Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 45
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Iris

Aquel ser tenía los rasgos físicos de mi hermana, pero ahí terminaban las similitudes.

Su rostro era el mismo, pero todo en ella irradiaba oscuridad. Sí, tenía su mismo cuerpo, pero en ella no quedaba rastro de la niña traviesa con la que un día yo había jugado entre las lápidas de Saint Anne.

―¡Katie! ¿De verdad no me reconoces? ¡Soy yo, Iris! ―grité de nuevo, conteniendo las lágrimas mientras la hoja de la daga de Héctor levitaba sobre mi garganta.

La reina se levantó, extrañada. El vestido se arremolinó en torno a ella, movido por una brisa invisible. Sobre su pecho brillaba el rubí de los Médicis, iluminado con luz propia.

Katie frunció el ceño y alzó la mano para que Héctor se detuviese. Luego dio un par de pasos y se plantó entre nosotros de brazos cruzados.

―¿Quién es esta mujer? ―preguntó a su consorte, todavía sin reconocerme.

―Una impostora, mi reina ―respondió Héctor con un gesto despectivo de la mano―. No escuches sus palabras envenenadas.

Katie dio la vuelta en torno a mí, olisqueándome como un animal.

―Me recuerda a alguien. ―Se frotó las sienes y parpadeó varias veces―. Pero no consigo recordar quién.

―¡Soy tu hermana! ―grité, desesperada.

Ella me miró con creciente interés. Héctor la empujó de vuelta a su trono, sacudiendo la mano.

―Mi reina, son todo burdas falsedades.

Katie chasqueó los dedos, y una joven pecosa y escuálida, con el porte de un ratoncillo asustado, surgió de un rincón oscuro.

―Desirée ―dijo Katie sin mirarla―. Acércate.

La joven dio un par de pasos más hacia el estrado, aterrada.

Al escuchar su nombre la miré con mayor atención y reconocí sus rasgos: era la joven francesa desaparecida unos meses antes en el Serenata: la confidente de Yannis. No me costó imaginar cómo había terminado en ese barco.

―Dices ser mi hermana, pero yo no te recuerdo ―me dijo Katie, acercando su rostro al mío y acariciando mi mejilla―. Si de verdad lo eres, demuéstralo.

―¿Cómo? ―pregunté, mirando hacia Teo en busca de consejo. Él sacudió la cabeza en un clarísimo no .

―Las hermanas harían cualquier cosa la una por la otra, según tengo entendido ―dijo Katie, y me miró fijamente. El colgante de su cuello creaba remolinos rojos y acuosos que recordaban tétricamente a un vaso lleno de sangre―. ¿Tú harías cualquier cosa por mí?

Entrecerré los ojos y asentí lentamente.

Katie hizo un gesto a uno de los vampiros para que me desatara las manos. Tras obtener el permiso de Héctor, Mildred sacó su manojo de llaves y me liberó. Después me hicieron levantarme y Héctor me agarró de un brazo para que no escapara.

Katie tomó la daga que sostenía Héctor y la puso entre los dedos de mi mano libre, cerrándolos en torno al mango.

―Si de verdad eres mi hermana, sacrificarás a esta esclava por mí. Trató de envenenarme hace unos días, ¿lo sabías? He estado muy enferma por su culpa.

Desirée, frente a nosotras, se puso a temblar sin control. Mildred se acercó a sujetarla y la lanzó sobre el diván donde había estado yo unos segundos antes.

Tragué saliva, sintiéndome atrapada.

―Así es ―continuó Katie, girándose hacia la pobre Desirée―.

¿Pensabas que no te descubriría? Mi magia todo lo ve, y todo lo sabe.

―Después volvió a mirarme a mí―. Esta mujer, mi sirvienta desde hace meses, ha intentado acabar con mi vida.

Ahora debe pagar por sus fechorías. Su existencia pone en peligro la mía…

―Me miró de nuevo―. La nuestra, hermana ―añadió con ironía en los ojos―.

Ayúdame y prueba que eres sangre de mi sangre.

Contuve la respiración, acorralada entre decenas de vampiros dispuestos a saltar sobre mí si daba un solo paso en falso.

Teo gritó y se debatió contra sus cadenas, pero uno de los guardias que lo vigilaban le acercó la hoja de una espada de plata al cuello, acallándolo.

Traté de olvidarme del entorno y concentrarme; después alcé la daga y respiré.

Inspira, expira.

Uno, dos, tres.

La hoja levitó sobre el pecho de Desirée, que temblaba como un pajarillo en manos de Mildred.

Cerré los ojos, apretando el cuchillo tan fuerte que me dolieron las manos.

No tenía velas, ni tampoco fotografías. Pero su rostro era claro en mi mente, exactamente igual al que había visto en el cuadro.

Y entonces la invoqué.

La invoqué, sabiendo que su presencia podía acarrear el caos y la muerte a todos los presentes.

Pero ya no tenía nada que perder.

«Margalida Tur, por la luz de estas tres velas y el poder de las Diosas, yo te convoco. Si estás ahí, manifiéstate…»

El rostro de Héctor se deformó en una mueca de horror al oír aquel nombre, mientras el silencio caía sobre el Gran Salón.

Todos me miraban, expectantes.

Pero no ocurrió nada.

Entonces, los hombros de Héctor comenzaron a sacudirse, y su risa burlona resonó por toda la sala.

