentas que separaba la barra de los fogones y saludé a Garrett con la cabeza. El guapo australiano estaba ocupado friendo patatas para una tortilla, y ni siquiera se volvió a mirarme.
«Mejor» , pensé, « porque esto va a ser asqueroso».
Escruté los cazos metálicos que colgaban de una barra en la pared y encontré uno del tamaño adecuado. Después ojeé los botes de especias, buscando alguna que pudiera servir para mi hechizo. Lo más adecuado que encontré fue un frasquito de cilantro.
―¿Me remueves un poco esas patatas? ―dijo Garrett, quitándose el delantal y sacando el móvil de un bolsillo―. Tengo que responder a una llamada.
―Claro ―respondí, feliz de que no estuviera presente mientras preparaba mi pócima secreta.
En cuanto Garrett salió, puse el cazo sobre el hornillo, a fuego máximo, y rebusqué en mi mochila hasta dar con el cuaderno de mi madre: mi tesoro mejor guardado.
En apariencia, era solo una inocente libreta de recetas; pero también contenía todo tipo de información sobre setas, especias… y cosas más o menos mágicas que se podían hacer con ellos. Acaricié la primera página, adornada con una cita de Paracelso en latín, escrita con la caligrafía de mamá:
«Principium fundamentale medicinae est amor.»
«El principio fundamental de la medicina es el amor», traduje en mi mente por milésima vez .
Sí, bueno . Le iba a poner mucho amor a esa poción laxante…
pero también mucho cilantro, por si acaso.
Eché dentro la mitad de las hojas secas y comencé a remover con los ojos cerrados, recitando una invocación mientras esperaba a que el agua hirviese.
Cuando comenzó a formarse una nube de vapor, pasé las manos a través de ella y dibujé un número cinco con los dedos.
Después soplé para afianzar el hechizo y apagué el fuego.
―Era mi exmujer ―dijo Garrett, entrando en la cocina a toda prisa con el teléfono en la mano―.
Perdona, y gracias por mirar las patatas.
Por cierto, ¿quieres un consejo? Nunca te divorcies.
O, mejor, nunca te cases ―añadió, echando un vistazo a su sartén y asintiendo satisfecho―.
Bueno. ¿Por dónde íbamos? ¿Quieres un montadito de tortilla?
Miré la tortilla con anhelo. Me la habría comido entera. Es más, me había zampado dos trozos nada más llegar al bar. Pero otra vez me apretaban los pantalones, recordándome que ciertos vacíos no podían llenarse solo con comida.
Negué, ignorando el dulce aroma de las patatas fritas, y vertí la poción a hurtadillas en una jarra de cristal mientras Garrett cortaba sus manjares y los iba colocando sobre deliciosas rebanadas de pan de pueblo tostado.
―Eh… no tengo hambre, pero gracias ―mentí―. Bueno, será mejor que vuelva a la barra. Mina estará volviéndose loca. Está ella sola con todas las mesas llenas.
Garrett se despidió con un gesto vago, con su atención absorbida por los ingredientes de la siguiente receta.
Vi a Mina, que iba corriendo de un lado a otro con su bandeja. Al verme salir, sus cejas dibujaron una pregunta, y yo asentí efusivamente. Hizo un gesto de verter líquido con la mano, mientras dibujaba con los labios la palabra «Martini».
Asentí desde la barra.
Añadí cinco partes de ginebra y una de vermut en una coctelera con hielo y recité de nuevo el encantamiento mientras la agitaba.
Después llené dos copas, quitando el hielo antes, y añadí tres gotas de mi poción laxante en cada una.
Lo miré, dudando: la receta decía que bastaba con una, pero el marido de la peluquera era un caso extremo.
Añadí tres más por si acaso, para asegurarme.
Luego busqué palillos y un par de olivas para adornar el cóctel. No había ningún bote de olivas abierto, así que fui a buscar uno al almacén.
―¡Mina! ―grité antes de marcharme―. ¡Cuídame estas dos copas que he dejado en la barra, por favor! Que no las toque nadie.
Mina me contestó levantando el pulgar y se dio la vuelta para hablar con Teo, que acababa de entrar en el Serenata, acompañado de Raoul.
Dejé mis copas embrujadas sobre la barra, junto a la caja. Sospechaba que esa poción laxante iba a ser una auténtica bomba, y me moría de curiosidad por ver cuántos segundos tardaría en hacer efecto.