Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 36
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Teo

El Velero de los Condenados tenía fama de ser el salón de fiestas flotante más desenfrenado de todo el Mediterráneo, y posiblemente del mundo.

No conocía a ningún vampiro que no hubiera, cuando menos, oído hablar de él, y muchos habían sido, en algún momento de sus largas y aburridas existencias, invitados de aquel buque.

El navío se mantenía invisible gracias a un potentísimo hechizo, sostenido gracias al poder de las brujas más poderosas; Sinclair siempre escogía a alguna hechicera experta en magia oscura como consorte, y sobre ella recaía la responsabilidad de mantener en todo momento el encantamiento.

El buque no solía alejarse mucho de las costas ibicencas, aunque tampoco era raro encontrarlo por Córcega, Sicilia o las Islas Griegas, todas ellas fuentes fantásticas tanto de clientes como de material de entretenimiento.

Me habría gustado poder decir que nunca antes había pisado ese antro, pero por desgracia no era así.

Sin embargo, desde entonces había transcurrido mucho tiempo, y llevaba más de medio siglo sin acercarme por los dominios de aquel corrupto florentino de nombre americano que, para mi desdicha, era también mi vecino.

―Sentaos, por favor ―dijo Héctor Sinclair, siempre con esa sonrisa ladina que lo caracterizaba.

Sus palabras me sacaron de mis divagaciones.

Acabábamos de llegar al Gran Salón, un espacio enorme y cuadrado cubierto de suntuosas alfombras de motivos florales.

Las paredes, revestidas de madera de roble, casi no se veían bajo las numerosas obras de arte que Héctor había adquirido, Zeus sabía cómo, durante sus más de cinco siglos de vida.

Podía ser un depravado, pero sin duda tenía buen gusto para el arte.

Aparte de nosotros, unos cuantos vampiros más estaban ya allí, y se habían acomodado en los sillones y divanes acolchados del salón, formando pequeños grupos privados. Algunos bebían, probablemente whisky, brandy o sangre embotellada, y conversaban en voz baja.

Me llamó la atención un vampiro en la cincuentena, que tocaba una compleja melodía al piano, absorto, mientras otro más joven le besuqueaba el cuello.

Un candelabro de diez brazos iluminaba las partituras, con las llamas de las velas ondeando levemente, como si bailaran al son de las notas y el vaivén del barco.

―¿Ese no es Piotr Illich…? ―pregunté, y Héctor asintió, orgulloso.

―Ya te dije que hoy teníamos huéspedes importantes. ―Se giró hacia Aksel y Reiner Grimmbauer―. Como ustedes, por ejemplo. ¿Qué tomarán esta noche, caballeros?

Héctor señaló hacia el bar, donde un par de mortales asustadas y semidesnudas servían en la barra, encorvadas y tratando de ocultarse tras ella.

Me recordaron un poco a Mina y a Selena, y sentí un escalofrío al pensar que, de no ser por mi protección, podrían haber sido ellas.

Reiner sacudió la cabeza e hizo un gesto de desprecio con la mano.

―Bien, caballeros, siéntense y disfruten de la música en directo mientras me aseguro de que está todo listo. Estaré con ustedes en un momento.

Reiner se encaminó a uno de los sillones libres, seguido por su hermano. Su actitud dejó claro que no estaban allí para beber whisky, ni menos aún para escuchar música clásica.

Me quedé a solas con Héctor, que no dejaba de sonreír como un maldito sátiro.

―Vaya, vaya… ―dijo Héctor con voz pausada, saboreando el momento―. ¿Quién hubiera dicho que volvería a tener el honor de albergar al mismísimo Theodore d’Alessandro en mi velero? ¿Qué te trae por aquí, viejo amigo?

Tragué saliva antes de contestar, reprimiendo mis ganas de clarificar que podía ser viejo , pero definitivamente no su amigo.

―Negocios, como puedes ver ―contesté, señalando en dirección a los Grimmbauer.

―¿Entonces tú no… tomarás nada ? ―insistió, embaucador―. Ya que estás aquí, podrías relajarte un poco, y…

―No necesito nada, gracias ―repliqué, tajante―. Solo he venido a acompañarlos. Esperaré aquí hasta que se cansen. Tengo trabajo que hacer.

―No sabes lo que te pierdes. Esta noche tengo un par de delicatessen extremadamente raras y exóticas. Incluso unos gemelos, y un ejemplar muy parecido a esa amante inaguantable que tuviste hace unos años… ¿cómo se llamaba? ¿Roxana?

Ladeó la cabeza, satisfecho al ver que sus palabras habían causado el efecto deseado. Apreté la mandíbula, maldiciendo la velocidad a la que corrían los chismes en las islas.

―Ya te lo he dicho ―repetí sin mirarle―. No me interesa.

Sinclair resopló por la nariz, sacudiendo su melena negra con incredulidad.

―¿Sabes, d’Alessandro? ―susurró con tono hastiado―.

Me sorprende que tú, como profesional de la restauración, no entiendas mejor que nadie que todos necesitamos un poco de diversión de vez en cuando.

―Sacó una cajita de opio del bolsillo de la chaqueta, y jugueteó con ella con aire impaciente―.

¿De qué te sirve la inmortalidad, si vives siglos y siglos amargado, sin disfrutar de las maravillas que la naturaleza, generosamente, nos brinda?

¿Qué hay de malo en morder el fruto del manzano, amigo mío?

¿Para qué piensas que crece, sino para comerlo?

En aquel momento las puertas dobles chirriaron, abriéndose, e incluso el elegante pianista dejó de tocar. Sobre el salón cayó un silencio hambriento, expectante, y todos los presentes miraron con curiosidad hacia la entrada.

