35
Iris
Mildred y el guardia se detuvieron frente a mi celda.
Mientras el hombre rebuscaba en su manojo de llaves, una rata pasó corriendo.
El animal se detuvo en el calabozo de al lado y comenzó a mordisquear los dedos azulados de una de las chicas inconscientes.
Contuve la respiración, sintiendo el dolor en su lugar, pero ella ni siquiera se movió.
―Que le echen un vistazo a esa ―murmuró la pelirroja que acababa de llegar, señalando a la mujer inerte―. Creo que habrá que echársela a los peces. ¡Hay que mantener un mínimo de higiene, maldita sea, Kristof! Este sitio apesta a carne descompuesta.
El guardia, grande como un troll, gruñó en respuesta y abrió el candado de mi celda.
Mildred era una vampiresa de belleza sobrenatural, alta y con el pelo corto a lo garçon . Se plantó erguida frente a mí y me observó con ojo crítico, como se mira a un corcel antes de comprarlo. Tras una breve ojeada, asintió con la cabeza, satisfecha.
―Buena adquisición ―dictaminó, y se giró hacia el hombre―. Han hecho un negocio fantástico canjeando a ese marino consumido por esta perla. Y además… ―Arrugó la nariz―. Diría que es una bruja. ¡Vaya hallazgo!
Traté de moverme, pero una pesada cadena con grilletes me sujetaba a la pared.
―Libérala, Kristof ―dijo Mildred―. Me la llevo. ―Después se giró hacia mí, mientras el guardia me desataba―. ¿Cómo te llamas? ¿Hablas mi idioma?
Permanecí callada, mientras analizaba el entorno en busca de una escapatoria.
―Bien, no hables si no quieres. No pasa nada ―continuó la vampiresa, con tono amistoso―. Te llevaré a un camarote. Ahí estarás mejor. Podrás comer algo y lavarte. Ya verás, te gustará.
Me tendió la mano. La observé con ojos entrecerrados. Comprendía que habría sido absurdo intentar escapar, cuando ni siquiera sabía dónde estaba la salida. Además, no habría podido hacer nada, desarmada, en un mano a mano contra una criatura de fuerza sobrehumana.
Me levanté y asentí.
―De acuerdo ―fue lo único que dije.
Me pareció ver a mi vecina de celda apretar los párpados todavía más fuerte, negando con la cabeza en un último intento por advertirme del peligro que corría.
«Lo sé», contesté mentalmente, « pero primero necesito salir de esta celda para poder escapar».
El guardia me esposó las muñecas, y yo no opuse resistencia.
Después, la vampiresa me agarró del brazo.
Su mano estaba fría y dura, como la de un cadáver.
Me sacó de la celda y me llevó por el estrecho pasillo, ignorando los gemidos y lamentos de los pocos prisioneros que estaban conscientes.
Tras el bloque de celdas de mujeres había otras para hombres al girar la esquina, tal y como me había explicado la otra chica.
Todos se veían desnutridos y presentaban heridas y moratones.
Uno sacó el brazo entre los barrotes, pidiendo agua, y Mildred lo apartó con un puntapié de sus zapatos de tacón de aguja, haciendo una mueca de disgusto.
Al final del pasillo apareció una estrecha escalerilla de madera. El guardia se despidió en ese punto, mientras que Mildred y yo subimos en silencio. Al final de la escalera, una puerta cerrada bloqueaba el paso. Mildred sacó una llave de debajo de la falda y la abrió.
Ante mis ojos, se abrió un espacio completamente diferente al de las infectas bodegas.
Nos encontramos en un pasillo con parqué encerado y una alfombra roja y mullida en el centro, apuntalada por tramos con barras de bronce pulido. Aquel era el pasillo de un crucero de lujo del siglo pasado, con fastuosas puertas decoradas a ambos lados.
―Sígueme ―dijo Mildred con tono severo, pero dulce, como yo si fuera una niña―. Te buscaré un camarote. Lo primero que harás será ducharte. ―Volvió a olisquearme con disimulo―. Sinceramente, lo necesitas.
Entrecerré los ojos, sintiendo el miedo y la furia crecer dentro de mí como el vapor en una olla exprés.
Subimos otra escalera más. La siguiente cubierta tenía un pasillo más ancho y las puertas más separadas entre sí.
Mildred se detuvo frente a uno de los camarotes, sacó otra llave repujada de su manojo y abrió.
