Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 45 #2
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«¡Apunta al corazón !», me susurraron las voces de los muertos, hirviendo de resentimiento. «Ella es la reina, la que ha mantenido este barco oculto con magia de sangre, la culpable de nuestro cruel destino. ¡Acaba con ella ahora!».

Apunté mis manos hacia Katie, sabiendo que el rayo mágico se dispararía en cualquier momento.

Transcurrieron algunos segundos, que para mí fueron eternos.

Pasaron por mi mente todos los recuerdos hermosos de mi infancia, y las niñas que un día fuimos.

Pero esa niña ya no existía, y mi hermana ya no me recordaba: su pacto con La Oscuridad la había convertido en un monstruo y, si no la detenía, acabaría con todos nosotros.

Me acerqué a ella por detrás.

El rayo mágico brotó de mis manos.

Pero no pude hacerlo.

Lo desvié en el último instante, haciéndolo rebotar contra una de las paredes, donde explotó con un fogonazo.

Margalida Tur se volvió hacia mí, furiosa, y Katie, a dos pasos de mí, también lo hizo.

Flotando frente a Katie, aún sostenida por las almas, alargué la mano hacia su cuello y tiré del colgante rojo con todas mis fuerzas.

Tiré, pero la cadena no estaba hecha de material humano y no cedió ante mis esfuerzos.

Pedí ayuda a los espíritus, y estos me imbuyeron de nuevo de la fuerza de su venganza contenida durante tanto tiempo.

La cadena cedió, y el colgante voló hasta caer a los pies de Margalida.

Katie, al separarse de aquel rubí maldito, abrió los ojos de par en par y cayó al suelo con un golpe seco. Todo su poder se esfumó en un instante.

Mi hermana se apoyó sobre los codos y parpadeó confundida, como si acabara de despertar de una larga pesadilla.

Margalida, teniendo por fin paso libre, ignoró a Katie y flotó un instante por encima de su cuerpo, dudando. Recogió el colgante y se lo puso; aquello la hizo triplicar su tamaño, y se volvió todavía más oscura.

Después, el espíritu colérico de la antigua reina avanzó hacia el reservado donde se habían escondido Héctor y sus secuaces.

El fuego seguía creciendo en el centro del Gran Salón, y el calor comenzaba a volverse asfixiante. El crujir de la madera en combustión resonaba tan fuerte en mis oídos que era difícil entender lo que gritaban las voces de los muertos.

Con un estruendoso relámpago, Margalida tiró abajo la puerta del reservado, dejando a la vista el interior. Su figura espectral invadió la pequeña estancia, donde Héctor y Mildred se habían atrincherado tras un cúmulo de muebles y obras de arte.

«Héctor Sinclair », tronó la voz de Margalida, sacudiendo el barco entero, «Hace dos siglos te aprovechaste de mi juventud, de mi magia, de mi inocencia… de mi amor ».

Su presencia creció hasta volverse tan grande como el Gran Salón.

«Me engañaste… y por ti, para servir a tus inmundos propósitos, hice un pacto de sangre con La Oscuridad.

Me condené para siempre por servirte. Me engañaste, y después me abandonaste a mi suerte, me sustituiste mil veces…

No pude acabar contigo cuando perturbaste la paz de mi casa, pero esta vez no escaparás. »

Una llamarada inundó el reservado, fulminando a Héctor y a Mildred, junto al cuadro que los protegía, en menos de un segundo.

«¡Arde, Héctor! Arde junto a tu barco de almas condenadas. Mi misión está cumplida… ¡nos veremos en el infierno! »

Y dicho esto, el espíritu de Margalida se desvaneció, seguido por el resto de espectros, que se fueron disipando uno a uno.

El viento helado cesó, y un calor insoportable se apoderó de lo que quedaba del Gran Salón.

El fuego se había adueñado del espacio entero.

Dejando atrás a Desirée y a Katie, salté de mi escondrijo tras el diván y corrí entre los escombros ardientes. Protegiéndome con un grueso retazo de las cortinas de brocado, entré en el reservado, tosiendo por el humo, y busqué con la mirada entre los restos de ambos vampiros.

Lo vi de inmediato: humeante, sobre una masa de cieno rojo, se encontraba el manojo de llaves de Mildred.

Ayudándome de la tela de la cortina para no quemarme, saqué el llavero de entre los rescoldos y corrí hasta donde estaba Teo.

Conseguí liberarlo de las cadenas y, sorteando los trozos de estuco que caían del techo, regresamos hasta donde estaban Katie y Desirée.

―¡Salgamos de aquí! ―gritó Teo, tomando a Desirée en brazos―. Esto es un maldito horno.

Miré a Katie, que despertaba entre toses.

―¡No puedo dejarla aquí!

―¡Por todos los Dioses, Iris! ―replicó Teo, nervioso―. ¡Tu hermana es la mismísima reina del Velero de los Condenados!

Katie se incorporó, despertando de su trance, y miró a su alrededor.

―¿Iris? ―dijo, confundida, agarrándose a un sillón volcado para tratar de levantarse―. ¿Qué haces aquí?

―¡Vamos! ¡Apóyate en mí! ―dije, ofreciéndole mi brazo―. No hay tiempo para explicaciones.

―¡Estás loca! ―me espetó Desirée, huyendo junto Teo por la única salida que aún no ardía en llamas―. ¡Tú no sabes las cosas que ha hecho tu hermana! ¡Se merece morir aquí, junto a todos los vampiros a los que ayudó!

Ignoré los gritos de la joven francesa y me arrastré, ayudando a Katie a moverse, de camino al corredor central que llevaba a las cubiertas superiores.

A nuestras espaldas, el rugido de las llamas devoraba el lujoso Gran Salón del Velero de los Condenados, iluminando la caótica escena con destellos naranjas y rojos.

Una vez en el pasillo, dudé.

A la izquierda, unas escaleras subían hasta la cubierta superior, donde podríamos usar los botes para escapar.

A la derecha, otra escalerilla más oscura y estrecha descendía hasta las bodegas, donde los prisioneros que aún estaban vivos arderían con el barco si no hacíamos nada para salvarlos.

Teo me miró y negó efusivamente con la cabeza, pero yo ignoré su advertencia. Puse la mano de mi hermana en la suya, y apreté el manojo de llaves de Mildred contra el pecho.

―Sácalas de aquí, Teo ―le pedí, mirando a Katie y a Desirée. Me aparté justo a tiempo para esquivar la caída de un querubín dorado, que se desprendió de una esquina del techo―. Bajaré a abrir las celdas; no tardaré mucho.

―Iré contigo ―dijo Teo, haciendo ademán de seguirme, pero yo lo detuve, poniendo la palma de mi mano contra su pecho.

―No. Alguien tiene que preparar los botes para que podamos huir cuanto antes. Este barco está a punto de hundirse, si es que no explota antes.

Katie me miró, aún confundida y con lágrimas en los ojos.

―Iris… Debiste dejarme en el salón… habría preferido morir aquí.

Lo merecía. Debí haberte escuchado cuando me advertiste contra Héctor…

cuando tu intuición te reveló lo que yo no quería ver.

Lo siento tanto, hermana ―murmuró, mientras el suelo se tambaleaba tan fuerte que me lanzó contra una de las paredes.

―No digas tonterías ―le dije, recuperando el equilibrio. Luego le di un fugaz abrazo antes de marcharme―. Si vine aquí, fue solo para encontrarte. No me importa lo que hicieras… eres la persona más importante de mi vida. Siempre te querré, y te perdono, hermana.