Allí estaba Mildred, tan espléndida y cruel como la recordaba. La vampiresa pelirroja dio un par de palmadas para atraer la atención de los presentes y se aclaró la garganta antes de hablar.

―Damas y caballeros, bienvenidos al Velero de los Condenados una vez más. Me complace presentarles el menú especial de esta noche.

A un gesto suyo, una fila de hombres y mujeres esposados entró arrastrando los pies en el salón. Los vampiros se inclinaron hacia adelante en sus asientos para verlos mejor, salivando con anticipación.

Los dos primeros que entraron eran rubios, y, tal y como había dicho Héctor, parecían gemelos.

Los habían vestido con ridículos trajes de gladiadores, que resaltaban los músculos de sus brazos y pecho.

El músico y su acompañante los apuntaron con el dedo, y Sinclair abandonó mi lado para ir a sacar a los pobres desgraciados de la fila.

Tras ellos caminaban varias chicas, de aspecto nórdico. Me recordaron a Oksana, aunque solo en su apariencia; mi querida encargada nunca habría entrado en esa sala con la cabeza gacha y los brazos cruzados; sino que habría luchado con uñas y dientes antes de permitir que le hicieran algo así.

Suspiré, pensando que al menos mis chicas estaban a salvo de correr una suerte tan atroz.

Mis brujas eran demasiado astutas para caer en las redes de alguien como Héctor Sinclair, o para dejarse embaucar por sus falsas promesas.

Un vampiro extranjero, cuya cara no me sonaba, se levantó para olisquear a unas mujeres nuevas que acababan de hacer su aparición en la sala.

Rozaban la treintena, y tenían bustos y caderas generosos que temblaban con cada uno de sus pasos, en una cadencia hipnótica.

La parte reptiliana de mi cerebro se encendió al verlas, pero tardé solo un segundo en recordar por qué estaban ahí.

Aunque Héctor Sinclair jamás desvelase la procedencia del género , no era difícil imaginar que sus métodos de reclutamiento eran completamente inmorales y absolutamente ilegales, al menos según las leyes de los mortales.

Miré la hora, preguntándome cuánto faltaría hasta el amanecer. Me moría de ganas de salir de ese tugurio. El salón no tenía ventanas, y probablemente el hechizo también mantenía al barco en una noche eterna, para que los clientes pudieran salir a cubierta a placer.

Por desgracia, era posible que la velada se alargara durante días enteros, según los antojos de los Grimmbauer.

Saqué el teléfono del bolsillo, en busca de algo con lo que entretenerme, pero mi terminal no captaba señal en alta mar y se había convertido en poco más que un ladrillo inservible.

―¡Oh, pero mira eso! ―gritó Reiner Grimmbauer a su hermano, separándose de la mesa de un golpe―. ¿Es la misma? ¡No me lo puedo creer!

Se puso en pie y corrió hacia Mildred, babeando.

La vampiresa ocultaba la figura de la elegida de Reiner, y casi preferí no saber quién era la desdichada que terminaría en el camarote del mayor de los Grimmbauer.

Aksel animó a su hermano, haciendo gestos obscenos desde el sillón, y yo puse los ojos en blanco, repugnado por el comportamiento de ambos.

Una pareja de mediana edad había comenzado a desnudar a su presa en plena sala.

Era una de las chicas nórdicas, con las cejas tan claras que se fundían con el tono de su pálida piel.

La vampiresa comenzó a morderle la cara interior de los muslos, mientras su marido besaba a la chica en la boca, ahogando sus gemidos aterrorizados.

En ocasiones así, sentía asco de mí mismo por pertenecer a la misma estirpe que aquellos energúmenos.

En un esfuerzo por distanciarme de la situación, regresé a mis correos y releí los emails viejos de Johannes, en los que me hablaba de un posible caso nuevo en los Pirineos, para el cual necesitaríamos un poco más de organización logística.

Pagaban bien, y la historia era interesante; mis casos preferidos eran aquellos en los que había posibilidades de enfrentarse cara a cara a La Oscuridad que un día se había llevado a Emmanuel de mi lado.

―¡Suéltame, cerdo! ―gritó una de las chicas recién llegadas, y su voz me hizo levantar la mirada de la pantalla como un resorte.

Algunos rieron al escucharla, entretenidos por su tenacidad. Las víctimas que oponían resistencia solían ser las que más divertían a los malditos enfermos que frecuentaban sitios como ese.

Reiner Grimmbauer sujetaba por la fuerza a una joven rubia de cabellos ondulados, que se encontraba de espaldas a mí.

Llevaba puesto un vestido ajustado de lentejuelas plateadas, con un corte lateral tan profundo que hacía la falda prácticamente superflua.

La chica trató de darle una patada en la entrepierna, y Reiner soltó una carcajada mientras le hacía un placaje y la esquivaba a la vez.

En ese momento, la mujer se dio la vuelta tratando de zafarse del agarre de Reiner, que la sujetaba por las muñecas. Nuestros ojos se encontraron, y me llevé una mano a la boca, deseando que aquello no estuviera ocurriendo de verdad.

―¿Teo? ―gritó ella señalándome―. ¿Eres tú?

Contuve la respiración, horrorizado.

Reiner le cubrió la boca, pero le dio el tiempo justo a gritar:

―¡Teo, por favor!

Si mi corazón hubiera latido, se habría parado en ese mismo momento.

Iris Andersson era el plato del día en el Velero de los Condenados, y si yo no hacía algo pronto, jamás saldría de allí con vida.