3
Raoul
Recogí a Theodore en su casa, a la misma hora de siempre. Aparqué el Mercedes negro frente a su jardín, donde me esperaba con gafas de sol a pesar de la creciente oscuridad, quitando flores marchitas de los hibiscos para matar el tiempo.
―¿Adónde, señor? ―pregunté, sacando una mano por la ventanilla para saludarlo.
Mantuve la otra sobre el volante, por si tenía prisa.
―Portinatx ―respondió él brevemente. Se sentó en el asiento del copiloto y se puso el maletín de cuero sobre las rodillas. Sacó de él unas hojas dobladas y comenzó a consultarlas, sin importarle la carencia de luz―. Tenemos que ir a ver a alguien.
―Por supuesto, señor.
Conduje hacia el norte de la isla suavemente y sin hacer preguntas, sumido en mis propios pensamientos.
Un par de días antes, mi padre habría cumplido los setenta.
Por un instante, me pregunté cómo habría sido mi vida si él no hubiera muerto prematuramente.
Sacudí la cabeza: era un pensamiento poco productivo, porque no iba a hacerlo regresar de entre los muertos.
Unos kilómetros antes de alcanzar nuestro destino, Theodore me indicó que me desviara a la izquierda.
Nos adentramos en una urbanización privada.
Cruzamos un par de calles hasta llegar a una casa blanca, cúbica y moderna, iluminada por estilizadas farolas tan angulosas y geométricas como la villa que decoraban.
Theodore me pidió que detuviese el coche y se bajó.
Al verlo salir busqué mi teléfono en el bolsillo, dispuesto a leer el periódico un rato mientras lo esperaba.
―No, entra conmigo, por favor ―dijo Theodore, dando un golpecito sobre la ventana.
Enarqué las cejas, sorprendido por aquella novedad, pero obedecí sin preguntas. Cerré el coche y me alisé la americana, poco acostumbrado a participar en sus reuniones.
Llamamos a la puerta y un ama de llaves salió a abrir.
Ante nosotros se abrió un gigantesco recibidor con vasijas de aspecto antiguo en vitrinas.
La empleada nos condujo hasta el salón: un rectángulo estéril de hormigón pulido en el que absolutamente todo era de color gris claro: aquello parecía más una tumba que una casa.
Sentado en el sofá más largo nos esperaba un hombre canoso con gafas, ataviado con un polo blanco de marca y pantalones de pana fina. Se levantó a recibirnos y nos tendió la mano.
―Claude, te presento a Raoul, mi socio ―dijo Theodore, y después se giró hacia mí―. Este es Claude Sommer, arqueólogo.
El caballero sonrió lentamente, asintiendo con aire aristocrático.
― Aficionado . Arqueólogo aficionado. ―Señaló dos butacas vacías y preocupantemente blancas frente a él―. Sentaos, por favor. ¿Queréis tomar algo?
Theodore negó educadamente.
―Gracias, Claude, pero tenemos prisa. No podemos quedarnos, pero necesitaba ver cuanto antes lo que habéis encontrado.
―Por supuesto, por supuesto, pero dime, ¿qué tal la agencia? ¿Todo bien?
―Digamos que nos llueven casos por todas partes ―respondió Theodore―, pero el dinero… no tanto.
Claude hizo una mueca: el típico hombre pudiente al que la mención de la palabra dinero le resultaba de mal gusto.
―Ah, c’est la vie ―dijo Sommer con una sonrisa forzada, y luego cambió de tema―. En fin, como te decía por teléfono, mis chicos encontraron una pieza muy curiosa en la cuenca del río Ara, en Huesca. Posiblemente sin importancia, pero quería que tú le echaras un vistazo antes de descartar que…
―¿Dónde está? ―lo interrumpió Theodore, barriendo la habitación con la mirada.
Claude estiró un brazo hacia la mesilla de centro, soltando un gemido mientras se sujetaba la espalda. Cogió una cajita negra y brillante, el único objeto que ocupaba la superficie gris e impoluta. Sus rodillas crujieron, y en su rostro se dibujó una mueca de dolor.
―Los años no perdonan, amigo mío ―murmuró, y después alzó la vista hacia Theodore con expresión irónica―. Bueno, a unos más que a otros.
Theodore apartó la vista, como si de pronto los cuadros abstractos de las paredes le interesasen muchísimo.
Claude nos tendió la caja de joyería, y Theodore levantó la tapa con curiosidad. Me asomé a ver qué había dentro y me sentí un poco decepcionado. En su interior, sobre un lecho de terciopelo negro, solo había un pequeño prisma de cristal blanco lechoso, al que le faltaba un buen pedazo.
Theodore lo observó con gran interés, absteniéndose de tocarlo.
―¿Qué opinas? ―preguntó nuestro anfitrión, inclinándose hacia el extraño objeto―. ¿Piensas que podría ser…?
―Diría que sí ―asintió Theodore, cerrando la tapa―. Aunque lo siento inerte.
―Lo he notado ―dijo el otro―. A lo mejor es demasiado pequeño, o lleva demasiado tiempo desconectado de la fuente.
―Podría ser. ¿Esto es todo? ¿No encontrasteis ningún pedazo más?
Claude sacudió la cabeza.
―No, pero si encontraron esta parte, es posible que el resto esté relativamente cerca. Si apareció en el río Ara, podría haberlo traído la corriente desde sus afluentes: tenemos pendiente revisar el Ordiso, el Otal y el Arazas. Es posible que llegara hasta ellos desde más arriba, claro, pero…
Aquellos topónimos me pusieron la carne de gallina. Comenzaba a entender por qué el jefe me había pedido que lo acompañase, y sentí un desagradable escalofrío.