Repetí la invocación una vez más.

Necesitaba velas. Necesitaba iluminar la oscuridad de los muertos.

Miré a Teo, desesperada, buscando apoyo e inspiración; pero él sacudió la cabeza, indicándome que acatase las órdenes de la reina, o sería yo la ajusticiada.

―¿Qué majadería es todo esto? ―dijo Héctor, todavía riendo.

Su risa hizo vibrar las llamas de los candelabros, y entonces comprendí que estaba rodeada de velas. Siempre lo había estado.

Pero no necesitaba ninguna.

Mi luz, mi faro, no eran esas velas. La magia que yo buscaba no estaba en los candelabros, ni en nadie que no fuera yo. El poder siempre había estado en mí, y todo lo demás eran simples muletas… que nunca había necesitado.

Cerré los ojos de nuevo, y llamé a Margalida Tur con todas mis fuerzas.

―¿Proseguimos? ―dijo Héctor―. No tengo todo el día…

No pudo terminar la frase porque, de repente, el Gran Salón del velero tembló, sacudido por un súbito maremoto.

Una espiral de humo oscuro lanzó los sillones por los aires y volcó los candelabros, sembrando el caos entre los vampiros.

Del humo surgió una imponente figura femenina de rasgos cadavéricos, vestida con largas telas negras. Bajo sus pies, unas lenguas de fuego infernal le lamían el cuerpo, y manos demoníacas se alargaban hacia sus piernas, tirando de ella hacia abajo.

Sobre su frente había agujeros sangrantes, que dibujaban el contorno de la misma corona de oro que yo había visto ya en el cuadro.

Margalida Tur había acudido a mi llamada.

El fuego fantasmal comenzó a extenderse bajo sus pies.

El espectro alzó los brazos, y todos los presentes quedamos congelados en el sitio, observándola con absoluto terror. Los labios de la bruja fantasmal no se movieron, pero pude oír sus palabras en mi mente, mientras clamaba:

«Almas del Velero de los Condenados, yo os invoco».

Por todos los resquicios comenzaron a salir fantasmas: hombres y mujeres mutilados, sin rostro o en los huesos, que revolotearon entre los vampiros mientras estos trataban de huir despavoridos: algunos en su forma humana; otros transformados en cuervo.

Los fantasmas los rodeaban y los empujaban hacia el creciente incendio que nacía a los pies de Margalida y que se alimentaba de las velas de los candelabros volcados, extendiéndose implacable por el Gran Salón.

Katie era la única que se mantenía imperturbable; se plantó frente a Margalida con los brazos abiertos, retándola, y una nube tan oscura como la de la otra bruja surgió en torno a ella. Se aferró al colgante, que vibró con magia negra en respuesta.

«Apártate, desgraciada. No es a ti a quien quiero, sino a él», le gritó Margalida, lanzando una bola de fuego hacia Katie mientras señalaba a Héctor con su otra mano esquelética.

Katie desvió el proyectil hacia un lado, haciendo explotar un grupo de butacas en mil pedazos, mientras Héctor desaparecía junto a Mildred en una habitación contigua.

Me agaché junto al diván para protegerme de la onda expansiva, mientras las dos brujas se lanzaban esferas ardientes que arrasaban con todo a su paso.

―El colgante… ―dijo una voz débil a mi lado.

Era Desirée, hablándome con su dulce acento francés―.

Es su conexión con La Oscuridad. Contiene la sangre de todas las brujas que hicieron pactos con la oscuridad de la Umbrícora para aumentar su poder y servir a los propósitos de Héctor.

Ninguna bruja mortal puede tener una magia tan potente por sí sola; se necesita un pacto de sangre para eso.

Pero, si conseguimos quitárselo, la reina perderá toda la magia que no es suya…

Desirée se acurrucó contra mí en busca de refugio, y yo le apreté la mano, tratando de reconfortarla. Los gritos de los vampiros se mezclaban con los aullidos de las almas atrapadas en el barco, que pedían justicia.

Los fantasmas de todos los jóvenes muertos en el Velero de los Condenados cargaron contra los vampiros, metiéndose en sus cuerpos a través de sus bocas y orejas para poseerlos y obligarlos a saltar a las llamas.

Los cuerpos de los no-muertos ardían con un sonido efervescente, mientras su carne se derretía al instante, creando cúmulos de lodo rojizo con olor a pelo chamuscado.

En un rincón, Teo había quedado solo y atrapado: sus captores habían huido, dejándolo encadenado a las anillas del suelo mientras las llamas se iban acercando inexorablemente.

Se debatía contra las ataduras como una bestia atrapada, aullando tan fuerte que pude oírlo por encima del incendio.

Le hice un gesto desde mi escondite tras el diván, pidiéndole paciencia mientras pensaba qué hacer.

Alcé las manos al cielo.

«A todas vosotras, a todos vosotros, que sufristeis a manos de vuestros captores en este barco: por el poder de las Diosas, yo os convoco y os pido vuestra asistencia…»

Cientos de fantasmas volaron hacia mí, alzándome por los aires con sus dedos espectrales. Me llevaron en volandas hasta el centro del Gran Salón, donde el duelo entre Katie y Margalida se encontraba en su momento álgido.

Sentí el poder de todas aquellas almas bullendo en mi interior, potente y vengativo, y un potentísimo rayo de luz surgió de las puntas de mis dedos.