Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 41
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Iris

Abrí los ojos, pero solo vi sombras.

Teo yacía junto a mí en la cama, abrazándome por detrás bajo la sábana.

La voz de Shihan me llamaba con insistencia desde algún punto indescifrable en la oscuridad del camarote.

Me incorporé sobre las almohadas, apoyándome contra el ornado cabezal de la cama, y me cubrí un poco con la sábana. Una súbita brisa fantasmal había hecho bajar la temperatura.

―¿Estás bien? ―murmuró Teo, incorporándose un poco y posando una mano helada sobre mi brazo. Encendió la luz de la mesilla y husmeó un poco por los rincones.

Asentí y me llevé un dedo a los labios, pidiéndole silencio. Comprendí que él no podía ver ni oír nada.

―No te muevas. No hables ―susurré, apretando su mano. Él apretó la mía de vuelta, confirmando que había entendido.

Cerré los ojos y traté de conectar con el espectro de la joven, cuya presencia comenzaba a volverse más fuerte en la estancia.

«Shihan… ¿eres tú?» formulé en mis pensamientos.

«Sí. Estoy aquí, médium.»

«Shihan, ¿sabes algo de mi hermana? ¿De Katherine?»

La brisa fría revolvió las cortinas, y un cuadro comenzó a golpear la pared, como si un tren estuviera pasándonos por encima.

«No sé nada de tu hermana. Pero sí que sé cómo puedes salir de aquí sin tener que unirte a los muertos.»

«Dime, ¿cómo?»

«Busca a la bruja ibicenca. La más poderosa de todas. Su alma está maldita, entretejida con La Oscuridad. Pero solo La Oscuridad puede vencer a La Oscuridad que sostiene a este buque.»

«¿Pero… quién es? ¿Dónde está? ¿Sabes su nombre?»

«Lo sé.»

La brisa fría comenzó a amainar, y el cuadro dejó de dar golpes. Shihan se estaba marchando de nuevo.

«¡Shihan, no te vayas! ¡Necesito saber más! ¿Quién es?»

«Solo a cambio de una promesa.»

Sentí la mano de Teo apretando mi brazo de nuevo, insuflándome su apoyo. Me la sacudí de encima sin abrir los ojos, para evitar que me desconcentrara.

«¡Haré lo que quieras! Solo dímelo, por favor.», le supliqué a Shihan en mi mente.

«Sácalos de aquí. A los otros como tú y como yo; a nuestras hermanas y hermanos.», ordenó.

«Lo haré, si está en mis manos…»

«Júralo, médium. Por lo que más ames.»

«¡Está bien! Lo juro.»

«¿Lo juras por tu vida mortal? ¿Por tu alma inmortal?»

«¡Sí!»

La voz espectral guardó silencio, como si todavía dudase.

«¿Lo juras por… la vida de tu hermana?»

Me quedé en blanco.

Recordé a Katie con apenas siete años, correteando a mi lado por el cementerio de Saint Anne; riendo juntas, revolcándonos por la hierba entre las lápidas mientras nuestra madre nos llamaba desde las catacumbas.

Mi hermana fue, hasta que se marchó a la universidad y conoció a gente de fuera de El Claustro, mi mejor amiga y mi segunda madre.

No era un juramento fácil. Pero era necesario.

«Lo juro.», susurré.

Shihan guardó silencio, y la brisa fría que había provocado se detuvo. El calor volvió al camarote. Las luces parpadearon, cobrando vida de nuevo.

―¡No! ¡Regresa! ―grité en voz alta, apretando la sábana entre las manos.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Teo, ajeno a mi conversación inaudible.

Sacudí la cabeza, frustrada.

―No importa. Casi pude conectar con un espectro. Pensé que podría ayudarme a salir de aquí, pero… ―Suspiré―. La he perdido cuando estaba casi a punto de conseguirlo.

Teo me abrazó y hundió su nariz en mi pelo.

―No te preocupes. Yo te sacaré de aquí. Te lo prometo.

Exhalé, frustrada por mi impotencia.

―Estaba esperando a que despertases ―susurró Teo, acariciando con ternura las marcas de mordeduras en mi cuello―. Iré a hablar con Héctor de inmediato. Todo irá bien.

―No, Teo ―repliqué, apartándome el pelo de los ojos―. Con eso no bastará. Yo no soy la única prisionera de este barco.

Teo apartó la mirada, lleno de pesar.

―Lo sé, y ojalá pudiera hacer algo por todos esos desdichados. Pero no está en mis manos.

