Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 38
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Iris

Teo me agarró del brazo y me sacó a rastras del salón. Lo seguí, tropezándome con los tacones demasiado altos que Mildred me había obligado a ponerme. Para entonces llevaba tantas horas sin dormir que ya casi ni sentía el cansancio, pero mis reflejos comenzaban a resentirse.

Mildred nos guio con paso marcial, balanceando su enorme llavero en la mano.

La bella vampiresa de cabellos cortos caminaba unos pasos por delante, mientras yo musitaba coloridos improperios solo para los oídos de Teo.

Llegó un momento en que lo hice perder la paciencia y me propinó un leve codazo en el costado para hacerme callar.

Obedecí, aunque lo fulminé con la mirada.

Tenía suerte de que yo no fuera Naomi, porque le habría aplastado la cabeza con un candelabro.

―Os dejaré este, cortesía de Héctor ―dijo Mildred, señalando una puerta algo más grande que las demás y entregándole a Teo una llave de su manojo―. Ahora tengo que volver arriba a encargarme del resto. Disfrutad de vuestra estancia en nuestro velero.

Tras decir la última frase, que sonó como una grabación, se dio la vuelta para marcharse. Teo la llamó, chasqueando los dedos.

―Las esposas, querida ―dijo agitando el índice con impaciencia.

Mildred asintió y se levantó la falda hasta el muslo. Colgado de una liga de encaje llevaba un juego de llaves más pequeño, que desenganchó con cuidado para no arruinar las puntillas.

―Por supuesto. Casi lo olvido ―dijo, y me desató las manos. Me froté las muñecas, lanzándole una mirada cargada de rencor―. Pero ten cuidado ―añadió mirando a Teo como si yo no pudiera oírla―: Ya ha intentado escaparse una vez. Mantenla vigilada y cuida bien las llaves de la puerta.

―Lo haré, no lo dudes ―prometió Teo, y me empujó al interior del camarote, dejando a la vampiresa fuera.

Una vez dentro, encendió la luz y pasó el cerrojo. Después dejó las llaves sobre una cómoda en el vestíbulo. Seguí sus movimientos con atención, y mis atentas miradas no le pasaron desapercibidas.

―¿Qué estás tramando? ―me espetó―. ¿Acaso piensas robar las llaves y subir corriendo al salón? Porque, en mi opinión, sería una acción suicida. Pero tú misma…

Apreté los dientes. Sentía una furia tan grande que, si me dejaba llevar, intentaría matarlo, y aquello tampoco terminaría bien para mí.

―¿Y bien? ―dijo Teo, paseándose de brazos cruzados por la habitación.

Me sorprendió su tono enfadado, como si fuera yo la que había hecho algo malo. Apartó el sillón del escritorio y se sentó en él, con las piernas cruzadas y las puntas de los dedos unidas.

―¿Piensas explicarme cómo has terminado aquí? ―me espetó furioso.

Bufé, incapaz de controlarme por mucho tiempo más.

―¿Lo dices en serio? ―siseé, buscando con la mirada algún objeto punzante―.

Me parece graciosísimo que tú me estés preguntando eso a mí, cuando te he pillado in fraganti en un retorcido burdel flotante para vampiros y, obviamente, te morías de ganas por tirarte a esta zorra ―pronuncié las últimas palabras con retintín, repitiendo lo que había dicho él mismo un rato antes―. Perdona, ¿era zorra? ¿O furcia?

Teo guardó silencio, y me pareció ver un gesto fugaz de dolor en su rostro. Bien: ni siquiera iba a intentar defenderse. El que calla otorga, me dije.

―¡Maldita sea, Theodore! ―grité, cada vez más encendida―.

¡Maldigo el día en que entré a trabajar en tu bar, y en ese ridículo sucedáneo de agencia que regentas!

Tendría que haberme marchado en cuanto vi el panorama, pero fui una estúpida y me quedé.

Presentía que no eras totalmente de fiar…

Pero claro, no me imaginaba hasta qué punto eras un depravado, un malnacido, un psicópata patético que…

Teo exhaló con impaciencia y apoyó la barbilla en la palma de una mano, interrumpiéndome.

―¿La lista es muy larga? ―preguntó, dando golpecitos con la otra mano sobre la esfera de su reloj de pulsera.

Me callé de golpe, infinitamente ofendida.

¿En serio? ¿Después de lo que había hecho iba a tratarme así, encima?

Aquello era inconcebible.

