37
Iris
El dolor me desgarró al advertir la presencia de Teo en aquel salón infernal; aunque más que su presencia, lo que me destrozó por completo fue su indiferencia.
Aunque, por otra parte, ni siquiera me sorprendía.
Con las manos esposadas, era difícil rehuir los asquerosos magreos de Reiner Grimmbauer, de modo que pasó un buen rato hasta que pude alzar la mirada y lo descubrí ahí, sentado como si nada entre aquellos inmortales pervertidos.
Al verme, su rostro se desencajó: al menos tuvo la decencia de sentir vergüenza cuando lo pillé con las manos en la masa.
Lo llamé y se mantuvo impasible; por un instante me pregunté si habría sido él quien me había vendido a Héctor Sinclair; si estaría compinchado con Yannis, o si simplemente era otro vampiro degenerado, como la mayoría de su especie, al que no le bastaba con morder la garganta de aquellos que se ofrecían voluntariamente y necesitaba un poco más de adrenalina para animar su tediosa existencia.
Mientras me debatía contra Reiner, que no paraba de manosearme los pechos por debajo del ridículo vestido, Teo se levantó de su sillón con la calma más absoluta y me señaló con apatía.
―Un momento ―dijo, guardando el teléfono en el bolsillo con parsimonia.
Se arregló el cuello de la camisa y se acercó a olisquearme, como si fuera la primera vez que me veía. El apestoso que estaba tratando de hincarme el diente se quedó quieto, extrañado por la reacción de Teo.
―No ―dijo Teo, sacudiendo la cabeza―. Disculpa, Reiner, pero esta me la quedo yo.
Reiner enarcó las cejas, incrédulo, y después señaló al grupo de desgraciados que había entrado a la vez que yo al salón; algunos de ellos todavía estaban junto a Mildred, esperando su destino.
―Elígete a otra, d’Alessandro ―gruñó el vampiro alemán―. Yo la vi primero.
―Insisto ―dijo Teo, impasible.
―¡Estaba en tu bar todo este tiempo! ―replicó Reiner―. Podrías haberla degustado cuando quisieras. ¿A qué viene tanto interés de pronto?
Teo me miró, y en sus ojos solo vi frialdad.
Se me heló la sangre al comprender de golpe lo que realmente ocultaba su alma.
―No sabes las ganas que tenía de poseer a esta zorra, pero no podía, con todos esos humanos acechando. ―Teo escupió las palabras, y estas se clavaron en mi corazón como dardos envenenados―. Déjamela, Reiner. Como favor. Que sea un trato entre caballeros.
―D’Alessandro, ¿a qué estás jugando? ―El tono de Reiner se volvía cada vez más agresivo, y me apretó tanto las muñecas que sentí que las puntas de los dedos se me entumecían por falta de riego sanguíneo―. Tú estás aquí para servirme, y no lo contrario.
Teo parecía estar a punto de lanzar fuego por los ojos. Escuché pasos acercándose, y se personó frente a nosotros el mismísimo Héctor Sinclair.
Llevaba tantos años buscando a ese hombre, y ahora que lo tenía justo delante, lo único que podía hacer era odiarlo en silencio.
La sala entera se quedó en silencio, mientras todos los presentes observaban la escena.
Héctor puso los brazos en jarras y se mesó los brillantes cabellos color cuervo; seguía llevándolos con raya al medio, igual que cinco años antes.
―¿Qué está pasando aquí, caballeros? ―preguntó con curiosidad.
Héctor seguía sin reconocerme, pero eso no me extrañó; mi aspecto había cambiado bastante desde entonces, a diferencia del suyo.
Sin duda había salido de copas con muchas, muchas mujeres a lo largo de su existencia, y yo no era la más llamativa ni por asomo.
Para mí, sin embargo, habría sido difícil olvidar la cara del hombre que me había arruinado la vida.
―No me digas que has cambiado de opinión, amigo mío… ―comentó Héctor, sumamente divertido por el altercado.
―Así es ―respondió Teo con altanería―. ¿Algún problema? ¿Tienes algún impedimento moral, quizás?
La sonrisa de Héctor se volvió tan amplia que dejó ver sus colmillos al completo.
―En absoluto. Me encanta.
Héctor dio una palmada al aire, ilusionado, y se me acercó. Hundió su nariz entre mis pechos un momento, ignorando mis airadas protestas. Después se volvió hacia Reiner, y le susurró al oído:
―Señor Grimmbauer, ¿no le parece que esta joven tiene un olor un tanto… pestilente?
―No me molesta ―replicó el otro, encogiéndose de hombros―. Tengo curiosidad por probar una bruja. Son muy difíciles de capturar.
Héctor miró a Teo y a Reiner alternativamente, dudando. Sentí que planeaba algo, y que, fuera lo que fuese, no sería en mi beneficio.
―Le ofrezco una virgen a cambio ―le dijo Héctor a Reiner, como quien saca un as de la manga―.
La tenía reservada en la bodega, pero podría hacer una excepción por ustedes.
¿Qué me dice? Esta de aquí… ―Me sujetó del hombro y torció el gesto―.
Sí, es una rareza, pero es de segunda mano, si me entienden...
Sentí que se me detenía la respiración ante el horror de aquella situación.
Si desde la desaparición de Katie había dejado de confiar en los vampiros, lo que se estaba desplegando ante mis ojos me espeluznó hasta el punto de odiarlos a muerte.
Si hubiera tenido una estaca en ese momento, los habría asesinado a sangre fría, uno a uno, empezando por Teo.
Reiner Grimmbauer dudó un instante ante la oferta de Héctor, claramente tentado. Al final me empujó hacia Teo con un gesto de desdén y asintió.
―De acuerdo ―dijo, volviéndose hacia el grupo de Mildred con una pregunta en los ojos―. Trato hecho. Que se la quede d’Alessandro, si tanto interés tiene.
Héctor me tomó por las esposas y me lanzó contra el pecho de Teo.
Me sentí como una mercancía, pasada de mano en mano sin miramientos.
Teo me cogió, casi al vuelo, y me envolvió en su brazo.
Por un instante, su apretón alivió mi tensión; pero el alivio se convirtió en asco al instante, al comprender por qué Teo estaba allí, y lo que pretendía hacer conmigo.
―Necesitaré un camarote ―dijo Teo, sin siquiera mirarme.
―Por supuesto ―respondió Héctor, complaciente―. Mildred te indicará cómo llegar, amigo mío. ―Después hizo una breve inclinación y le lanzó una mirada lasciva a Teo, antes de darse la vuelta para ir en busca de la supuesta virgen―. Disfruta de la velada… hermano .