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Selena
Bar Serenata Nocturna, Ibiza
El gato Luminix se tornó verde fluorescente mientras le limpiábamos las legañas del ojo y luego trató de morderme la mano por tercera vez.
Mina, de pie junto a mí al otro lado de la improvisada mesa de operaciones, musitó algo ininteligible y movió las manos en un remolino, renovando el hechizo de ocultación que lo hacía parecer un felino blanco normal y corriente ante los ojos de los no iniciados.
A veces el hechizo se desvanecía, en general tras unas cuantas horas, o cuando Luminix se ponía nervioso.
―A este paso voy a empezar a cobrarte ―protesté, frotándome los rasguños dejados por el gato de Mina―. Podría abrir una clínica veterinaria y hacerme millonaria. Este puñetero bicho me va a matar un día.
Mina sonrió con todos los dientes y rebuscó bajo la barra. Apretó un interruptor y se encendieron las luces de la cocina con un chasquido.
―Se está haciendo de noche ―dijo, señalando por la ventana―. Date prisa, o Teo nos pillará otra vez Y, por cierto, deja de llamar a Luminix puñetero bicho . Sabes que sin él estaría perdida. Ha estado junto a mí en los peores momentos… como tú.
―¿Pero tú has visto el arañazo que me ha hecho? ―refunfuñé, lamiéndome la sangre de la herida―. En serio, si no fuera porque eres tú…
Me esforcé por quitar la sustancia blanco-verdosa que rezumaba de los ojos del gato. De los ojos del puñetero gato , repetí en mi mente con muda rebeldía.
―Venga, si en el fondo te encanta curar animalitos ―insistió Mina―. Además, a mí nunca me cobrarías. Para eso soy tu mejor amiga, ¿no?
Suspiré en voz alta, negándome a admitir en voz alta que tenía razón.
En los últimos diez días, Mina me había traído dos gaviotas heridas, un perro y hasta un erizo, y si aquello continuaba, alguno me iba a contagiar la toxoplasmosis, la tiña o la peste bubónica.
Su obsesión por salvar a cualquier criatura en apuros crecía cada día, y yo siempre era su as en la manga.
O, mejor dicho, mis conjuros y pociones curativos lo eran.
Unos pasos ligeros nos hicieron girar la cabeza a la vez.
Entre unas cosas y otras había bajado el sol y, al parecer, nuestro jefe, Theodore d’Alessandro, había decidido pasarse por el bar más temprano de lo normal.
Aquello era un engorro, ya que, por motivos incomprensibles, no veía con buenos ojos que usáramos la barra de su bar para atender a la fauna enferma de la isla.
―No me lo puedo creer ―exclamó Teo, poniendo los ojos en blanco―.
Pensaba que habíamos dejado claro este punto.
No podéis poner a esos malditos sacos de pulgas en la misma superficie que usamos para preparar aperitivos.
¿Qué van a pensar los clientes cuando encuentren pelos de gato en el borde del plato?
Ya estoy viendo las reseñas: « El bar está bien ubicado, pero los Daiquiris llevan más pelos que el bigote de Nietzsche… »
Mina le dedicó una mueca de absoluta inocencia, creando una pantalla protectora con su diminuto cuerpo entre el vampiro y nuestro paciente felino.
―Teo… ―dijo, sujetándose la diadema de flores―, pero si el bar está vacío… estamos en temporada baja…
―¡La próxima vez hacedlo en el almacén, por todas las criptas! ―gritó él, desesperado, y se fue a por una bayeta.
Pobre hombre . Era consciente de que ni siquiera él podía detener a Mina cuando esta se proponía hacer algo. Ni siquiera un vampiro furioso era capaz de amedrentarla.
―La verdad es que la cocina es mucho más higiénica para hacer curas que el almacén ―apunté, aunque enseguida me di cuenta de que mi comentario no había sido demasiado acertado: después de todo, teníamos un gato de angora radioactivo y con conjuntivitis infecciosa tendido sobre su encimera de acero inoxidable.
Quizás aquello no fuera lo más higiénico del mundo, después de todo.
Teo nos lanzó la bayeta, se cubrió el rostro con las manos y se masajeó las rubias cejas.
―Bien, mirad, me da igual. Solo sacad a este bicho de mi cocina ahora mismo, por favor.
Mina tomó en brazos a Luminix y se encaminó hacia la puerta con aire protector, con las trenzas revoloteando a sus espaldas. Yo iba a seguirla cuando la mano de Teo se posó sobre mi hombro, deteniéndome.
