1
Raoul
El vampiro me miró con los ojos entrecerrados y sonrió, dejando ver sus afilados colmillos en advertencia.
Pero, en aquel momento, su advertencia me daba absolutamente igual: sin mi manada y mi dignidad, ya no tenía mucho más que perder.
Si hubiera querido atacarme, ni siquiera me habría molestado en defenderme; es más: le habría dado las gracias.
―¿Y bien? ―preguntó el extraño, en un francés acentuado, con ese deje forzoso típico de los sajones.
Su fina camisa de lino, absurdamente fresca y elegante para alguien que estaba de pie en medio de un bosque nevado, delataba su condición de chupasangre casi más que los colmillos que ocultaba con poco éxito.
―Acepto ―respondí sin más, encogiéndome de hombros.
Di una patada en el suelo, salpicando los matorrales de barro y nieve semiderretida, y me agaché a recoger mi sudadera: había quedado ensangrentada y hecha jirones tras la última ―y fatídica― pelea.
―Buena elección. ―El vampiro sonrió y chasqueó los dedos, satisfecho―. Entonces te veo en Ibiza. No te arrepentirás.
Después se esfumó en una bruma gris, de la cual emergió un cuervo de color negro brillante.
El cuervo se alejó en la noche, entre los angulosos picos nevados de los Pirineos. Entre las montañas resonó su graznido triunfante, y yo me pregunté si aquella decisión sería mi sentencia de muerte definitiva.
Pensé que acababa de cometer un error, y que sin duda me arrepentiría.
Jamás imaginé que terminaría trabajando para un vampiro.
Como licántropo, crecí con las enseñanzas de mi madre, quien nos inculcó a mis hermanos y a mí los peligros de esas astutas criaturas.
Sabíamos que eran ladinos y traicioneros desde que éramos unos cachorros inocentes que retozaban alegres entre los bosques del Alto Garona.
Y los Montblanc éramos líderes, no perros falderos al servicio de los cuervos.
Me marché de los Pirineos con un regusto amargo en la boca y sintiéndome un fracasado y un traidor: tenía muchos motivos para ello.
Pero, en aquel momento, todavía no sabía que trabajar para Theodore d’Alessandro me salvaría la vida en más de un aspecto.
Lo único que sabía con certeza era que me esperaba un arduo viaje, y no tenía otra elección más que emprenderlo.