43
Iris
Cuando la puerta del camarote se abrió de golpe y la que entró fue Mildred, en lugar de Teo, supe que el resto del día no auguraría nada bueno.
Yo seguía en la cama. En la oscuridad inmutable del camarote, había perdido la noción del tiempo. Al ver a la vampiresa no me atreví a preguntarle por Teo, temerosa de que mi interés por él me delatase. Sin embargo, la duda me retorcía las entrañas.
Me aseguré de ponerme de lado, con la cabeza agachada, para que viera claramente las marcas de mordeduras. Ella las miró de reojo, pero no dijo nada.
Mildred me trajo una bandeja con manjares y la depositó sobre el escritorio: una sopa clara de consomé con pequeñas albóndigas de carne; salmón ahumado con huevos rellenos y un jugoso rosbif en una salsa espesa y suculenta.
En un platillo aparte había varios dulces, incluyendo flan y tarta de nueces con caramelo.
El olor era exquisito, pero aun así sentí que se me cerraba el estómago.
―Come ―me dijo la vampiresa secamente, tirando de mí para que me levantase―. Lo necesitarás.
―¿Qué hora es? ―pregunté, frotándome los ojos mientras cruzaba la habitación medio dormida.
―Son las cinco de la tarde. Has dormido mucho tiempo.
Me senté a la mesa y revolví la sopa, sin ganas. Entretanto, Mildred se acercó al armario y revisó los vestidos, hasta dar con uno de su agrado: un traje largo, rojo y brillante, con escote Bardot fruncido y bordado con hilo de plata.
―Ponte esto. Te espera una velada especial.
La observé con sospecha por encima de la cuchara alzada.
―¿Especial, por qué? ―pregunté con voz temblorosa.
―Serás la estrella de la fiesta ―fue lo único que respondió la vampiresa.
Mildred se apostó a mi lado y me observó comer, siguiendo cada uno de mis movimientos con concentración felina.
Me pregunté si su profundo interés por mí esa noche se debería al trato entre Héctor y Teo.
¿Habría tenido éxito Teo en su acuerdo con mi captor?
Nada en el comportamiento de Mildred revelaba la respuesta, pero sin duda la descubriría pronto.
Sorbí un poco de sopa y comí algunos bocados de tarta, desmigándola con apatía. Cuando Mildred comprendió que no iba a tomar nada más, se acercó y comenzó a cepillarme el pelo. Me lo sujetó con un complejo recogido, para después vestirme y maquillarme como si fuera una muñeca.
―Estás lista ―declaró al fin, admirando su obra―. Ahora voy al salón, y vendré a por ti en cuanto Héctor te haga llamar. Quédate aquí y pórtate bien mientras tanto, ¿entendido?
Dicho esto, Mildred me esposó y volvió a encerrarme en el camarote durante su ausencia.
Traté de invocar a Shihan una vez más, pero mis llamadas resonaron en el vacío.
Lo mismo ocurrió cuando, cautelosa, pronuncié el nombre de la terrible Margalida Tur: la llamé despacio, casi temerosa de que respondiese.
Obviamente, no lo hizo; tampoco esperaba que se presentase, después del exorcismo de Naomi.
Miré a mi alrededor, buscando con desesperación tres velas para ayudarme en mi invocación.
Si hubiera podido realizar el proceso adecuadamente, a lo mejor habría funcionado: pero eso era imposible sin mis velas y sin mis oraciones.
Sin las herramientas adecuadas a mi disposición, estaba perdida y a la merced de los espectros, que se presentarían cuándo y cómo ellos quisieran, si les apetecía.
Al rato regresó Mildred, con aire circunspecto. Abrió la puerta y comprobó mi aspecto. Me sujetó un mechón más del recogido, y me miró desde todos los ángulos. Noté que aún no estaba satisfecha, y se puso a rebuscar por los cajones, nerviosa.
―Necesitas un broche o unos pendientes. No puedes salir así al Gran Salón, con ese aspecto tan mundano. Esta noche estarás solo tú…
―¿Solo yo? ―pregunté con horror, recordando el siniestro espectáculo de la noche anterior, y los gemidos de los otros mortales mientras nuestros verdugos nos conducían al patíbulo por los lujosos pasillos.
Mildred siguió abriendo cajones, y al hacerlo, su vista recayó en el retrato de Héctor, roto y abandonado en una esquina.
―¿Quién ha hecho esto? ―inquirió, levantando el lienzo con el ceño fruncido.
Me encogí de hombros.
―Se cayó solo.
Mildred miró con recelo a un lado y otro del camarote, y después volvió a estudiar el cuadro: la figura de Héctor había quedado destrozada, mientras que la mujer que lo acompañaba estaba todavía intacta.
―¿Quién era ella? ―pregunté, sin poder aguantar la curiosidad.
La mujer representada era menuda pero bellísima, de rasgos exóticos, posiblemente mediterráneos.
Al observarla más de cerca reconocí el colgante que llevaba puesto en el cuadro: el rubí de Lorenzo de Médicis, el mismo que Héctor le había regalado a mi hermana la última noche que la vi.
Mildred dudó un instante antes de contestar.
―Era una antigua reina. ―Le dio la vuelta al cuadro y lo apoyó contra la pared, esta vez de espaldas, de modo que los rostros quedaran ocultos―.
Falleció hace más de un siglo. Estuvo muy poco tiempo entre nosotros, pero aun así fue una gran pérdida para todos, y particularmente para el señor Sinclair.
Hablaba de una tragedia, pero, curiosamente, en su voz noté más alivio que aflicción.
―¿Cómo se llamaba? ―pregunté, mientras recordaba las palabras de mi vecina de celda acerca de la reina: esa es la peor de todos.
Mildred ignoró mi pregunta, enfrascada en ajustar el cierre rebelde de un ostentoso collar de diamantes que había colgado en torno a mi garganta, junto a la cadena que ya llevaba.
―Vamos. El Señor del Velero te espera ―dijo una vez abrochado, y sujetó la puerta para que saliera yo primero del camarote.
―No me has contestado ―protesté, decidida a mantenerme inmóvil hasta obtener respuesta.
Mildred me miró de arriba abajo, con una mezcla de desprecio e indiferencia.
―Margalida ―respondió finalmente, empujándome bruscamente hacia el pasillo―. Nuestra anterior reina se llamaba Margalida.