―Ven. Esta es una habitación de… ―dudó―, una habitación…
de huéspedes . Dentro encontrarás todo lo que necesitas.
Por favor, siéntete como en casa. ―Me miró fijamente un momento, y sus ojos relampaguearon con un inquietante fulgor rojizo―.
Te voy a desatar las manos para que puedas quitarte la ropa, pero mejor será que te portes bien.
Si intentas cualquier travesura, tendré que castigarte, y no me gustaría hacerlo. ¿Entendido?
Asentí lentamente, mordiéndome la lengua.
―Así me gusta. Por cierto, tengo una sorpresa para ti. Te va a encantar.
Mildred abrió mis esposas. Mientras la llave giraba, comprendí que aquella era mi única oportunidad.
En cuanto me soltó, le di un empujón y traté de escapar corriendo por la puerta. No llegué ni al pasillo. Sus insuperables reflejos vampíricos me detuvieron en menos de un segundo, y me sujetó con un solo brazo, chasqueando la lengua con decepción.
Toda la dulzura que había mostrado hasta entonces se desvaneció de golpe.
―Eh, eh, preciosa, ¿a dónde crees que vas?
Pensaba que nos habíamos entendido. ―Me dio un codazo en el estómago que me sacó todo el aire de los pulmones, y caí sobre la cama de espaldas―.
Tienes suerte de que te necesite sin marcas para la cena, si no, no te imaginas lo que te haría ahora. Pero el castigo tendrá que esperar.
Dio un paso hacia un bellísimo armario de ebanistería y lo abrió.
Una de las puertas tenía una lámina de espejo, que por supuesto no registró su reflejo.
Mildred hurgó entre la ropa colgada y sacó un vestido de noche.
Era plateado, con lentejuelas, muy corto y con un gran escote que yo jamás habría elegido para mí misma.
Lo tiró sobre la cama y me miró con desprecio.
―Ponte eso cuando te hayas quitado ese olor a putrefacción ―ordenó―. En la mesa tienes fruta y pan. Vendré a buscarte dentro de una hora, y más te vale arreglarte bien, porque hoy tengo invitados especiales.
Mildred se marchó y cerró la puerta con llave. Probé a girar el picaporte, pero estaba bloqueado. Recorrí el camarote en busca de un arma o una forma de escapar, pero no encontré nada.
Me dejé caer de nuevo sobre la cama, desmoralizada. Era un lecho enorme, de dimensiones casi incoherentes para un barco. A un lado había una única ventana redonda y remachada, a través de la cual solo pude ver agua. Era imposible escapar a través de ella, o por la puerta.
No había nada más que pudiera hacer, así que seguí el consejo de Mildred y me dirigí al baño.
Estaba todo revestido en mármol, con una hermosa bañera de bronce en el centro, sujeta por patas de león.
Alguien la había llenado ya de agua, que se encontraba a la temperatura perfecta.
Junto a la bañera, en un estante reluciente, había varias botellas de gel de aspecto exquisito y cuencos con sales de baño de colores diferentes.
Escogí una bomba de baño de tono rosado y me sumergí en las burbujas.
Cerré los ojos, tratando de encontrar una solución al problema en el que me había metido yo sola.
Sin duda, Yannis Katsaros me había engañado. Pero, ¿habría alguna parte de verdad en sus afirmaciones? ¿Era posible que Katie se encontrara en ese mismo barco, o que lo hubiera estado en algún momento?
A juzgar por el estado de las otras prisioneras, y lo que había podido averiguar por mi vecina de celda, era improbable que mi hermana hubiera sobrevivido cinco años enteros en ese lugar.
Si Katie había corrido la misma suerte que yo, a esas alturas debía de estar muerta.
Pero, si de verdad estaba muerta, ¿por qué no podía invocar a su fantasma y hablar con ella? Jamás lo había conseguido hasta el momento.
Me concentré en el sonido efervescente de las burbujas, que explotaban con suaves chasquidos a mi alrededor, hasta que la realidad comenzó a desvanecerse. Decidí intentarlo una vez más.
«Katie, por la luz de estas tres velas y el poder de las Diosas, yo te convoco. Si estás ahí, manifiéstate…»
No hubo respuesta. Repetí la invocación un par de veces más, pero me sentía perdida sin mis velas y sin mi ritual. Salí de la bañera y me sequé con una de las lujosas toallas que Mildred había dejado pulcramente dobladas junto al lavabo.
