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Teo
Volamos hasta El Velero de los Condenados transformados en cuervos: era la manera más rápida, discreta y eficaz de llegar hasta el navío más tenebroso que jamás surcó el Mediterráneo.
Una vampiresa morena con piernas interminables salió a nuestro encuentro y nos hizo pasar al vestíbulo, cuyos sofás de terciopelo y tapices rojos y dorados en las paredes recordaban escandalosamente a un burdel.
―Enseguida sale a recibiros ―dijo la mujer, sonriendo con esa misma sonrisa perfecta que poseían todas las mujeres que rodeaban a la rata de agua que regentaba ese antro.
Se dio la vuelta y señaló un armario empotrado al fondo―.
Si queréis cambiaros de ropa o zapatos, o poneros algo más cómodo, todo lo que hay en el guardarropa está a vuestra disposición, y si no encontráis nada, también tenemos…
―Gracias, Romina ―la despedí, deseando que la noche acabara cuanto antes para poder irme a casa y responder a los cinco correos urgentes de Johannes que esperaban en mi bandeja de entrada.
Romina asintió y me dejó a solas con los Grimmbauer, que se relamían de excitación, agarrando los reposabrazos de los sillones como si estuvieran a punto de despegar.
Intenté llamar a Iris una vez más, pero su teléfono seguía apagado. Por los huesos de Vlad Drácula , esa mujer y sus ideas temerarias iban a poder conmigo.
―Nos han hablado mucho de este sitio ―comentó Reiner, con los ojos abultados de excitación―. Me pregunto si estará a la altura de su fama…
―¿Es cierto que tienen un catálogo de cien vírgenes a elegir, provenientes de cien países distintos?
―preguntó su hermano, entusiasmado, mientras se frotaba la entrepierna, por si aún no habíamos notado dónde se encontraba su único y verdadero cerebro―.
¿Y qué me dices de aquel vampiro argentino que perdió el conocimiento, incapaz de satisfacer a todas las esclavas que se llevó al camarote? ¿Es cierta esa historia?
Ambos soltaron una risotada, pero yo me limité a encogerme de hombros; nunca me había interesado demasiado comprobar la veracidad de los repugnantes rumores que corrían acerca del Velero de los Condenados.
Sospechaba, además, que el dueño del navío se inventaba muchos de ellos y los difundía él mismo para atraer a más clientela.
Mientras mis dos invitados rememoraban dudosas anécdotas de fiestas salvajes celebradas en esas mismas estancias, mis pensamientos regresaron a la bruja de cabellos claros que en aquel momento podía estar en cualquier parte del océano, en compañía de un tipo que me gustaba casi tan poco como mis dos acompañantes y nuestro anfitrión, que debía de estar a punto de llegar…
Noté que se había hecho el silencio en el vestíbulo, y que ambos hermanos me miraban, expectantes.
―Te preguntaba cuánto tiempo hace que tienes a la rubia ―dijo Reiner, repitiendo la frase que yo no había escuchado la primera vez. Entretanto se miró una uña, extendió las garras y se sacó una pelotilla de suciedad de debajo, usando las puntas de los colmillos.
Sostuve su mirada. Sabía perfectamente a qué rubia se refería, pero aun así me hice el distraído.
―¿Cuál de ellas? ¿Iris u Oksana?
―La americana… Iris, sí ―respondió Reiner―. Está por domar, deberías ponerla en su sitio, porque te espanta a la clientela. El otro día me faltó al respeto.
Cerré los ojos, tratando de controlarme. Recordaba perfectamente lo ocurrido: el terror en los ojos de Iris. La manera en que me había mentido, sabiendo que acusar a Reiner habría hundido el futuro del Serenata… y el mío.
Reiner seguía hablando de ella, y de cómo lo había ofendido. Inspiré hondo y miré hacia la puerta. ¿Iba a tardar mucho en llegar el maldito director de aquel circo flotante? Porque, si Reiner seguía insistiendo, era posible que para entonces solo encontrasen su cabeza arrancada sobre el asiento.
―Yo en tu lugar la despediría ―continuó el mayor de los Grimmbauer―. Es más, si no lo haces, creo que no nos interesará hacer negocios juntos…
En ese momento se abrió la puerta, dejando pasar un chorro de música clásica proveniente de la cubierta superior.
Frente a nosotros apareció el vampiro más infame del Sur de Europa, con los cabellos negros más largos de lo que yo recordaba y el mismo aire de suficiencia de un rey ante sus súbditos.
―Caballeros ―nos saludó con una inclinación de cabeza, que era más una burla que una reverencia―. El salón está listo. Acompáñenme.
Me levanté e hice un gesto a mis toscos acompañantes para que me siguieran, mirando el pasillo a través de la puerta.
―¿Dónde tienes hoy a la reina? ―le pregunté al recién llegado.
Hacía años que no me pasaba por el Velero, pero generalmente siempre iba acompañado por su consorte de turno.
―Está indispuesta ―contestó con un gesto de indiferencia, y luego mostró los colmillos―. Pero no te preocupes, no pasaré hambre esta noche.
―No lo dudaba ―musité, observando las lujosas pinturas que adornaban las paredes del pasillo.
Llegamos al final del pasadizo, que terminaba en una doble puerta de color oro viejo, y nuestro anfitrión se aseguró de que estuviéramos todos.
―Bien ―dijo Héctor Sinclair, asintiendo―. ¿Preparados para la noche más excitante de vuestras inmortales vidas?