―Claro, claro ―dijo Theodore, devolviéndole la caja a Claude―. ¿Dónde están tus chicos ahora?
―El campamento se encuentra cerca de Monte Perdido, pero pronto habrá que recogerlo para el invierno y posponer la búsqueda hasta primavera ―respondió el caballero, reclinándose sobre el sofá con un suspiro.
―Hay que ir inmediatamente ―dijo Theodore con el ceño fruncido―. Necesito verlo, antes de que la corriente lo arrastre más lejos o, peor aún, hasta el mar. ¿Podrían esperarnos?
―Supongo que podrían esperar unas semanas más, si el tiempo lo permite ―respondió el otro lentamente.
Theodore frunció el ceño.
―Tendrán que esperar. Es importante. Necesito tener todas las piezas juntas antes del invierno.
―Theodore… ―El hombre lo miró fijamente, mesándose los cabellos blancos―. Sé lo que pretendes, pero no deberías hacerlo. Tenemos que destruirlo cuanto antes. Si cae en las manos equivocadas, podría ser…
―No ocurrirá. Tú solo diles que nos esperen. Confía en mí, por favor.
―Oh, confío en ti, Theodore. Si no, no te habría llamado ―respondió Claude, asintiendo―. Avisaré a Leonard. Es mi mejor hombre. Si alguien puede hacerlo, es él.
***
Para cuando abandonamos aquella casa cúbica de color cemento, yo sentía el peso de los recuerdos a punto de aplastarme.
Theodore se mantuvo en silencio hasta que subimos al coche, y esperó a que el ronroneo del motor inundase el aire de la cabina para hablar.
―¿Sabes lo que era ese artefacto, Raoul? ―me preguntó, con la vista fija en la carretera.
―No lo sé, señor.
No me apetecía hablar de eso.
Ni de nada.
―Me interesa tu opinión ―insistió―. ¿Qué piensas que podría ser?
―Diría que es un objeto embrujado.
―No vas desencaminado. Es algo parecido. Pensamos que podría ser una llave que abre un portal a la Umbrícora, la Oscuridad Primal. ¿Sabes algo?
Tragué saliva y consulté las señales en dirección San Antonio, esforzándome por no perder la noción del tráfico mientras hablábamos.
―No, señor. No sé nada.
Mentía, pero no era un tema para tratar mientras uno se concentraba en el tráfico. Además, como decía mi madre: « Qui sème le vent, récolte la tempête.» [1]
―No importa ―siguió Theodore sin inmutarse―. En cuanto lleguemos al Serenata tenemos que reunirnos con Selena y hablar del asunto. Será ella quien te acompañe.
Me atraganté con mi propia saliva y carraspeé antes de contestar.
―Perdón, ¿acompañarme? ¿A dónde, señor?
―A los Pirineos, obviamente. Los dos conocéis bien la zona.
Erais casi vecinos, ¿no es cierto? Además, tú eres un experto de supervivencia en el bosque, y has recorrido cada rincón de esas montañas.
Con tus habilidades y su magia, seguro que encontráis el resto de ese artefacto en un abrir y cerrar de ojos.
―Hace mucho tiempo que no voy por allí, señor ―repliqué, tratando de calmar la creciente agresividad que había comenzado a hervir por dentro―. Además, si tengo que hacerlo, preferiría ir solo. Sin la señorita Selena.
―Insisto. ―Claramente, le importaban un carajo mis preferencias―. Ella te será útil. Además, sus dotes curativas podrían ser necesarias para el resto del equipo también. Es extremadamente importante que demos con el artefacto completo antes de la primera nevada, porque de lo contrario…
―Lo siento, señor. No será posible.
No.
No iba a hacerlo.
―Disculpa, Raoul. No lo entiendo. ―A Theodore se le escapó un gruñido impaciente, que ocultó con una tos―. Pensaba que teníais una relación cordial.
―Una misión así arruinaría cualquier tipo de cordialidad que pudiera haber, señor.
―¿Hay algo que debería saber, Raoul?
Guardé silencio, esforzándome por reorganizar mis pensamientos.
¿Cómo explicarle algo así a alguien como Theodore? Respetaba a mi jefe, pero no dejaba de ser un vampiro; una criatura incapaz de comprender la abrumadora intuición sobrenatural que me paralizaba.
¿Cómo hablarle a un chupasangre común de la profundidad de este vínculo fuera de mi control, que me atraía hacia la persona equivocada; hacia una mujer de una especie completamente diferente?
No, un vampiro jamás habría comprendido nada de eso. Y menos aún, cuando ni siquiera yo mismo lo entendía del todo.
Teo exhaló, nervioso. Luego hizo un ademán con la mano, desechando mis reparos en el aire.
―Mira, Raoul, me da igual lo que tengáis entre vosotros.
Esto es una misión de trabajo y tendréis que dejar vuestros asuntos personales de lado.
Vais a ir los dos, y no se hable más. Si pudiera iría yo, pero tengo otros asuntos que resolver, y el equipo de Claude no se quedará en las montañas eternamente.
Tragué saliva. Era físicamente imposible para un lobo decirle no a su alfa, y Theodore era lo más cercano a un líder que había tenido desde mi destierro. No me quedaba elección.
―Entendido ―murmuré, y tomé la desviación hacia San Antonio con un mal presentimiento en el cuerpo.