42
Teo
Abandoné el camarote hostigado por una sensación ominosa, que se cernía como una nube oscura sobre mi cabeza.
Subí al salón arrastrando los pies, luchando contra mi deseo de regresar a ese dormitorio y perderme en los brazos de Iris para siempre. Temía lo que pudiera encontrar ahí arriba, y odiaba pensar que su destino, el nuestro , estaba ahora en manos de un villano de la calaña de Héctor Sinclair.
El salón estaba mucho menos concurrido que unas horas antes; la mayoría de invitados habían encontrado una víctima con la que divertirse, y se habían esfumado en alguna habitación privada a disfrutar de la fiesta.
En unas butacas cercanas a la barra divisé a Héctor, charlando cordialmente con sus fieles secuaces, Mildred y Romina. No quedaba ningún mortal en el Gran Salón, ni siquiera las camareras, de modo que las vampiresas no tenían nada que hacer hasta que algún cliente asomara la cabeza de nuevo.
―Has sido rápido, d’Alessandro ―comentó Héctor con una sonrisa traviesa―. Estás perdiendo la forma, hermano…
Me hizo un gesto para que me sentara con ellos, pero rechacé su oferta.
―Me gustaría hablar contigo en privado ―dije, esforzándome por disimular los nervios.
Héctor abrió los ojos exageradamente, dedicándome un teatral gesto de sorpresa.
―¿Por qué motivo? ¿Acaso no has quedado satisfecho?
Negué lentamente.
―No. Todo lo contrario ―respondí―. Quisiera discutir contigo un pequeño negocio.
Aquello llamó la atención de mi interlocutor, que dejó a un lado su expresión de fingido asombro y comenzó a levantarse.
―Por supuesto ―dijo, señalando hacia una puerta dorada semioculta tras el bar―. Vamos al reservado. Hablemos.
Entramos en un pequeño cuarto privado bajo el escrutinio de las dos vampiresas, que nos despidieron con una breve inclinación de cabeza y volvieron rápidamente a sorber sus cócteles carmesíes.
El espacio era cuadrado, con un diván, dos sillones floreados y una mesa baja en el centro; todo iluminado por la suave luz de varios candelabros de bronce en las paredes. Un Botticelli de casi tres metros de largo ocupaba la mayor parte del muro principal.
―¿El nacimiento de Venus? ―comenté, tomando asiento.
―Así es ―respondió Héctor, satisfecho―. Regalo de un viejo amigo.
Una lástima lo de Simonetta, la modelo. Tan hermosa, pero murió tan joven…
―Acarició las suaves caderas y el pecho descubierto de Venus con aire soñador―.
Pero al menos, sus tentadoras curvas quedarán para siempre inmortalizadas en este lienzo.
Sandro, como yo, sabía apreciar un cuerpo de mujer jugoso cuando lo veía… ¿y tú, querido Theodore? ¿Qué opinas?
―Una copia excelente ―dije, deseoso de evitar ciertos temas en compañía de aquella sanguijuela.
―¿Qué te hace pensar que es una copia?
Héctor rebuscó en un cajón de la mesilla y extrajo un paquete de cigarros liados con hierbas. Me ofreció uno, pero lo rechacé. Encogiéndose de hombros, encendió el suyo, inundando el reservado con una nube de humo malsano.
―¿Y bien? ¿Cuál es ese misterioso negocio que querías proponerme? ―preguntó con curiosidad.
Esperé a que el humo se aclarase antes de responder.
―Se trata de tu prisionera, Iris. ―Cuando pronuncié su nombre enarcó una ceja, sorprendido―. Me gustaría quedármela.
―¿Iris? ―Dio una profunda bocanada al cigarro, con los ojos entrecerrados―. No sabía que se llamaba así. Interesante nombre… Me suena de algo.
―¿Acaso no preguntas sus nombres siquiera?
Se encogió de hombros.
―No suelen quedarse aquí el suficiente tiempo para que valga la pena recordarlos. Este es solo un lugar de paso para nuestros preciosos pajarillos de verano…
―En ese caso, supongo que no te importará que me la lleve al marcharme. Previo pago, por supuesto.
Héctor dejó el cigarro en un cenicero sobre la mesa y se cruzó de brazos.
―¿Sabes? No eres el primero que viene a mí con este tipo de idea descabellada. Pero, por desgracia, ningún mortal puede salir vivo del Velero de los Condenados. Su indiscreción pondría en peligro nuestra existencia. Es un riesgo que no puedo correr. Como hermano de sangre, me entenderás.
―No se trata de una humana corriente. Esa mujer es medio bruja. Me responsabilizaré plenamente de su silencio.
Héctor me miró, pensativo, disfrutando de su posición de poder. Después volvió a tomar el cigarro y aspiró profundamente, meditando su respuesta.
