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Teo
Gracias a Zeus era noche cerrada y no tuve que enfrentarme al mortífero calor del sol cuando salí a la cubierta principal, seguido por la joven francesa y la antigua reina del velero.
El aire era más fresco fuera, aunque el panorama no era mucho menos aterrador: el Velero de los Condenados estaba envuelto en llamas voraces que lamían el cielo nocturno.
Conté unos diez botes de salvamento, de unos veinte pies de largo.
Si todo iba bien, serían más que suficiente para evacuar a un par de cientos de prisioneros; eso si Iris conseguía salir a tiempo de las entrañas de aquel infierno flotante.
Un sirviente humano salió del barco y se nos acercó, asustado.
―¡Tú! ¡Ayúdanos a preparar los botes! ―le grité, apuntándolo con el dedo.
Algunos vampiros conseguían salir y se esfumaban en el cielo nocturno, convertidos en cuervos. Los ignoré, aunque recé por que recibieran su merecido en alguna otra parte, como todos aquellos que hacían pactos con La Umbrícora.
―Ayudadme con las cuerdas ―les dije a los tres humanos que me seguían. La francesa encontró una linterna, e iluminó el interior de los botes. Los revisé rápidamente, comprobando que todo estaba en su sitio.
La reina parecía a punto de desmayarse, pero no había tiempo para preocuparse por ella.
La tomé en brazos y la apoyé contra una pared un poco alejada, fuera del paso y del peligro.
Si por mí fuera, la habría dejado arder junto a su perverso consorte, pero le había hecho una promesa a Iris, y no la rompería.
Comencé a desatar el primer bote, y se escucharon pasos que retumbaban desde abajo. Crucé los dedos, esperando ver salir a Iris junto a los prisioneros.
―Vosotros dos, subid al bote ―dije al humano recién llegado y la joven francesa. Los ayudé a saltar dentro y después me di la vuelta para ir a buscar a la hermana de Iris.
No me dio tiempo a reaccionar.
A través de una puerta surgió una figura conocida, con los ojos desorbitados. Llevaba una pistola en la mano, y la apuntó contra la sien de la reina, que seguía aturdida, en el suelo.
―Tú ―gritó el hombre, con los ojos desencajados―. Tú tienes la culpa de todas mis desgracias. ¡Maldita bruja! Tú mataste a Samuel… ¡arde, con el resto de este barco!
Antes de que pudiera hacer nada, apretó el gatillo, apagando ante mis ojos la vida de Katherine Andersson, hermana de Iris, reina del Velero de los Condenados, bruja maldita por su pacto de sangre con La Oscuridad.
No hubo tiempo de juzgarla o de decidir si merecía el castigo o la compasión, porque Yannis Katsaros se tomó la justicia por su parte.
Me lancé contra él, pero era demasiado tarde. Tras acabar con Katherine apuntó la pistola contra su propia cabeza. La segunda bala acabó con su vida, y su cuerpo cayó sobre las tablas, junto al de su víctima.
Cuando, unos segundos más tarde, Iris llegó a cubierta con los prisioneros, su sonrisa victoriosa se esfumó de golpe al ver lo ocurrido. Corrió hacia su hermana, y sus faldas carmesíes se empaparon en el charco de sangre que había comenzado a extenderse por la cubierta.
La observé impotente, de rodillas junto al cadáver de su hermana e incapaz de consolarla.