Me levanté de golpe. Busqué algo que ponerme que no fuera aquel burlesco vestido que me había dado Mildred, pero no había nada más a la vista. Me acerqué al armario y lo abrí.

―Tú no has visto lo que he visto yo. No puedo dejarlas aquí ―insistí, rebuscando entre las perchas. El armario estaba repleto de vestidos de fiesta, cada cual más ostentoso que el anterior.

―¡Iris! ¿Es que no lo entiendes? ―exclamó Teo, levantándose también―. Si llamas la atención de Héctor, si das un solo paso en falso, estarás muerta antes de que amanezca. ¡Yo no puedo salvarlos a todos, pero al menos puedo intentar salvarte a ti!

Observé la perfección de su cuerpo desnudo mientras se ponía los pantalones, desde mi ángulo privilegiado junto al armario. Ninguno de los dos habló. Cuando terminó de vestirse, se encaminó hacia la salida y descorrió los cerrojos.

―¿Teo? ―dije. Él se dio la vuelta para mirarme, y yo continué ―: Entiendo que no está en tus manos ayudar a todos los cautivos de este barco. Entiendo que corres un riesgo exponiéndote por mí, pero… cuando hables con Héctor… ¿podrías hacerme un favor?

Se ajustó los puños de la camisa, asintiendo.

―Claro. ¿De qué se trata?

―¿Podrías intentar descubrir si mi hermana estuvo alguna vez aquí? Es Katherine Andersson, te lo dije en el taxi. Desapareció junto a Héctor, hace cinco años. ¿Podrías… ―me tembló la voz, pero me esforcé por terminar la frase―, podrías averiguar si… si sigue viva en alguna parte?

Al escuchar mi pregunta, su rostro, de lo normal pálido, se volvió completamente ceniciento; casi cadavérico.

―Por supuesto, querida. Cuenta con ello ―respondió quedamente, abriendo la puerta, aunque su mirada delató sus pensamientos: No hay esperanza alguna.

―Gracias ―respondí en voz baja.

Me lanzó un beso al aire y salió, perfectamente vestido, como si nada hubiera ocurrido un rato antes en ese camarote.

―Confía en mí. Todo irá bien ―dijo, asomándose por la rendija de la puerta. Me pareció que lo decía para darse confianza a sí mismo, más que a mí―. Ahora intenta descansar un poco. Volveré en un par de horas.

Teo se fue y pasó la llave, dejándome a solas en la habitación.

Apagué la luz y cerré los ojos. Era una buena idea intentar dormir un poco mientras él trataba de llegar a un acuerdo con Héctor. Fuera cual fuese el resultado, por la mañana iba a necesitar toda la energía que pudiera reunir.

Me pregunté qué haría si Teo descubría que Katie estaba presa en las bodegas. Sin duda, yo jamás me marcharía de allí sin mi hermana, bajo ningún concepto. Pero las posibilidades de que siguiera con vida después de tantos años eran ínfimas. Era inútil alimentar falsas esperanzas.

El sueño me invadió, y esta vez soñé con Katie.

Su rostro me sonreía, pero después se cubría de sangre. Chorros de sangre cayeron sobre sus cabellos claros, que luego se convirtieron en gruesas sogas de barco. Las sogas la ataron, apretándola cada vez más fuerte hasta estrangularla como serpientes.

«No vengas… Iris… Te matarán…»

Me desperté de un salto, sintiendo unos dedos helados sobre la garganta.

No había nadie en la estancia.

Me tapé hasta las orejas, asustada.

En mi cabeza retumbó la voz de Shihan, que me susurraba algo con voz ronca:

«Su nombre es Margalida Tur…»

―¿Margalida Tur? ―dije, mientras la lucidez regresaba poco a poco a mi mente―. ¡No puedo invocar a Margalida Tur! ―grité, agitando un puño en el aire con frustración, aunque sabía que no obtendría respuesta―. ¡Sería una locura! Y, además, ella ya no está aquí.

Al decir esto, el mismo cuadro que Shihan había hecho temblar un rato antes se cayó de la pared y quedó ensartado en un candelabro metálico.

Me levanté a recogerlo, y observé que el marco dorado de ebanistería se había roto al soltarse el clavo.

El lienzo mostraba un retrato de Héctor, posando junto a una mujer desconocida que adornaba sus cabellos negros con una corona de oro.

Supe de inmediato que el desplome de aquel cuadro no había sido casual, porque al caerse, un brazo del candelabro había atravesado el lienzo, pero no por cualquier parte: el metal había traspasado la figura del hombre, y sobresalía ahora de su pecho como una estaca clavada en pleno corazón.