Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 40
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Iris

La cara de Teo delató todas las emociones existentes en los siguientes cinco segundos. Frunció el ceño y parpadeó varias veces, hasta quedar boquiabierto.

―P… ¿perdón? Creo que no te he entendido bien ―dijo, jugueteando nerviosamente con el botón superior de su camisa―. Pensé que eso era algo que…

Mildred me había dejado el pelo suelto, cayendo sobre la espalda. Me lo recogí hacia arriba con las manos, dejando mi cuello al descubierto.

―Tienes que hacerlo ―le ordené―. Hazlo, y además, déjame las marcas visibles. De lo contrario, no te creerán. Saben que trabajo para ti. Sospecharán algo.

Teo se mordió el labio inferior, paralizado por la duda, mostrando la punta de sus colmillos. Empezaba a sentirme mareada.

―Iris, ¿estás segura de esto?

―Totalmente ―respondí, aunque no pude evitar que me temblara un poco la voz―. ¿Así? ¿O prefieres que me tumbe?

Teo se inclinó un poco hacia atrás, observándome con una mezcla de aprensión y cariño.

―No. Si lo hacemos, hagámoslo bien. No… no quisiera hacerte daño.

―De acuerdo. ―Tragué saliva, estremeciéndome de nuevo al sentir su cuerpo tan cerca del mío―. ¿Y cómo se hace bien ? Tú dirás…

Teo se aproximó lentamente y posó sus manos alrededor de mi cintura. Eran enormes y protectoras, y me envolvieron con gran facilidad, como si estuvieran hechas a medida solo para mí.

―Lo más importante es que estés relajada. ¿Te importa si…? ―preguntó, subiendo poco a poco por mi torso hasta detenerse en el momento en que sus palmas rozaban mis pechos por debajo del fino vestido.

Asentí con fervor, deseando secretamente que esas manos continuasen avanzando por mis senos. Pero en vez de eso, rodearon mi torso por la espalda hasta llegar a mi cuello.

Se detuvo a mirarme, con ternura en los ojos.

Luego me acarició las mejillas suavemente, con desesperante lentitud, y acercó sus labios a una de ellas, depositando un beso casto junto a mi oreja.

―Eres bellísima. Por dentro y por fuera. Supongo que eres consciente de ello ―murmuró, separándose un poco de mí―. Me muero de ganas por volver a besarte, pero bastará con que Héctor vea las marcas de…

―Bésame ―lo interrumpí.

No podía seguir respirando un segundo más sin sentir sus labios sobre los míos.

Levanté un poco la cabeza, lo suficiente para que nuestros labios se unieran. Después puse ambas manos sobre su trasero, posicionándolo justo encima de mí. Sonrió complacido, y sus dedos juguetearon por debajo de mi vestido de lentejuelas.

―¿Quieres que pare? ―me preguntó con cautela―. Solo dímelo…

Sacudí la cabeza en un no rotundo y, en respuesta, sus dedos se acercaron a las zonas más delicadas bajo mi ropa interior, haciendo que se me escapara un gemido. Me llevé la mano a la boca, preocupada de que alguien ahí fuera pudiera oírnos.

―Haz todo el ruido que desees, querida… ―susurró él, con una sonrisa entre divertida y amarga―. Cuanto más ruido hagamos, más creíble será para ellos…

El rubor me subió por las mejillas al comprender que tenía razón. Lancé mis tapujos bajo la cama y lo besé con avidez, pasando mi lengua por la punta de sus afilados colmillos; imaginándolos en todos los rincones de mi cuerpo mientras me derretía poco a poco entre aquellos potentes brazos.

Revolví su pelo claro y lo empujé para que se tumbase de espaldas sobre las almohadas. Después me senté a horcajadas sobre su cuerpo y desabroché su camisa botón a botón, besando sus pectorales desnudos como si me fuera la vida en ello; pensándolo bien, esa noche mi vida dependía de ello.

Teo me dejó hacer, retorciéndose ligeramente bajo mi peso.

Después me tumbé a su lado y lo besé de nuevo en los labios, mientras sus manos bajaban la cremallera trasera del vestido.

Ni siquiera llevaba sujetador, por orden de Mildred, de modo que mi cuerpo entero quedó al descubierto de golpe.

Ni siquiera percibí en qué momento se desnudó, pero al siguiente parpadeo estaba sobre mí, como un león imponente, su rostro a dos centímetros del mío, y nuestros cuerpos a punto de fundirse en uno.

―Esta parte no es necesaria para convencerlos, lo sabes, ¿verdad…? ―preguntó con incertidumbre, aunque jadeando de pasión―. Podemos saltárnosla…

―Lo sé ―respondí con los ojos cerrados, atrayéndolo hacia mí―. Por favor, Teo. Te deseo tanto, tanto…

Asintiendo, se hundió en mi interior de una sola vez, suavemente pero con firmeza, y un grito de placer se me escapó al sentirlo por fin dentro de mí, después de tanto tiempo fantaseando con ese momento.

Esperó un poco, confirmando que quería que continuase, y después comenzamos a movernos al unísono, mientras él me besaba el cuello sin parar. Sus besos se volvieron más rudos, al tiempo que los sus movimientos se tornaban más enérgicos y profundos.

Cuando la primera oleada comenzó a crecer en mi interior, sus colmillos se hincaron delicadamente en mi cuello, llevándome a una dimensión que no había conocido jamás hasta ese momento.

Olvidé por un instante dónde estábamos, y lo que me esperaba más allá de la puerta de ese camarote; en vez de eso, me dejé llevar, temblando junto a él, y disfruté de ese raro momento de perfección que era un paréntesis en el tiempo, solo para nosotros dos.

Tras el éxtasis de nuestro encuentro caí dormida, rendida por las subidas y bajadas de aquel largo día. Me despertó, mucho rato después, la lejana voz de Shihan, que había regresado a saldar su deuda conmigo.