Mientras me frotaba el cuerpo con el suave tejido, sentí la sacudida de una visión a punto de llegar. El ente, aún invisible, murmuró unas palabras en un idioma que no pude entender.
―¿Katie…?
La frase se repitió, y escuché con más atención. No era mi hermana. No: era la muchacha asiática desaparecida en Mykonos que, por algún motivo desconocido, había acudido a mi llamada en vez de Katie.
―¿Shihan?
«¿Hablaste con mi madre?», preguntó el espectro con tono apremiante, esta vez en mi idioma.
Las puertas de los armarios del baño comenzaron a abrirse y cerrarse con fuertes golpes rítmicos.
―Sí… sí… ―Suspiré, tratando de sujetar las puertas. Tragué saliva―. Lo hice. Le di tu mensaje.
«¿Qué le dijiste?», preguntó en un aullido furioso.
Traté de recordar, hurgando en mi mente. Los golpes eran tan fuertes que me preocupó que alertasen a los vampiros y vinieran a buscarme antes de hora.
No recordaba nada importante de mi conversación con la madre de Shihan. ¿Algo de unas sobras de comida? ¿Qué había dicho exactamente?
―¡Espera! ―exclamé, recordando―. Dijo que ya lo sabía.
Que te sentías atrapada en casa con tu padrastro, y que te pedía perdón por no haber hecho nada para ayudarte.
Que sabía que en el fondo te encantaba el pollo Kung Pao, y por eso lo dejaba a tu alcance, en el estante más bajo.
―El golpeteo de las puertas amainó un poco, y continué, viendo que el espectro parecía aplacado al escuchar mis palabras―.
Dijo… dijo que ella también te quería. Que te echaba de menos.
Que… ojalá lo hubiera hecho mejor cuando tuvo la oportunidad.
Las puertas se cerraron con un último golpe seco, que sonó como el mazo de un juez golpeando la mesa.
Shihan no dijo nada más, así que di un paso hacia el dormitorio, aún envuelta en la toalla. Estaba secándome cuando volví a escucharla hablar:
«Gracias. Ahora puedo marcharme en paz», dijo, con una voz que se volvía cada vez más lejana. «Me entristece dejar aquí a tantas hermanas, pero ya no puedo hacer nada por ellas. Las dejo en tus manos, médium.»
Al escuchar eso, se me cayó la toalla de las manos. Shihan sabía que había otras mujeres en ese barco; no solo eso: acababa de llamarlas sus hermanas.
―¡Espera! ―grité, levantando un brazo sin importarme mi desnudez―. No te vayas todavía, por favor. Necesito saber algo de una chica que desapareció, como tú. Se llamaba Katie. ¿Sabes si está aquí?
El fantasma no respondió, y sentí que su presencia empezaba a evaporarse.
¡Maldita sea! Los fantasmas me hablaban, sí, pero siempre evitaban responder a mis preguntas.
―¡Shihan! ¿Sabes cómo salir de aquí? ―supliqué en un último intento―. Le llevé el mensaje a tu madre. ¿No podrías ayudarme a cambio?
Las puertas comenzaron a repiquetear de nuevo, como si Shihan traqueteara nerviosamente sobre una mesa, indecisa.
«Yo no la conozco ni puedo ayudarte», respondió. «Pero sé de alguien que podría…».
El sonido de la llave en la cerradura me sobresaltó.
―¿Quién? ¿Quién? ―grité, desesperada por obtener respuesta.
No la hubo.
La presencia de Shihan se desvaneció en cuanto Mildred entró en el dormitorio.
―¿Niña? ¿Estás ahí? ―me llamó―. ¿Con quién hablas?
Carraspeé.
―Estaba… ―dudé, y apreté mi cadena de plata entre los dedos, como si fuera un rosario―. Estaba rezando.
Mildred apareció frente a mí con los brazos cruzados y el labio torcido. Chasqueó la lengua.
―¿Rezando? ―dijo con asco, como si fuera lo más horripilante que había oído jamás, y luego me miró, impaciente al ver que seguía desnuda―. ¿Aún estás así? ―Se dio la vuelta, recogió el vestido de encima de la cama y regresó al baño―. Bien, déjalo. Te vestiré yo misma. Tenemos que irnos.