39
Iris
Tomé la mano que Teo me tendía, confundida.
―¿Y bien? ―preguntó de nuevo―. ¿Estás dispuesta a confiar en mí?
Suspiré y me dejé caer sentada sobre el mullido lecho.
―¿Me queda otra opción?
―No ―respondió con una media sonrisa―. A menos que prefieras irte a la cama con Reiner Grimmbauer.
Solo la mención de aquel nombre me provocó una oleada de náuseas.
―¿Qué propones que hagamos? ―pregunté―. Porque tendrás un plan, ¿verdad?
Teo apretó los labios y cerró los ojos, como si estuviera a punto de decir algo que lo avergonzaba.
―Sigo esperando ―dije, cada vez más impaciente―. ¿Piensas decirlo hoy?
Su silencio se alargó tanto que supe que cualquier cosa que dijese después iba a ser espantosa. Sin embargo, fue todavía peor de lo que me esperaba:
―Te compraré a Héctor ―soltó al fin, encogiéndose un poco, como quien espera un golpe.
―¿Qué? ―grité, casi más furiosa que antes―. Estarás de broma, ¿verdad?
Teo negó con la cabeza, disculpándose.
―Si estás aquí, es porque ahora eres propiedad de Sinclair ―explicó con tono conciliador―.
Tuvo que haber algún tipo de transacción durante la cual él te adquirió, aunque no seas consciente de ello.
Y una vez en sus garras, no te dejará ir por las buenas.
Héctor es astuto; una maldita serpiente.
Y la única manera de sacarte de este barco es comprar tu libertad.
De lo contrario, estás condenada a muerte.
―¿Y por qué estás tan seguro de que Héctor aceptará? ―pregunté, dudando seriamente la efectividad de su plan.
―De hecho, no lo estoy ―replicó él―. Es posible que se niegue.
Héctor y yo… ―Hizo una pausa, apartándose los cabellos claros que se le metían en los ojos―.
En fin, él y yo tenemos visiones muy distintas del mundo.
Nos odiamos, para qué voy a mentirte. Y él lo sabe.
Todos en nuestro círculo lo saben. Llevo años evitándolo, y tratando de mantenerlo alejado de mi local y de aquellos a quienes aprecio.
Dudo que confíe en mí cuando se lo proponga, y, además, es posible que intente importunarme a propósito.
―Muy alentador ―dije, inspirando a fondo.
Cerré los ojos, dejándome mecer por el suave vaivén de las olas, que en aquella parte del buque se sentía más intensamente.
―Haré todo lo posible por convencerlo ―me aseguró―.
Te sacaré de aquí, y después te marcharás a Londres para siempre.
Ningún mortal ha salido vivo de este agujero, pero espero que mi protección, unida al hecho de ser bruja, jueguen a tu favor.
―Sus ojos relucieron con aquel característico fulgor verde―. Una bruja sabe guardar un secreto.
Teo tenía razón; tras haber estado en las celdas de abajo, sabía que no tenía muchas posibilidades de salir de allí con vida. Su oferta de pagar por mi libertad sonaba ultrajante, y también bastante descabellada, pero era un plan y era bastante mejor del que yo tenía, que era… ninguno.
Sin embargo, su enemistad con Héctor podía ser un obstáculo. Y si Héctor se negaba a aceptar la propuesta, ambos podríamos terminar en apuros.
¿Qué hago?, me pregunté.
Y entonces lo entendí.
Había una manera.
Había una forma de convencer a Héctor de que Teo, realmente, había ido hasta allí para “comprarme”; de que se había vuelto tan pérfido como él, y, por lo tanto, de fiar , según sus oscuros estándares.
El único problema era que esa manera pasaba por hacer algo que me provocaba escalofríos de solo pensarlo.
Aunque, llegados a este punto, no era capaz de comprender si aquellos escalofríos eran a causa del miedo… o de la excitación.
Tragué saliva y miré a Teo, que aguardaba de pie frente a mí, expectante. Yo estaba aún sentada en la cama, con los ojos a la altura de la hebilla de su cinturón.
―Escúchame ―dije lentamente, tomando sus manos y obligándolo a sentarse a mi lado en la cama―. Tienes que ganarte la confianza de Héctor. Tienes que convencerlo de que estás aquí por el mismo motivo que los demás, para que te crea cuando le ofrezcas el trato.
―Correcto ―corroboró―. Veo que me has entendido. Ahora, el único problema es cómo hacerlo en la práctica, dado que Sinclair siente un profundo desprecio por mí y mis principios…
Lo miré fijamente a los ojos y tomé aire una vez más antes de responder.
Uno, dos, tres.
Inspira, expira.
―Teo ―dije firmemente―. Eso no era una pregunta, sino una afirmación. Hay una manera, pero vas a tener que morderme.