―Sí que te ha impresionado esa jovenzuela… ―Soltó el humo, con expresión ladina―. A lo mejor debería probarla yo también antes de deshacerme de ella…
Me agarré con fuerza a los brazos del sillón, sintiendo que todos mis músculos se tensaban de rabia al imaginar las manos de Sinclair sobre la delicada Iris.
―Está bien, está bien ―rio Héctor, dándose cuenta de mi reacción―. Ya veo que no te entusiasma la idea. Déjame pensar qué puedo hacer.
―Te lo agradecería.
―No es un sí.
―Te lo ruego.
Héctor asintió, sin responder todavía.
―Me encanta que me ruegues, para qué voy a mentirte…
―Y hay algo más que necesito pedirte… ―dije, tragándome mi orgullo mientras aquel cerdo estuviera dispuesto a cooperar―.
La bruja tiene una hermana. Es posible que estuviera una vez aquí, hace varios años.
Aunque dudo que siga… ―Me mordí la lengua―.
No creo que siga en el velero, pero necesito preguntártelo de todos modos.
Héctor ladeó la cabeza, cada vez más interesado.
―Soy todo oídos. ¿Cuál es su nombre?
―Katherine. Katherine Andersson.
Al escuchar aquello, Héctor dejó caer el cigarro en el cenicero, incrédulo.
Su expresión cambió por completo y se levantó de golpe, con los brazos sobre las caderas.
―¿Quién te ha enviado aquí, Theodore d’Alessandro? ―musitó entre dientes, plantándose frente a mí con ojos entrecerrados.
Escurrió la mano tras el cuadro, palpando y presionando alguna palanca oculta tras él.
―No sé de qué me hablas ―respondí sin entender, echándome hacia atrás―. Es solo una bruja de la que me he encaprichado esta noche. Mientras estábamos en la cama me comentó que tenía una hermana, y que hacía tiempo que no sabía de ella…
Escuché pasos, y al darme la vuelta vi a Mildred y Romina empuñando espadas de plata, seguidas por un par de guardias.
―¿Qué significa todo esto, Sinclair? ―pregunté, levantándome de golpe con los brazos en el aire―. ¿He dicho algo que no debía?
―Maldito topo ―gruñó Héctor, haciendo un gesto a sus sirvientes―. Tendría que haber sospechado desde el momento en que apareciste en mi barco. Sabía que eras un mísero traidor, d’Alessandro, pero…
Cuatro espadas de plata apuntaron a mi pecho, y reculé todo lo que pude, quedando acorralado en una esquina.
―No entiendo nada, Sinclair ―dije, protegiéndome con las palmas de las manos―. Era solo una oferta. Un intercambio económico…
Héctor explotó en una risa malévola.
―¡Iris Andersson! ―Bufó, sacudiendo la cabeza―. ¡Por supuesto! ¿Cómo pude pasarlo por alto? Y tú… el vengador en las sombras, el justiciero de La Oscuridad… ¿es eso, d’Alessandro? ¿Has venido a luchar contra los sobrenaturales poseídos por La Oscuridad… en mi propia casa?
Rio tan fuerte que las llamas de las velas temblaron.
―Lleváoslo, queridas ―ordenó Héctor a Mildred y Romina, y estas se acercaron a mí con cadenas de plata―. A las bodegas, con el resto de presos.
De poco habría servido oponer resistencia, desarmado y en un barco repleto de vampiros al servicio de Héctor. Decidí usar una táctica más civilizada.
―No serán necesarias. ―Señalé las cadenas―. Os acompañaré voluntariamente. Pero esto es solo un malentendido…
―Por supuesto, por supuesto… ―dijo Héctor, haciendo un gesto despectivo con la mano―.
Entonces supongo que no te importará unirte a nosotros en el salón, mañana por la noche.
Será una ceremonia muy especial… en la que podrás observar cómo bebo hasta la última gota de sangre de esa bruja.
Incluso me planteo hacerla mía para siempre…
concederle la mordedura eterna… ¿Qué te parece?
Sus ojos relampaguearon, y sentí algo explotar en el pecho, mientras la ira me cegaba.
―¿No te importará, verdad? Si es cierto lo que afirmas, deberías alegrarte. Podrás disfrutar de un espectáculo voyeur en el gran salón, mientras la hago gritar de placer y lamo sus rincones más recónditos. Su último suspiro será por mí, ¿no es fabuloso?
Me lancé a la carga contra Héctor, sintiendo el sabor de la sangre en los colmillos. Lo derribé sobre el suelo, y clavé mis garras en su cuello. No podía pensar. Mi plan civilizado se había ido al traste. Lo único que quería era desgarrarlo; hacerlo pedazos entre alaridos de dolor.
La sensatez me abandonó, sustituida por la sed de sangre y venganza.
Venganza de Emmanuel, de Iris, y de tantas otras víctimas de La Oscuridad y la injusticia.
El rostro de mi hermano fue lo último que pasó por mi mente.
Después, una hoja de plata se clavó en mi espalda, y el mundo entero se desvaneció ante mis ojos.