Teo se levantó del sillón y se acercó a mí, cauteloso. Yo seguía de pie en un rincón del vestíbulo, incapaz de decidir cuál sería mi próxima jugada.

Me puso un dedo bajo la barbilla y me levantó la cara, obligándome a mirarlo a los ojos. Me estremecí al sentir el tacto de sus manos sobre mi piel, mientras una extraña mezcla de rechazo y nostalgia me invadía.

―Iris, mírame, por favor ―dijo suavemente―. Aunque no lo creas, estoy intentando ayudarte.

Aparté la mirada.

―¿Ayudarme cómo, exactamente? ―le grité, escapando de entre sus manos―. ¿Apoyando este nido de vampiros corruptos? He escuchado lo que has dicho ahí arriba, y…

Él me dejó ir, con aspecto decaído.

―Baja la voz, por favor. Sé que es difícil de creer, pero no suelo frecuentar este tipo de sitios ―susurró―. Solo vine porque los Grimmbauer no me dejaron otra opción. Era esto o perder sus favores, lo cual supondría para mí perderlo todo, e incumplir una promesa que…

Se interrumpió, como si hubiera hablado demasiado. Permanecí rígida, manteniéndome tan alejada de él como pude. Sonaba sincero, pero aun así, había subido a ese barco voluntariamente, y probablemente había pagado una buena suma de dinero a Héctor por aquellos servicios .

―No tienes ni idea de lo que hay en las bodegas de este barco, ¿verdad? ―pregunté, sintiendo que mi rencor se diluía un poco, y comenzaba a convertirse en curiosidad.

Tardó en responder. Miró un momento al techo, pensativo. Resopló.

―No ―concedió tras unos instantes―, aunque, ahora que lo pienso, no es muy difícil imaginarlo. Para serte sincero, intento no pensar en ello.

―Claro ―bufé, dándole un empujón en el pecho, al que no opuso resistencia―, ¿por qué ibas a hacerlo? Tú, con tu vida lujosa y perfecta, ¿por qué iba a importarte el sufrimiento de aquellos a quienes les tocó peor suerte que a ti en la ruleta de la vida?

―Pido disculpas ―murmuró. Dio un par de pasos atrás y se sentó al borde de la cama, hundiendo la cabeza entre las manos―.

Siento mucho que me encontraras aquí, Iris.

Pero tú me importas. Lo que dije ahí fuera lo dije para salvarte, me creas o no ―Hizo una pausa y alzó el rostro para mirarme fijamente a los ojos.

Sentí su mirada como fuego, y añadió―: Y si yo no hubiera estado hoy aquí, ahora estarías muerta. O peor.

Tragué saliva, consciente de que su afirmación era cierta.

―Fue Katsaros, ¿verdad? ―continuó Teo, disimulando su rabia a duras penas ―. Leí tu mensaje, pero cuando te escribí para advertirte, tu teléfono ya estaba apagado. Te dije que ese hombre no era de fiar, pero…

Se detuvo y sacudió la mano, como si nada de eso importara ya.

Extendí el brazo y señalé la suntuosa habitación con molduras doradas en techo y paredes, y la fina colcha dorada de brocado que cubría la cama.

―¿Acaso tengo motivos para fiarme de ti? ―le pregunté―. ¡Estabas aquí, Teo! Estabas en ese maldito salón con los otros. ¿Por qué iba a creerte? ¿Por qué iba a confiar en que intentarás ayudarme, y no…?

―Porque no he dejado de pensar en ti desde la otra noche ―me interrumpió, dejándome boquiabierta―.

Porque desde ese momento te veo en todas partes, en todos los rostros de todas las mujeres, y me maldigo por el error que cometí contigo.

Porque, desde la primera vez que escuché tu voz por teléfono, supe que eras especial, que eras distinta y que eras la mujer que necesitaba para…

Se levantó de la cama y comenzó a pasear, nervioso, de un lado a otro del dormitorio.

―¿Para qué? ―me esforcé por no gritar, pero me frustraba su costumbre de dejar las frases importantes a medias.

―Para ayudarme en mi misión. ―Sacudió la cabeza―.

Pero eso ya da igual. Sé que te arrepientes de haberme conocido y de haber venido al Serenata.

No te culpo. Supongo que yo, en tu lugar, me sentiría igual.

―Se agachó un poco y me tendió la mano tímidamente―.

Aunque no lo creas, te he hecho traer aquí para protegerte.

Pero necesito que confíes en mí y hagas exactamente lo que te voy a decir ahora. Si no, ambos estaremos perdidos.