―Selena, espera ―me dijo con voz algo tensa―. He venido porque quería hablar contigo en privado.
―¿Conmigo?
Me sorprendió su comentario. En los años que llevaba en el Serenata, podía contar con los dedos las veces que él y yo nos habíamos quedado a solas.
El recuerdo más claro era aquella noche en Barcelona, cuando me había convencido para unirme a su agencia paranormal.
Por aquel entonces, yo trabajaba en una tienda cochambrosa del Raval y vivía en un antro lleno de cucarachas, que seguramente le habrían encantado a Mina, pero a mí no me fascinaban.
Aquellos tiempos parecían ahora muy lejanos, por suerte.
Teo cerró la puerta de la cocina y miró a uno y otro lado.
―Se trata de una misión para un cliente muy importante ―me dijo en voz baja―. Creo que serías la candidata ideal para encargarte.
―¿La candidata ideal? ―repetí, confundida―. No te entiendo. ¿Es que ya no trabajamos en equipo?
Teo se mordió el labio y apartó la vista.
―Sí, claro que somos un equipo ―contestó Teo en tono poco convincente―.
Es solo que han surgido dos casos urgentes a la vez, y no puedo decir que no a ninguno.
Les he pedido a Naomi y Oksana que se queden en el bar para no cerrar, pero alguien tendrá que encargarse de este asuntillo en las montañas, mientras yo voy a Dubái con Iris a echarle un vistazo a un poltergeist. Tenemos a uno que cada noche cubre de arena la mansión de un ricachón.
Está muy cabreado y exige que vaya yo en persona; pero al menos es de los que pagan, para variar…
―Perdona, ¿Dubái? ¿Eres consciente de lo que les pasa a los vampiros en el desierto? ―comenté, rociando la superficie metálica con espray desinfectante y sacándole brillo con la bayeta de microfibra―. A ver: Dubái: sol ardiente, diez horas al día…
―Muy graciosa ―respondió él, apoyándose sobre el fregadero con un suspiro―. ¿Preferirías ir tú a los Emiratos, entonces?
Me encogí de hombros. A decir verdad, me daba igual a dónde me mandase Teo: todas las misiones tenían facetas buenas y malas. Además, viajar y conocer lugares nuevos era para mí una de las mayores ventajas del trabajo en la agencia. Cualquier lugar era mejor que el sitio de donde había venido.
―No me importaría ―dije―. A diferencia de ti, a mí el sol directo no me afecta. Y a lo mejor se me derriten los michelines…
Teo sacudió la cabeza.
―No. ¡No! El cliente insistió en que tenía que ir yo, personalmente. Es un tipo sumamente irritante. Y, además, esto que tengo para ti es mucho mejor. Es en el norte.
―¿El norte… de qué? ―pregunté con los ojos entornados, dejando de frotar la encimera de golpe.
―El norte de España.
Lo miré fijamente, rezando para que no estuviera a punto de decir lo que yo me temía. Teo se dio cuenta, y su rostro delató que había adivinado el destino correctamente.
―No… ―dije, estrujando la bayeta hasta que el agua me chorreó por los pies―. De eso nada. No pienso volver allí.
―Conoces la zona mejor que nadie ―insistió.
Negué de nuevo, dando un paso atrás.
―Sabes que no puedo.
―Fue hace muchos años, Selena ―replicó Teo con voz firme―. La zona ha cambiado mucho. No te ocurrirá nada.
―¡Teo! ¿De verdad no lo entiendes? ¿Se te ha olvidado lo que me pasó allí?
Exhaló con fuerza y tamborileó con los dedos sobre la superficie de acero inoxidable.
Luego se dio la vuelta y fue a buscar una botella de vino de Oporto.
Lo observé, petrificada, mientras él se servía una copa con toda la parsimonia del mundo.
Una gota rojiza salpicó el metal y la miró con nostalgia, probablemente deseando que fuera otra sustancia más deseable para los de su estirpe.
―Le he pedido a Raoul que te acompañe ―dijo, quitando la mancha con el dedo y lamiéndoselo sin mirarme―, así que estarás completamente segura.
¿Raoul? ¿En serio? Aquello era el colmo.
Solté un grito de frustración y abrí la puerta de la cocina de una patada. Ni siquiera me molesté en despedirme, ni en darle explicaciones.
Si ese vampiro engreído pensaba que regresaría a los bosques de Huesca y, encima en compañía de un hombre lobo, estaba completamente loco.
Nada ni nadie iba a hacerme cambiar de opinión, ni menos aún, regresar a ese lugar que aún veía cada noche en mis pesadillas.