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Iris
Cuando las puertas del Gran Salón se abrieron, el aire que se respiraba en él era totalmente diferente de la noche anterior.
Si previamente el ambiente había estado cargado de lujuria y diversión malsana, aquella noche sentí que era la mismísima muerte la que sobrevolaba el gran espacio cuadrado.
La angustia y el tormento acechaban tras los candelabros de bronce, agitando las llamas de las velas con una innegable sed de violencia y venganza.
Cerca de la entrada divisé a Aksel y Reiner.
Había también varios invitados que no reconocí, todos ellos vampiros.
Al fondo, en un rincón, divisé a Teo sentado a una mesa, acompañado de otras personas.
Cuando me vio entrar apoyó la frente en la mano y miró al suelo, y solo entonces advertí que tenía sangre en la camisa, las manos esposadas y varias cadenas que lo sujetaban a fuertes anillas de hierro ancladas en suelo y paredes.
A su lado, Héctor sonreía, arrellanado en una butaca con las piernas abiertas y una expresión de absoluto entusiasmo en su rostro.
―¿Dónde la pongo? ―preguntó Mildred, sujetándome el brazo con dedos duros como tenazas.
―Sobre el estrado, querida.
Señaló el pequeño escenario, ligeramente elevado por encima de la sala, donde un vampiro había tocado el piano el día anterior.
Esta noche el piano estaba tapado con una funda, y habían colocado a un lado un extraño diván con gruesas correas de cuero.
Mildred me obligó a subir las escaleras y me depositó sobre el diván como un fardo.
Los gruñidos de Teo resonaron en la sala, sobre la cual había caído una profunda expectación. Parecía que todos aguardaran un espectacular truco de magia, conteniendo la respiración.
Me incorporé en el extraño asiento con dificultad, a causa de mis manos esposadas.
―¿Le ato las correas? ―le preguntó Mildred a Héctor.
―No será necesario… por ahora ―respondió él, levantándose con parsimonia y acercándose al estrado con zancadas lentas.
Después subió los dos escalones que llevaban al estrado y se volvió hacia su reducido público con una ridícula reverencia―.
Esta noche, damas y caballeros, tenemos entre nosotros a dos traidores, y os pido que decidamos juntos su merecido.
Un suspiro colectivo sacudió la sala, seguido de susurros a duras penas contenidos.
―Así es ―corroboró Héctor―. Uno de los nuestros… ―Su mirada se desvió hacia Teo, disfrutando de la atención―. Un hermano de sangre se infiltró en esta casa, con la intención de sacar a la luz nuestros secretos. Los míos… y los vuestros.
Los susurros del público se convirtieron en abucheos, y alguien gritó desde el otro lado.
―¡Muerte al traidor!
Héctor alzó las manos, acallándolos con fingida clemencia.
Después tomó asiento en uno de los dos tronos vacíos que se encontraban junto a mi diván.
―Estoy de acuerdo con vosotros: la traición es la afrenta más grave para nuestra estirpe. Poner en peligro nuestra intimidad es tan grave, que la reina y yo hemos decidido que merecen una condena excepcional… algo peor que la muerte…
Se acercó a mí y contuve la respiración, manteniendo la atención fija en cada movimiento de Héctor.
―Theodore d’Alessandro ―tronó la voz de Héctor Sinclair―, yo te acuso de alta traición por infiltrarte en el Velero de los Condenados con la intención de acabar con mi estirpe y sacar a la luz los secretos mejor guardados de otros miembros de tu casta.
Como castigo, morirás quemado, pero antes de ello serás testigo de la tortura de tu amante y cómplice mortal, para que sirva de escarmiento a todo aquel que alguna vez se plantee repetir tu error. ¿Tienes algo que decir al respecto?
―¡Soy inocente! ―gritó Teo, debatiéndose contra las cadenas―. ¡Suéltame, maldita sea!
Aprovechando que todas las miradas estaban sobre los dos hombres, me lancé contra Héctor, que no se esperaba el ataque.
De un cabezazo lo derribé de la silla, mientras trataba de estrangularlo con las esposas.
Varios vampiros corrieron al estrado, apartándome de él a patadas mientras yo me debatía con uñas y dientes, dispuesta a morir luchando si era preciso.
Entre todos me sujetaron, y Héctor se levantó del sillón, desdeñoso.
―Si vuelves a moverte de ahí, te ataré yo mismo. Con tus propias venas ―declaró Héctor, frotándose el cuello donde la cadena de mis esposas había dejado unas leves marcas rojas―. Eres un poco revoltosa, ¿sabes?
Me asestó un fuerte bofetón que me dejó aturdida. Caí de bruces sobre el diván, frotándome la cara con las manos atadas.
De pronto, los goznes de las puertas dobles chirriaron y estas se abrieron de nuevo.
Todos los presentes, a excepción de Teo, se pusieron en pie e inclinaron la cabeza.
―Mi reina ―la saludó Héctor con fervor, bajando del estrado para ir a buscarla.
Alcé la vista de los cojines, dolorida.
Ante mí, la reina del Velero de los Condenados hizo acto de presencia en el Gran Salón por primera vez.
Hermosa, maligna, mágica.
Sus cabellos rubios ondeaban tras ella, levitando de pura energía. Sus faldas, cuajadas de brillantes, no tocaban el suelo gracias a un embrujo, y su rostro, aunque mortal, mostraba una perfección inhumana, que solo podía haber nacido de un pacto con el mismísimo Diablo.
Un grito se congeló en mi garganta al verla.
Ella, sin embargo, ni siquiera me miró.
―Mi reina, bienvenida ―dijo Héctor, besándole el dorso de la mano y llevándola hasta el estrado―. Llegas justo a tiempo. Conoces el caso. ¿Cuál es tu veredicto?
La reina tomó asiento en el trono vacío junto a Héctor. Sus ojos pasaron a través de mí sin verme, como los de un muerto. Aquella mujer era una cáscara vacía, hueca, cuyo cuerpo aún estaba allí, aunque su corazón se había marchado mucho antes.
Cuando por fin habló, su voz era como la de los espectros que me contactaban en mis sueños.
―Culpable ―respondió solemnemente, con una mirada gélida―. Matadlos. Vaciad cada gota de su sangre.
Héctor se acercó a mí alzando un cuchillo, con los ojos desorbitados.
―Tus deseos son órdenes para mí, mi reina ―dijo, satisfecho.
Solo entonces recuperé la voz, y mis palabras brotaron entrecortadas, borboteando entre las lágrimas.
―¡Por favor! ―grité, mirando a la reina―. ¿De verdad no me recuerdas? Katie, soy yo… tu hermana.